Una isla imaginaria para mirar con las manos

Sebastián Román y Armando Castellanos en el Museo de León. Fotografía: Camino Sayago

Sebastián Román y Armando Castellanos en el Museo de León. Fotografía: Camino Sayago

Por CAMINO SAYAGO

El artista de Castrotierra de la Valduerna, Sebastián Román, ha llevado al Museo de León su personal visión de las grandes urbes: “Reciclalia”. Un proyecto en el que ha invertido ocho meses y con el que se propone que el espectador ahonde sobre el entorno en el que vive y los desechos tecnológicos que produce. En esta propuesta colabora la ONCE y uno de sus objetivos es que los invidentes conozcan a través del tacto lo que él ha plasmado en las fotografías, que se sustancian en una maqueta de una isla del Pacífico. En esta exploración sobre la ciudad inventada contamos con la complicidad de Armando Castellanos García, ciego de nacimiento.

Sebastián Román ha urbanizado una isla del Pacífico de 10 kilómetros de perímetro para que reflexionemos sobre el asfixiante modelo de ciudad en el que vivimos. Y lo ha hecho con la mejor de sus herramientas: una serie de 24 fotografías que acompañan a una maqueta en la que se reproduce el actual concepto de urbe. Grandes edificios, pocos espacios verdes, grandes avenidas que comunican con el centro financiero y apenas litoral.

Su isla imaginaria está situada geográficamente en algún punto del Océano Pacífico. Y relata que las coordenadas, las bajó del Google Earth. “La altura es de 10 metros y tiene 10 kilómetros de perímetro. Escogí una del Pacífico porque quería urbanizar una isla, y de hecho es el paso previo para intentar urbanizar una zona en una ciudad como, por ejemplo, las que hay y ha habido en tantas ciudades y se han paralizado, como La Lastra en León. Quiero obtener esa visión cómo si estuviese urbanizada, una visión estética, centrada en lo bello”.

En este experimento plástico, el artista leonés trabaja con desechos tecnológicos y su reciclado. La maqueta de la isla está diseñada para que los invidentes puedan ver a través del tacto la orografía de una gran ciudad rodeada de agua. La exposición está impulsada por la empresa Fundosa Reciclalia de la ONCE y coordinada por la galería de arte Espacio E.

En cuanto a los aspectos previos a la ejecución de la obra señala que “la exposición surgió desde la planta de reciclaje de Fundosa Reciclalia, en La Bañeza. Una planta de tratamiento de Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos que pertenece al grupo empresarial de la ONCE. Es también un Centro Especial de Empleo con una plantilla formada en un 90% por discapacitados”. Y añade que “se pusieron en contacto conmigo para realizar algo, no sabían muy bien el qué, pero decían que mi trabajo iba muy en la línea de los productos que ellos trataban y procesaban, y que les gustaría que trabajásemos juntos, tanto los empleados con algún tipo de discapacidad como el resto que trabaja habitualmente en la planta”.

La manipulación de la imagen para simular una realidad que no existe y la creación  de escenografías urbanas por medio de la utilización de maquetas son dos de las variables con las que aborda el proceso de creación. El punto de partida es la propia maqueta y a partir de ella surgen las fotografías. Pero ambos elementos forman parte de todo el discurso de la obra. “Con la maqueta voy imaginando lo que puedo hacer y generar con la cámara de fotos. Maqueta y fotografía se complementan en la exposición, porque la maqueta por sí sola no expresa todo lo que yo quiero decir. La imagen, al imaginarnos todo lo que está alrededor y nuestra conciencia de lo que ocupa cada edificio y no ver esa basura, sino ver un edificio que no lo es, que realmente es un trocito. Es jugar con la cámara como si lo estuvieras viendo desde un helicóptero y desde sitios imposibles”.

