Querido diario (21)

Ilustración de Avelino Fierro.

Ilustración de Avelino Fierro.

Por AVELINO FIERRO

El viernes por la noche vi que Aldo recogía la terraza, y crucé la calle hacia el bar. Me acerqué por detrás, a hurtadillas, mientras él levantaba una mesa roja con propaganda de Estrella de Galicia y exclamé en voz baja “¡Maiakovski!”, para que la sorpresa fuera, al menos, minúscula. Debía de andar demasiado absorto, pensando en que no le había quedado mal aquel último verso “piadosa, oscura, sin cuidado”. No debí hacerlo, porque se sobresaltó en demasía, se le escurrió la mesa y una pata se le enganchó en el delantal, claudicó un poquito  y aunque parecía haber hecho bien el contrapeso, en el siguiente paso de apoyo pisó en ese mandilote negro, excesivo –si es que parece un vestido de cóctel– y se le enredó mal, tan mal que cayó hacia delante, la mesa se fue contra la torre de sillas, que se desplomaron sobre la calzada, y el coche que se acercaba, un Seat León negro, con el chundachunda a todo volumen, en contra de la lógica más elemental y las leyes físicas y del oscurantismo doctrinario y de la noche, las evitó sin más; bueno, un pequeño trompo y enfiló de nuevo la calle con mayor velocidad y pareció que con la música más alta y quemando goma. Quedó un olor acre y una nubecilla que subía hacia las estrellas pálidas.

Apresuradamente aparté las dos sillas que habían recorrido más metros y me acerqué a verlo. Se estaba levantando y tentándose el cuello, que tenía enrojecido: la cinta superior del mandil, antes de romper, había tirado tanto que le había dejado la testuz hecha una puritita llaga, sangrando un poco; le recogí el gorro de cocinero, ese blanco que parece un regalo de un primo segundo de Ghandi, que le queda de miedo. Le di unos golpecitos en mi pernil para sacarle el polvo y se lo coloqué, apartándole un poco el flequillo. Todavía tenía la teba del Ducados en la boca: arrugada y apagada. Algo amortiguaría el impacto cuando cayó de bruces. Un poeta fino, un cocinero sin escuela, un tipo con suerte.

Somos amigos del barrio y de siempre. Al acercarme vi que, bien por ello, o porque seguía posiblemente muy aturdido, no me guardaba rencor. “Me gustó el diario en el que cuentas el viaje a Polonia –fue lo primero que me dijo–; se te ve más suelto y también con una saudade que le viene bien a la escritura. Me gustó aquella frase de ‘sigilosos tú y yo quedamos abriendo la noche’. Me gustó. Es normal, aquí con la misma rutina de lugares y personas, siempre lo mismo, nunca pasa nada, de qué vas a escribir”.

Lo miré fijo, de frente, y también me ladeé disimuladamente para divisar los parietales y hasta el occipucio. No, no parecía pasar nada, la cabeza estaba en su sitio y sin abrir por ningún lado. Le di una palmada floja en la espalda y me despedí.

Las estrellas parpadeaban en el cielo y yo pensaba que mis diarios, llenos de rutinas, neurastenias, nubes y luces que pasan, abatimientos…, no parpadean hacia algo que se llama literatura. Esto es, creo, una frase de Foucault. Cada palabra, decía, escrita una vez en esa famosa página en blanco a propósito de la cual nos interrogamos, cada palabra, hace señas. Señala hacia algo que es literatura.

¿Qué había querido decir Aldo? Estaba grogui o muy consciente y había querido devolverme el punch al hígado, algo así como “sólo uno de tus queridos diarios ha merecido la pena, tu hodiernismo de andar por casa no interesa a nadie”. ¿Quizá esta autobiografía, estos paseos por el amor, los libros y la muerte, es un relato que tendría que ahorrarle al prójimo, un relato que tendría que escribir no yo, sino mi psiquiatra cuando le cuento – verbalizo, dice él– cómo me ha ido, mientras estoy tumbado una vez al mes en su consulta? ¿Vale sólo como monólogo interior –para siempre inédito–, como expresión oral de deseos insatisfechos; no es literatura? ¿Qué se puede contar del día a día, qué puede aportar a la narrativa un padre de familia, un miope medio calvo, con una prosa sin bíceps?

Al día siguiente, a los pocos metros de casa, un pinchazo de frío me hirió la espalda. Había salido poco abrigado, fiándome de que los rayos del sol irían apartando las nubes a manotazos. A la altura del colegio de pago vi que las mamás bien seguían llevando botas por fuera, mechas rubias y Rayban. Me crucé con un cirujano plástico absorto, con los cascos de la radio o el mp3 puestos y un gorrillo, como de incógnito; le habría puesto a alguna el morro fuera de sí… Pequeños remolinos levantaban muy alto una bolsa de plástico y le daban vueltas a octavillas de anuncios de fontanería rápida y brujos para deshacer un amarre de amor.

