Pamplinas de dignidad

rafael-blasco-474250Por PRIMITIVO CARBAJO

Un exconsejero de la Generalitat, Rafael Blasco, sigue en su escaño de diputado de las Cortes Valencianas pese a que la Abogacía de la misma Generalitat pide para él 11 años de cárcel (14 la Fiscalía Anticorrupción) y 31 años de inhabilitación por la presunta (requisito formal de redacción) malversación de fondos públicos destinados a la cooperación, falsedad documental y otros (presuntos) delitos conexos. Acaso el raro y sagaz lector distinga su caso en el viscoso maremágnum de ladrones que tanto espacio copa en el Momento Mariano –hay otros ocho imputados en las mismas Cortes, por la Gürtel y la Brugal, y es seguro que las 1.661 causas de corrupción que tramitan los juzgados en España solo representan la punta del iceberg del fenómeno: no es fácil orientarse y diferenciarlos–, pero disculpará esta insistencia por lo elocuente y tentador del perfil de ese diputado.

Blasco alardeaba propuestas de extrema izquierda en el tardofranquismo y luego, al estrenarse el Estado de las Autonomías, fue consejero de Obras Públicas en la Generalitat del socialista Joan Lerma, hasta que en 1989 le salpicó una recalificación de terrenos que motivó su cese, aunque judicialmente el caso acabó en nada. Diez años después, Blasco volvió a la Generalitat de la mano de Eduardo Zaplana para dirigir, con él y después con Francisco Camps, otras seis consejerías. Ha sido, pues, una pieza importante de todos los gobiernos valencianos, circunstancia que cobra ahora aun más relieve al ser perseguido por la Abogacía de la Generalitat. A Blasco le tocó en 2007 la consejería “menor” de Inmigración aunque, simultáneamente, fue portavoz parlamentario del Grupo Popular. Es un profesional, por tanto, entero y bien cuajado. La oposición y los autos judiciales le señalan como ideólogo del saqueo de los fondos de cooperación con el Tercer Mundo por una red que en tres años, entre 2008 y 2011, desvió más de 12 millones de euros de dinero público para un grupo de amiguetes facinerosos. La ayuda humanitaria consignada para Nicaragua, por ejemplo, la empleaban en comprarse pisos en Valencia. Ciertamente, hay que ser desalmados, además de ladrones. Pero Blasco ni siquiera dimite de su escaño.

El exconsejero y diputado aduce para no dimitir que, si lo hiciera, su dignidad quedaría malparada porque es inocente. Es inocente pero, frente a la resma de documentos reunidos por fiscales y la Abogacía del Estado, elude cualquier explicación o dato que confirme su autoproclamación de inocencia. Lo deja para el procedimiento judicial y, no obstante su contrastada profesionalidad, sin asumir las urgencias de la política democrática. En realidad, dado que fue echado de su primer cargo en la Generalitat por una corrupción urbanística y llevado a los tribunales por el último, sería harto interesante, incluso necesario, comprobar su honradez e inocencia en el ejercicio intermedio de sus otras responsabilidades para desarmar las sospechas con sencilla transparencia. Lo suyo atufa, apesta, pero en lugar de sanearse con higiene democrática y así reconfortarnos, Blasco reclama incienso. No dimite para salvaguardar no sólo su dignidad, según le oí, sino también la de sus electores, a los que así mete en danza, y por haber contribuido con denuedo a los éxitos del Partido Popular en las urnas, que es la misma u otra dignidad que sumar. Razones, pues, de mucho peso y fundamento para acantonarse en el escaño.

¿Y qué hace el Partido Popular? Pues nada, amagar con que forzará su cese cuando se cumplan no sé qué condiciones. Pamplinas. Como con Bárcenas. Y tiene su lógica. Tal vez hemos olvidado demasiado pronto –este ritmo frenético que cobran los hechos del Momento Mariano, este trote de merengue, también ayuda a embarrar la memoria– que el presidente ahora plasmático, cuando solo era candidato, se ufanaba con extremosas loas de contar en sus filas con Jaume Matas y Francisco Camps, cuya gestión respectiva en Baleares y Comunidad Valenciana erigía Mariano en referente ejemplar y modelo de las políticas que pondría en marcha si alcanzaba el Gobierno, o sea, que lo que parecen pamplinas son pamplinas, pero coherentes con Camps y Matas y su condición ejemplar. El presidente ahora plasmático es, después de todo, el primer pamplinero. El PP tira el país por la borda, pero ¡cómo va a dejar tirado a uno de los suyos! Máxime si es uno que, a su vez, pueda tirar de la manta y de ventilador. Como Blasco. Un profesional, un demócrata cabal del Momento Mariano, como tantos otros. Saquean las instituciones y les basta, para tapar el hueco, con invocarlo lleno por su dignidad, ¿a qué viene esa pejiguera de pedir algo más?

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