La obra que se exhibe, de gran formato y acompañada de 25 imágenes, está elaborada con materiales informáticos y componentes electrónicos reciclados de los aparatos más cotidianos de la vida doméstica. “Tiene una base de madera reciclada, componentes internos de ordenadores y también tiene componentes de electrodomésticos y quería darle un toque de amiguismo con Reciclalia, por el tema de que ellos procesan los frigoríficos, los destruyen pero para volver a reutilizarlos y separan todo lo que rodea la pieza que es la granalla que generan los frigoríficos”.

Los materiales utilizados vinculan su obra con el arte povera, una tendencia de finales de los años 60  en la que predominaban los  materiales sin apenas valor y fáciles de obtener.  Son materiales que se usan una y mil veces, como él mismo reconoce: “A veces todo lo que genero no me vale y vuelvo a utilizarlo, y de hecho su uso depende de cómo se vayan concatenando unas cosas con otras”.

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La ciudad es una temática a la que recurre muy a menudo en su producción que contrasta con su vida en pleno campo, al margen del bullicio. “He trabajado y vivido mucho tiempo en ciudades como MadridMilán, y las he sufrido. La calidad de vida está en el campo. El único inconveniente está en que no tienes los mismos servicios y estás al descubierto tanto en sanidad como en educación. Yo desde pequeño tuve que irme a la ciudad para estudiar, primero en León, luego en Salamanca y al final en Milán. Después  he trabajado fuera y he visto el ritmo frenético de la ciudad y poniéndolo en la balanza me he quedado con la calidad de vida. De momento para poder trabajar como yo lo hago prefiero el pueblo”.

Cuando se le pregunta por qué la fotografía domina en su obra sobre la escultura no duda en aclarar que ambas son complementarias en su trabajo. “Creo que mi obra se inclina más hacia la fotografía, pero es que necesito tanto de una como de otra. Yo no soy un fotógrafo social, ni de modelos que esté buscando con la cámara en la calle. Yo genero ese modelo, me gusta tener un completo dominio sobre él y luego lo transmito con la fotografía. Necesito a ambas, no sé cuál es más importante, de hecho esta pieza que he colocado aquí es para ver qué repercusión tiene entre los espectadores, invidentes o no”.

Influencias

Esta isla es como una ciudad soñada, como las ciudades de las que hablaba Italo Calvino. Cada uno crea su ciudad según sus circunstancias, según sus deseos, según sus sueños. “He leído ‘Las ciudades posibles’ de Calvino y está exposición esta encadenada a este libro, pero he tenido otras influencias, sobre todo cinematográficas”. Asegura que títulos como Blade Runner, de Ridley Scott y Metrópolis, de Fritz Lang, están presentes en esta propuesta en la que también se aprecia el peso de la Teoría de la Colmena.

La música de The Black Keys y en concreto el álbum “El Camino” ha sido la banda sonora que le ha acompañado a lo largo de todo el proceso de esta exposición, durante los últimos ocho meses.

Sólo la luz es real

Resulta curioso que la luz sea lo único real que existe en su isla imaginaria llena de desechos de los artilugios que son habituales en nuestro día a día. “Soy un fotógrafo de campo, no tengo laboratorio. Lo que ves, todo, el cielo, es natural. No uso el Photo Shop no manipulo las imágenes, lo que hago es tirar de cámara. Para hacer estas fotos he colocado estratégicamente la maqueta en el Cerro de Castrotierra, que es mi estudio al aire libre en mi pueblo, y simplemente disparo; y si hay agua es agua y si hay reflejo es reflejo”.

Llegados a este punto nos explica que para fotografiar el agua le presta una bandeja un vecino pescadero y para reflejar el movimiento del viento le da un golpe a la bandeja. Reivindica que todo es natural y no hay nada de trucaje. “Si ves mis archivos fotográficos antes de procesar es como se trabajaba antiguamente. Procedo de la fotografía analógica, de revelar en la cubeta, y de hecho mis profesores Kem Damy, en Italia, y Victor Steinberg, en Salamanca, me inculcaron que no se podía modificar una imagen entera, porque eso ya no es la imagen”.

