Prosapiens (20)

trashumancia

Nueva entrega del poeta, ensayista y crítico literario uruguayo afincado en México, y que forma parte de un libro en curso –”un libro que escribo cuando me entra una especie de velocidad de ira”–, titulado ‘Prosapiens’.

Por EDUARDO MILÁN

Una trashumancia se va armando como gesto, un oleaje montado en sí mismo ya que la yegua sustraída es también un arte que el poder sabe ofrecer: vacío en los bajos, ningún soporte firme, todo encaje ahí negado por la falta, nada más que la mirada refleja en el otro que se te refleja. En la nada se anda en pelo. Tampoco existe el sapo. Pero no es la nada. Y esto no es el derecho de los animales. Si es que cae –el oleaje– eso será adelante, si es que un adelante, en la lógica anterior de los sesenta-setenta en que el último despunte de horizonte apareció: estaba solo, estaba violeta– se ofrece a estos mendigos. El mendigo –me digo– sedice, tendría que. ¿Qué se dice si no es la sedición? La crítica a las “poéticas autorreferenciales”, a las “poéticas del silencio”, deberían sopesar la realidad del intercambio: ¿qué es silencio? Nunca una acumulación de no decir. Ni siquiera su administración. Si no para qué todo el momento de duda antes de subirse al carro –“La Osa/nunca se hunde en el mar./ La llaman el carro también./ No hay muchas cosas eternas/” Paul Blackburn: “Una permanencia” (traducción de Marcelo Cohen). Caerá después, más adelante. La que no resbala en la roca reservada – desde la reservación seca de la roca –el sol sale para todos, eso se dice– para el culo pez de la investida momentáneamente en torso de puta y era una diosa venida a roca para cantar –sirena, por medio escama– ya no está y eso es toda una ausencia, pasa por el sacerdocio que sólo es posible en su calidad de antiguo feto y de respeto por lo que guarda de añejo, destilado y sordo a la música del neón, líquido de agua pintada entre los tubos del nombre sobre la puerta de la disco, hasta la minusvalía piel roja que sostiene el colorado a flujo de una incesante, no fría, circulación de ira impávida– no llega ni a caer. “Distraídos venceremos”, dijo Leminski, Paulo Leminski, uno de los lúcidos de la poesía brasileña del siglo XX. Eso lleva sin titubeo a Pessoa: “Pensar é estar distraído”. Y es verdad. Sólo la acción mueve el espíritu del hombre. Y eso que se va armando por encima equivale totalmente a su abajo, un oleaje es un arrastre, no la sombra que lo sigue o antecede. Si hay algo que lo sabe es el sonido del saxo. Porque lo otro que hace el oleaje es penetrar en las grietas de esa roca –lo que en los laberintos poco amistosos con el habla se llama toro, es decir, inter-sti-c-io, animal con cuernos mal deletreado: por ahí se hunde pegado al interior húmedo no de agua, de oscuridad donde nada llega allí e, incomunicada con la luz, decidió por sí misma. No a lo velado por mentido: a eso que no se entiende le espera una sobrevida de esto es, no un premio: un gasto de no haber sido, no la espera dilatada de presente pro-santo elegido en vaticinio: una alegría, esa derrumbadora de preceptos con cola mojada en el rastro. El gesto es de paso de un cometa, el gesto es de esa cabellera, el gesto es de cuando cola y cabellera se hicieron una, felices en la feliz, cuando lo que realmente importa es la cara –o rostro no tan sublime ni esbelto. Eso, y no lo otro, es lo que vuelve.

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