Querido diario (22)

Ilustración de Avelino Fierro.
Ilustración de Avelino Fierro.

Por AVELINO FIERRO

Si ahora cierro los ojos puedo sentir que en la atmósfera se columpian olas breves que traen sensación del verano;  desde las oscuras galerías del pasado, de los pozos hondos, viene el mismo verano de la infancia, todavía torpe, muy tímido; abriendo un surco profundo en la memoria, en forma de abrazo. La tibieza del aire de los días pasados, el temblor ligero en las copas de los álamos, aquellos reflejos en las hierbas tiernas de los prados, caricias leves en la piel… van amansándose, se sumergen en una pátina de luz amarilla y un aliento cálido.

En los bordes de la carretera hemos visto amapolas petulantes, cardos histéricos, ortigas embusteras. A lo lejos, hacia el norte, tras el dibujo recortado de las primeras peñas, la nieve brillaba en la cordillera.

Del cielo desapareció ahora la única, mínima, despistada y blanquísima nube. El verde de la pradera ya no es el mismo; perdió su lozanía y han venido a sentarse en corro algunos intrusos de amarillo. Llevo la hamaca bajo la sombra del pruno; no se mueve ni una hoja. Brincan y celebran una pareja de verderones. El milano vuela lento, inusitadamente bajo, surca el cielo una y otra vez sobre nosotros. Sus vuelos repetidos retrasan los latidos del día, brota el manantial de la calma, el pulso retumba amortiguado, casi inexistente.

Lento aspiro el aire, que, cada vez más caliente, aletarga, embalsa estos momentos.

Estos primeros días de calor traen recuerdos de suaves colinas, escapadas de casa hasta el anochecer, fogatas y ardores adolescentes. Vuelven aquellas sensaciones que oprimían el pecho y llenaban de embarullados latidos el corazón. Sí, y aquella luz cálida, benéfica, que nos arrullaba y sanaba como un ungüento. Muchos cuentos de Pavese están llenos de verano, de un correr alocado con el aire en los párpados, de paseos en bici por caminos de tierra, del primer amor.

Qué pereza abrir el libro en el centro de esta calma, de este aburrimiento feliz, de tanto sosiego. Veo arabescos, volutas, chintz, papeles pintados, vidrieras, el pelo cobrizo y la pálida piel de Jane Burden, la “Casa Roja” construida por Philip Webb.

Subrayo una frase vigorosa: “Hay miles de hombres fuertes a la entrada del muelle en Polar durante la mayor parte de la jornada de trabajo, esperando algunos de ellos tener la suerte de ser contratados por salarios miserables.”

El 14 de noviembre de 1883, William Morris habla a los estudiantes del University College, en Oxford. La frase retumba entre las otras, dedicadas a defender el placer del trabajo artesano, el empeño de producir cosas hermosas y dulcificar la sordidez del entorno, de crear belleza como un gesto de resistencia ante la mercantilización. Mas, al final, les exhorta a que unan su suerte a la de los trabajadores, “ustedes a quienes la fortuna de su nacimiento ha ayudado a ser prudentes y refinados”. El arte es largo y la vida breve –les dice–, hagamos algo, al menos, antes de morir. Era, la suya, una lucha ingenua contra el destino.

El periódico de hoy está sembrado de frases que llevan a la desazón. Una de ellas, “tanta desigualdad es corrosiva para la sociedad”, podría resumirlas. Artesanos sin trabajo, obreros en los muelles, pobres –escribe Morris– cuyos sufrimientos no se les hacen presentes a los opresores de un modo incisivo y dramático; deseosos de escapar de esa tiranía semi-ignorante que, decía Keats, es la condición común de los ricos.

Gentes que se conforman con migajas, con expresar su gozo en el trabajo, ver crecer a sus hijos sin miseria; jóvenes que dejan familia y amigos, su país, y siguen sonriendo; jóvenes enamorados de la vida, y de la música, y de construir quimeras, que son arrastrados fuera de esa nave okupada que nadie, nadie, salvo ellos, necesita.

Qué mentira la de este sol que parece serenar el pensamiento, alisar las arrugas de la iracundia, apaciguar el dolor.

Pasa el tiempo, sólo quiero escribir de este ahora sin historia, de esta tarde vana. Escribir, como leía ayer en un artículo de Orwell (él lo dice de Henry Miller), como Jonás en el vientre de la ballena; desde un espacio mullido, que te acoge, con millas de grasa entre uno y la realidad, en actitud de completa indiferencia, pase lo que pase, “una tormenta que hundiera todos los barcos del mundo te llegaría como un eco.”

Declina el sol y llena estos prados y las fincas del valle hasta la colina, de una luz anaranjada, cándida y afrutada. Disputan los cuervos en la rama más alta del olmo seco.

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