Esta forma de tratar la imagen  le marcó y  por eso le gusta controlar todos los pasos antes de disparar la foto. “La cantidad de archivos que obtengo es muy grande por este motivo, porque me gusta quedarme con la foto justa. Además es una calidad y una manera de diferenciarte del resto”.

Para captar la luz que ha llevado al papel ha tenido que madrugar desde enero, justo desde que acabó la maqueta. “Para qué voy a trucar nada si puedo madrugar y captar la luz del amanecer. Y si tengo suerte, a lo mejor lo logro, aunque también puede  haber nubes que no quiero y viento que no necesito”.

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Todo lo que se puede tocar

“A las personas ciegas totales hay que decirles a tu derecha, a tu izquierda, al frente o a tu espalda, y no decir ahí, porque usáis mucho los términos visuales”. Es la cantinela que Armando Castellanos García esgrime cuando Sebastián Román le describe las piezas que componen la maqueta, la primera parada en esta exploración en la que las manos sustituyen a los ojos. El propio Sebastián toma la mano de Armando para guiarle por las calles, las grandes avenidas o la zona residencial y financiera en la que predominan los rascacielos.

“Por el tacto no sé que es. Sino me explican antes de qué se trata, qué es, no puedo intuirlo. Lo único que veo con mis manos son edificios, pero no puedo adivinarlo, al no tener la idea del color, del espacio, me tienes que decir lo que estoy tocando. A una persona ciega le tienes que llevar la mano y decirle, por ejemplo, es la forma de un barco o de un rascacielos”.

Armando desliza su mano por el contorno de la maqueta y a su alrededor hay granalla, las especie de rocas que esta tocando: “Esto es arena” y Sebastián le aclara que sirve para marcar el perímetro de la isla. Más adelante le explica que hay oquedades que son las calles y Armando no duda en la respuesta: “Yo no tengo concepto de imagen espacial porque soy ciego de nacimiento, no sé lo que es si no me lo explican… aquí hay un faro, ¿no?”. Y pregunta, ¿qué es esto? y Sebastián le responde que es una especie de muelle donde llegan los barcos. “¡Ah es una lonja! y esto es como una especie de cubilete”. Es una plaza de toros, le dice. “Nunca he visto una”, responde. Es muy difícil imaginar la realidad cuando se nace invidente y se carece de recuerdos visuales. “Hay que distinguir entre los que han visto y los que nunca hemos visto”, apuntilla Armando.

El recorrido prosigue por el callejero hasta encontrar un gran edificio que es un gran hotel, luego el ayuntamiento y un espacio para hacer conciertos… y Armando adivina lo que es porque palpa una grada. Poco después descubre la primera línea de playa e ironiza, “sí, como Marbella o Benidorm”.

Es hora de hacer balance y de elegir un lugar en la isla. “De quedarme con algún lugar de esta ciudad me quedaría con el centro, porque las aceras son más anchas y no hay barreras, salvo que alguno te las ponga. Con la zona alta…. Pero me quedo con el parque, con la hierba… Esto es como el Central Park de Nueva York, yo estuve allí en el verano de 1987 y asistí a varios conciertos al aire libre. Y había que sentarse en la hierba. Me gustó mucho”.

Casi a modo de epílogo Armando sentencia que “los Museos deberían concienciar de que las personas ciegas no debemos estar al margen de la accesibilidad”.

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  • Lugar: Museo de León. Edificio Pallarés. Plaza de Santo Domingo, León.
  • Horario: De martes a sábado, de 10.00 a 14.00 y de 16.00 a 19.00; festivos, de 10.00 a 14.00.

Acerca de Camino Sayago

Periodista leonesa

Un Comentario

  1. pepe

    Aveces los ciegos somos los videntes…Armando es muy especial.

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