Paré en la librería y Paco, el librero, hablaba por teléfono con Pablo Andrés. Le hice señas para dejarle un recado: “Que te dé el correo electrónico”, le dije en voz baja y gesticulando mucho para que le quedase bien claro al leerme los labios. No entendía y a la tercera me pasó el teléfono. Pablo me dio su mail y me dijo que era un ser afortunado por ser funcionario y estar en Alejandría Libros a hora tan temprana, tanto como Luis Mateo, que fichaba en su trabajo del ayuntamiento madrileño y a la media hora ya estaba en la librería de Méndez. En el escaparate leí en el fajín de publicidad que tapaba el título de uno de los libros, una frase hermosa “Un día sin leer es un día perdido”.

La mañana en la oficina transcurrió sin quebranto. Salí a tomar dos cafés y a dejar unos papeles de un asunto familiar en el despacho de una insólita abogada de fiar; y a eso de las trece horas, otra salida rápida para abrazar a José Luis, que estaba de comida de su promoción en la ciudad y estupefacto al ver la escultura de Arroyo subida en la grúa y saber que así lleva dos años. “Yo creí que la habían dejado ayer para rematar hoy, que había sonado la sirena, el turullu, que decimos en Asturias, y que los del nuevo turno la bajarían y colocarían en el suelo o en un pedestal”.

De vuelta a casa compré el periódico. Vi las noticias de portada de otros. En la boca se me recrecieron unas palabras y, esas mismas, las encontré escritas en la portada de El Jueves: ¡Grandísimos hijos de puta! Lo compré.

Dormí algo de siesta. Me despertó Libertad, con una melodía pregrabada, el Canon de Pachelbel, en la pianola. Sobre ese fondo cantaba letras suyas, de ocasión, improvisando. Lleva el arrebato artístico de su madre. Me enseñó, ya coloreado, el dibujo de un ratón de campo que yo le había hecho el día anterior.

Leí un buen rato. Leí hasta que dejé tendida la segunda lavadora. Miré hacia la calle, vi alguna nube, y el viento meneando un poquito las hojas de los prunos del parque. Decidí planchar la cazadora, esa que tiene un poco de forro. Puse una toalla sobre la mesa por no sacar la tabla y debí de poner una mala postura porque me dio un tirón en el mismo lugar de la espalda. Me puse una faja, pero me oprimía el diafragma, respiraba mal y volví a dejarla en su sitio. Me dolía mucho. Se me estaba haciendo tarde. Me tomé un par de  Myolastan.

En el bar de Chisco le di la tabarra, lo escraché un poquito para que pusiera La Métèque de Moustaki, que acaba de morir. A los parroquianos no les decía nada la canción. Son jóvenes y erasmus y hablan de Londres, perros, bicis críticas, musacs, otras músicas e iphones. Únicamente un recién llegado, algo mayor, desconocido y despistado, con ojos de sindicalista sin corromper, entró en la conversación y dijo que a él le gustaba la marcha de Sacco & Vanzetti. Ya sólo la mención de esa melodía me enturbió las meninges y me hizo sentir un pequeño mareo.

Eran las diez y media; dejé sin acabar la tercera cerveza y salí a la carrera hacia el Gran Café, donde actuaba el quinteto de Cova Villegas. Había poca luz y la Voll Damm estaba bastante fría. Bebí rápido un par de ellas, por el sofoco y porque ponían para acompañar unas aceitunas saladas como demonios. Miré a ver qué personal había. Eva, que me pone en el facebook, Santa, López, Elo “pelirroja”, el camarero haciéndome señas… No, no estaba a gusto. El mareo persistía, insistía, crecía.

Llegó un tipo grande, con la camisa abierta y un medallón y un diente de oro. A su lado, una rubia con unas muflas impresionantes. A mí me da que eran clientes antiguos de cuando el local era un puticlub. El vestido de ella era rojo, como los cortinones del escenario, con tiras de lamé. Yo miraba alternativamente a una y otro, sobre todo para probarme el cuello y la cabeza, cada más acorchados.

El patio de sillas estaba pillado desde hacía rato; yo seguía de pie al final de la barra. Llegó una, delgada y de negro, me miró fijamente como diciendo “a éste le saco yo unas birras”, mientras se contorsionaba a los sones de Pelicanus de Bob Woodward. Eché mano al bolso y  del trozo de cuero florentino doblado que me regaló Chema y donde llevo mi biografía administrativa, saqué la foto desvaída y suficiente de mi mujer, y dándole saliva, la pegué en mi frente a modo de escapulario. Santo remedio. Me sentía bastante mareado.

