Murió Thatcher

Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Photo: AP.

Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Photo: AP.

Por ANTONIO BERMEJO PORTO

Margaret Hilda Thatcher –de soltera Roberts– no siempre fue conocida como la Dama de Hierro. En 1970 fue nombrada ministra de Educación y nada más llegar suprimió la leche gratuita para los alumnos de entre siete y once años, lo que le valió el apodo de “Ladrona de leche”. Ella misma escribió que había incurrido al odio político máximo por el beneficio político mínimo (o la traducción es muy mala o Maggie con la pluma regular).

De Primera Ministra arremetió contra los sindicatos que en 1979 le montaron unos 5.000 paros con pérdida cercana a los 30 millones de jornadas de trabajo, y en 1984 parecido. Se la jugó con los presos del IRA en huelga de hambre hasta que empezaron a palmar. Como respuesta, los terroristas casi se la cargan en el Hotel Brighton. El actual político del Sinn Féin, Danny Morrison, describió a Thatcher como “la bastarda más grande que hemos conocido.”

Ganó la guerra de las Malvinas (los argentinos dicen que combatieron contra la OTAN y tienen razón). Su mayor hazaña fue hundir el crucero General Belgrano –un buque botado en 1938 que escapó del bombardeo de Pearl Harbor– con la única ayuda de un submarino nuclear. Cuando España trató de juzgar a Pinochet, Thatcher abogó por su liberación alegando la ayuda que ofreció a Gran Bretaña durante la Guerra de Malvinas.

A su carrera política hay que reconocerle un mérito insorteable: fue la primera mujer que llegó a Primer Ministro y además en el partido conservador y sin hacer un solo gesto de complicidad a sus colegas de género, de las que parecía desconfiar y a las que no dio cargos. Durante su mandato no llevó a cabo ninguna política de apoyo a las mujeres ni en el hogar ni en el empleo. Con una permanente que parecía un yelmo eludió la discriminación sexista, quizá a costa de convertirse en un tío, como cuando su muñeco del Spitting Image salía orinando en un urinario vertical de los Comunes y los parlamentarios que entraban a aliviarse inclinaban la cabeza y la llamaban “Sir”.

A la Baronesa la han despedido con honores militares. Su ataúd entró en la Catedral de San Pablo sobre un armón de artillería tirado por seis caballos y escoltado por miembros de las tres fuerzas armadas. Hasta fue la Reina Isabel II, que con la cantidad de gente que lleva enterrada durante su reinado solo había asistido al de Churchill.

Aquí, en Camelot, pensamos que en lugar de tanta pompa y propaganda –Ana Botella va a dedicarle una calle en Madrid– mejor sería dejar que La Dama de Hierro acabe de oxidarse en ese estado de paz que pareció no conocer en vida.

Un Comentario

  1. Uf… de aquellos barros vienen estos lodos… hasta Esperanza Aguirre fue a su funeral, porque la admira, sí. Y así estamos ahora como estamos. Reagan, Thatcher… la ruptura de la estructura social, el paro, la depauperación, la pérdida de derechos, la subida de impuestos, el ahogo, la desesperación de los desposeídos, la prepotencia de los prepotentes, la indignidad… Uf!

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