Mienten más que hablan

Rajoy durante una visita a las playas devastadas por el chapapote, en una imagen tomada en 2002.
Rajoy durante una visita a las playas devastadas por el chapapote, en una imagen tomada en 2002.

Por PRIMITIVO CARBAJO

Estamos en el apogeo del Momento Mariano. Esto que nos sucede, esta mística política de la zozobra, este desasosiego en la piel y en los estómagos, no es cosa nueva, pero precisamente por eso tranquiliza menos, su pertinaz frecuencia histórica. Acaso pueda seguirse su rastro, marcha atrás, hasta el bisonte de Altamira, o hasta los manidos Reyes Católicos para no hacerlo tan exhaustivo, o meramente, para evitar tortícolis, hasta la tan amputada como alabada Transición: se hallarán siempre episodios y estampas a los que el Momento Mariano, actual etapa en el desarrollo de la marca España, se engancha con propiedad histórica. Pero, por comodidad metodológica y del cuello en la marcha atrás, asiento aquí fechas más recientes.

El Momento Mariano, según mis datos, rompió aguas en el otoño de 2002, cuando se averió el Prestige. Mariano, enviado por el presidente Ánsar a tranquilizar la marea negra, dio entonces en Santiago de Compostela una rueda de prensa –no la famosa de los “hilillos de plastilina”, que también, pero esta fue posterior, cuando el buque ya se había hundido— para descartar amenazas de chapapote sobre las costas gallegas. El patrón mayor de la cofradía de pescadores de Vigo, que había parado la faena para escuchar al ministro por la radio, bajó a bordo a toda la corte celestial por los micrófonos de la misma emisora porque, contra la hipótesis remota de marea negra que el ministro acababa de predicar, toda la flota artesanal de la ría combatía como ejército de Pancho Villa en la bocana, en el entorno de las islas Cíes, para cerrar el paso del chapapote al interior en una tarea titánica e imposible. “¡Pero qué dice!, ¡qué dice, cagüendios!”, respondía a gritos el patrón. “¡Si lo estamos sacando con las manos! ¡Que venga y lo vea! ¡Que venga el Gobierno, cagüendios, y haga algo!”. Había nacido, pues, el Momento Mariano.

El Gobierno solo acudió después de que el voluntariado, en una movilización sin precedentes, asumiera el grueso del esfuerzo para paliar los efectos de la catástrofe. Con lo cual, desde su mismo alumbramiento, el Momento Mariano empezó a demostrar, por una parte, su capacidad para albergar Gobiernos presididos por la desfachatez que niegan, impávidos, realidades de tan contundente evidencia como aquel vómito petrolero, y por otra parte, mucho peor, para negar, en un alarde de absurdo político, los medios públicos que pudieran remediarlo: el Gobierno –Mariano dixit— no veía urgencia en depararlos, puesto que era improbable que el chapapote llegara a la costa  aunque los pescadores ya lo estuvieran sacando del mar a brazo partido, desbordados y desesperados por la magnitud negra de la marea. Mariano insistió luego en la misma tesis cuando los “hilillos de plastilina”, una bagatela, y sucesivamente en episodios tan relevantes como las armas de destrucción masiva de Irak que Ánsar había visto con sus ojos o la participación de ETA en el atentado de Atocha, de la que Mariano insistía en convencernos el mismo día en que, por eso mismo, por mentiroso, perdió las elecciones frente a Zapatero: ya todo el mundo sabía que había sido el terrorismo yidahista. No por eso escarmentó, sino todo lo contrario: es un hombre de convicciones profundas, Mariano.

Así que, como candidato a dirigir el país, se comprometió a llamar al pan pan y al vino vino contra los eufemismos escapistas del zapaterismo ante la crisis. “Yo no voy a engañar a los españoles”, proclamó, y en eso estamos. A estas alturas ya no puede sorprender que quien tan presto se aplica a negar evidencias aplastantes y a desmantelar el Estado –singularmente, lo que pueda haber en él de bienestar– haya de andarse con remilgos en el saqueo de la lengua y el diccionario. No tienen ninguno, ni él ni su troupe, cuentan con la eximente de necesidad. Pero no es fechoría menor ese contumaz robo de las palabras para vaciarlas de sentido, de su semántica, de su valor jurídico, para tergiversarlas o darles la vuelta como a calcetín. Al tempranero carpetazo del programa electoral van añadiendo sin desmayo otros méritos de charlatanes infames y correosos: el presidente devenido en plasmático, la Cospedal, ay Dolores, con las indemnizaciones en diferido, el Pons de los tres millones de empleos asegurando con total seriedad que obtener uno en Lituania es disfrutarlo al lado de casa o, por acabar, la verbosidad sublime de Floriano, gracejo en estado puro (y nada más, carcasa) para cualquier circunstancia. Todos, con la común propensión al embrollo, que es su manera predilecta de mentir, como cuando comparecen como acusación contra su cabrón Bárcenas… para pedir el archivo del procedimiento, qué hallazgos.

Mienten más que hablan, pero ignoran, supongo, el efecto bufo que ya producen sus palabras. De manera que no cunda el desánimo, quizás acabemos desternillados de risa. Antes de agotar la legislatura, eso sí, porque a este paso, es de temer que para entonces no quede en el Estado títere con cabeza como saldo del Momento Mariano.

prestige

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