Me cambié de zona, sin abandonar la barra, porque la columna, que juraría que se movía, no me dejaba ver bien al contrabajista. Llegué a eso de la mitad, donde extrañamente había sitio libre, para coincidir al lado de la exuberante. Él debía de estar en el baño haciéndose unas rayas. Claro que, a pesar de su ausencia, una línea roja de un par de metros parecía dibujarse alrededor de la rubia; aunque aquello estaba de bote en bote se sentía una vibración chunga, un cordón electrificado, un pastor eléctrico, un halo invisible. Le sonreí educadamente, aunque ya empezaba a dar tumbos por las pastillas malditas y sus miles de contraindicaciones, entre ellas no conducir maquinaria pesada ni tomar alcohol. En aquel balanceo mi nariz casi llegaba a tocar su canalillo y un aroma me reanimaba algo. Era, sin duda, Aire, de Loewe. Entre la música y el perfume me sentía tan arrullado, tan en la conciencia oceánica esa del Freud, tan en el líquido amniótico primigenio… De repente noté que unas manazas me comprimían los hombros por detrás, me levantaban y me lanzaban hacia la mitad del escenario. Me di un golpe con la banqueta de la cantante y su vaso de agua cayó sobre mis ojos, que lo último que habían visto era el mundo y la carne; eso me reanimó algo y pude ver al sin clase aquel que venía hacia mí, escupiendo de lado, con el casco ya roto de una Mahou de tercio.

Yo soy de barrio, pero de chaval era de arrabal. Y allí crecí con los de Corea, con Suso el boxeador, con el Farias, con Zambranito, el Quimeras, con sirleros y otros artistas del trueque, mayores que yo, que me habían cogido cariño y me mandaban con recados. Aprendí algunas mañas, y que si te cortan la retirada y la labia no va a funcionar en inferioridad, hay que buscar la vejiga si tienes un pincho y si no, la entrepierna del otro con rapidez. Me desvié bastante, porque le di en la cabeza, exactamente en la oreja izquierda. Empezó a sangrar a chorritos. Un rojo bonito, todo hay que decirlo, como haciendo juego con las cortinas y el vestido de ella; si es que me pierde la estética. Le di con la guitarra de Cy Williams, que estaba en ese momento con la kalimba, y una de esas, una Les Paul, pesa unos ocho kilos.

Le estoy agradecido al jazz desde ese momento; una guitarra española te puede rasgar el alma, pero rompe fácil por la parte baja del mástil, porque eso lo he visto yo antes un par de veces en el garito aquel de Eras, el 44.

Me desvanecí unos instantes y desperté en uno de los sofás del fondo. Aquella sobrecarga ambiental había desaparecido; igual que el tipejo y la rubia. No había policía; no llamarían, porque llevan con el local abierto cuatro días y se lo cierran, seguro. Echarían mano del taxi de un colega, sin duda. La música seguía sonando; la dirección me había puesto otra cerveza y unos cacahuetes revenidos. Estaba mucho mejor; fui al baño cuando sonaba el segundo bis. Y me quedé dormido en el retrete. Era muy angosto y tenía un ventanuco por el que entraba la rasca de la noche. Eso me despertó. Llovía un poco y saqué mis manos para notarme vivo, recoger algunas gotas y lavarme como los gatos. Tuve que aporrear la puerta, porque la falleba se había trabado. Vinieron pronto, ya que alguien se había quedado a recoger y a limpiar la sangre.

Camino de casa me hubiera gustado entrar en cualquier bar, nada, un par de minutos, a aplacar tanto sobresalto con un coñac. Todo estaba chapado. En la puerta del bar de Aldo, con la llave del Mondeo, rasqué bien la pintura y me quedó un signo de interrogación grandote y bastante dabuten. Somos amigos de siempre y del barrio y él entenderá: ¿Qué es la vida y sus rutinas? ¿Qué es la noche y sus apoteosis? ¿Qué es la literatura? ¿Qué es Polonia?

Un Comentario

  1. Golpe a golpe… :Funcionarios tomando cafeses y libros de prestado en horas de oficina, cervezas de barra, amigos de aquí y allá, aire decadente junto al de Loewe, iphones, guitarra de Cy Williams, la rubia de bote para no desentonar con el chiriguinto abarrotado, Moustaki y Sacco y Vanzetti, … ¿Qué es la vida? Seguro que lo sabe Libertad, libre de prejuicios, libre de imposiciones sociales y sobre todo, libre de caminos trazados en los que se anda a tropezones. Mil besiños:)

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: