Del rey abajo

Ojo al cartel: "No es un borbón, es un bourbon". (Ver nota abajo)

Ojo al cartel: “No es un Borbón, es el Bourbon”. (Ver nota abajo)

Por LUIS GRAU LOBO

Lo propio de las contradicciones y los hechos es que son como las tartas y los payasos: aquéllas acaban por estamparse en la cara de éstos. Es cuestión de tiempo. Y es que a propósito del caso Nóos y de la imputación de la infanta Cristina, poco importa ya si finalmente es juzgada, o incluso declarada culpable o absuelta sin mácula. Lo que verdaderamente tiene trascendencia a efectos institucionales (no personales, por supuesto) es que se haya puesto en evidencia de la manera más palmaria posible (para quien le hiciera falta) la obsolescencia e inutilidad del concepto de monarquía en nuestro sistema político y de valores. El emperador está desnudo.

Porque estos días se reitera hasta el hastío que la infanta, como cualquier otro miembro de la realeza, es una ciudadana normal, con los mismos derechos y obligaciones, sometida al mismo imperio de la ley. Pero, si esto es así (que lo es, o debería serlo), seamos serios, entonces no tiene sentido ninguno el contar con una familia real. El propio concepto de esa singular dinastía, separada del resto de ciudadanos por un privilegio de sangre, hereditario, tiene su razón de ser en una exención que excluya un linaje concreto del imperio de la ley. Al quedar sin base tal excepción por efecto de un ordenamiento jurídico y un consenso social según los cuales también ellos pasan a formar parte del común, deja de tener sentido y razón de ser. Así de sencillo.

Si el rey puede ser un villano (léase rufián o simplemente habitante de una villa), es que ya no puede ser el rey. O, dicho de otra manera: o el rey es absoluto, divino, y está sancionado por una instancia que está fuera del mundo, que lo sobrepasa, por aquello que es sagrado e inmutable, etcétera, etcétera… o no es más que un ciudadano con unos privilegios de sangre insufribles, inexplicables y vergonzosos en nuestro siglo, en nuestro derecho, en nuestra moral colectiva.

Ergo… disipada esa invulnerabilidad que lo situaba más allá del universo de los hombres, en la esfera empírea de lo intangible, de los ungidos y de los símbolos, desaparecido el boato, la pompa y la circunstancia que lo consagraban a la luz pública; desmanteladas sus prerrogativas jurisdiccionales y evaporado el territorio de su dominio entre otros similares territorios imaginarios (el limbo) junto a la finiquitada genealogía mítica y enjundia de su nombre, la monarquía diluye su lógica interna en el torrente de la historia. Aunque esta lenta pudrición la haya llevado a sobrevivir un par de siglos apestando a cosa caduca, acartonada y sin norte en los países donde se aferra a las páginas satinadas de las revistas.

A esa escala, la monarquía parlamentaria (o constitucional), fue un invento transicional que funcionó mientras las leyes, y con ellas las normas mayores, de una forma u otra eran otorgadas, eso es, se debían a la voluntad regia y descendían hacia los mortales como una concesión de su poder omnímodo. Desde que es el pueblo quien se las otorga a sí mismo y al rey, ambas palabras, monarquía y parlamentaria, no son más que un oxímoron. Monarquía sólo conjuga con absoluta, que es su epíteto natural.

Y que no vengan argumentando con la Constitución, porque aparte de que quienes la votaron a fecha de hoy ya son una minoría, los tiempos han cambiado lo suficiente y las cosas (y las leyes) están para cambiar con ellos, también la Constitución dice otras muchas cosas, como que la vivienda es un derecho, y miren dónde estamos cada día.

Y que no vengan con el 23-F, ese mito de los orígenes que a la manera de los relatos fabulosos antiguos parece legitimar al rey desde las fosas sépticas del franquismo, porque una de las cosas que parece evidente cuando se repasa aquel sainete de pronunciamiento es que los golpistas confiaban en el apoyo del rey, o sea, de la institución monárquica, como último y definitivo recurso militar y político. Hacer depender la estabilidad de un país del estado de ánimo o del parecer de un sólo hombre al que nadie ha escogido no es más que una insensatez indigna de un estado moderno. En cualquier circunstancia.

Así que da igual lo que suceda a partir de ahora, porque a partir de ahora sólo es cuestión de tiempo. Y el tiempo pasa.

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borbon bourbon

no es un Borbón… es el Bourbon.

* Nota de TAM TAM PRESS: La imagen que ilustra este artículo la encontramos por casualidad en la película estadounidense ‘Get the Gringo’ (‘Vacaciones en el infierno’), de 2012, dirigida por Adrian Grunberg, protagonizada por Mel Gibson, y cuya acción se desarrolla en Ciudad Juárez (México). No es que la peli sea buena, que no. Pero nos llamó la atención ese cartel que aparece de pronto en una escena, publicitando una marca de Bourbon llamada SanSans. ¿Será una promoción real? ¿existe de veras el bourbon SanSans? ¿es un guiño?… ¿no es un Borbón, es el Bourbon?…

  1. Piedad Suárez Montiel

    Más “real” y más claro, imposible. Magnífico artículo.
    Piedad

  2. Clara

    Viendo cómo nos va con los “electos” (clase política), por ahora, prefiero la monarquía i-elegible.

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