Festival de Teatro de Almagro. Hermosas experiencias necesarias

Cola en el Corral. Plaza Mayor de Almagro llena. Fotografía: Festival de Almagro.
Cola en el Corral. Plaza Mayor de Almagro llena. Fotografía: Festival de Almagro.

Por MARIFÉ SANTIAGO BOLAÑOS

El territorio de los placeres sutiles se afianza, cada mes de julio, en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro. Desde hace años, practico la exquisita obligación de pasar un fin de semana aprendiendo del misterio del Teatro, lo que he acabado convirtiendo en una suerte de disciplina intelectual y estética que preparo y celebro como solo se puede y debe hacer con los regalos memorables. El regalo es, por ejemplo, esa manifestación de amor a la Cultura, a lo que la Cultura posee, a lo que la Cultura trae, inundando de belleza las calles de la ciudad que, llenas de tantos ciudadanos y ciudadanas del mundo entero (mi sobrina Ana y yo incluidas), aguardan su turno con camaradería para entrar en los espectáculos elegidos con la sonrisa de quien intuye que se adentra en la inteligencia de los goces.

Hago balance y lo comparto. He de comenzar mencionando que el Arte de la simulación capaz de desvelar verdades fundadoras tiene un templo excepcional en uno de los espacios teatrales más antiguos de Europa, el Corral de Comedias, poderoso santuario guardián de misterios profanos y transformadores. He disfrutado, con amigos y con mis tres cómplices adolescentes (Mario, Ana y Pablo) la visita guiada que señala tiempos y espacios y nos igualan en intención universal y deseos. En el Corral, he recorrido, lo recuerdo, el sueño de los laberintos de belleza fecunda y sanadora con El perro del hortelano en versión de mi querido Juan Carlos Mestre, que incorporó, en un momento de sorpresa, la voz de Amancio Prada a la maravilla del teatro radiofónico. Eso pasó hace años. Otras veces, en el mismo lugar, ha sido Shakespeare, el de los sobrecogedores instantes, quien ha ejercido de maestro de ceremonias. La Plaza Mayor de Almagro, que alberga el Corral, se derrama hasta el alba de tan peculiares adoradores de Dionysos burlando al sol del verano manchego y compartiendo el cielo limpio que, acaso, llenase de intuiciones el alma poética de Don Quijote.

Porque todo espíritu profundo ama el disfraz, escribió Nietzsche; pero también porque el Teatro ha nacido del juego de los dioses, en el decir de la tradición india, plazuelas, sus periferias mundanas, los rincones engalanados con el ingenio de las grandes palabras convocantes de los más grandes pensamientos, hacen de Almagro el latido absoluto del Teatro brotado en ese periodo de la historia que llamamos “Siglo de Oro”, Barroco, periodo isabelino, etc., dependiendo del ángulo de la Tierra elegido para referirnos a él.

Clásico, para que la eternidad hable cara a cara con el tiempo. Para que la eternidad disfrazada de presente ayude a los espectadores a que viajemos al interior del alma y la imaginación, tarea del Teatro desde mucho antes de que el ser humano le otorgara un nombre para nombrarlo.

El gesto y las palabras se funden con el cuerpo del actor, de la actriz, en la obra de Calderón, de Lope, de Shakespeare… Y en lo que todos ellos inspiran. Recuerdo a la memorable Blanca Portillo ya para siempre Segismundo, a Clara Sanchis dándole presencia y figura a Teresa de Ávila. Recuerdo ese singular y fabuloso Celos y agravios nacido de la obra de Rojas Zorrilla y filtrado por el talento de Liuba Cid (un montaje que, precisamente, se puede ver este mes de julio en el Teatro Fígaro de Madrid). Recuerdo las joyitas a las que nos tiene acostumbrados Ana Zamora. Y algunas preciosidades en la sección para los más jóvenes, como una “hija de Shakespeare” en la que marionetas e imaginación se unían para ayudar a la hija entristecida del autor a resolver sus cuitas: ¿me quería a mí mi padre, al que tanto queréis todos?

Títeres, música, danza, clowns, propuestas arriesgadas y novedosas dialogando con propuestas solemnes, la ortodoxia y la heterodoxia sin conflicto, pues, al contrario, todo cabe en el Festival de Almagro a condición de poseer una indiscutible seriedad y calidad.

En ello se esmera, desde hace ya unas cuantas temporadas, Natalia Menéndez, maga discreta, tan rigurosa como creativa, capaz de inventar la luz si hiciera falta luz para seguir iluminando la vida. Con ella nació, por ejemplo, ese “Almagro off” donde jóvenes compañías pueden presentar sus propuestas y verse amadrinadas por figuras indiscutibles y de lujo dentro del teatro internacional, otorgándoles un ánimo tantas veces requerido y no siempre apoyado. Antes de que la crítica situación europea se obstinara en devastar eso que, decía, la Cultura posee, la Cultura trae, fue Natalia Menéndez esmerándose en la planificación de un jardín exquisito de buenas raíces, tan buenas que ni los más aciagos vientos pueden con ellas, igual que no permiten que nadie se detenga en la queja o en la melancolía paralizadora. La directora del Festival de Almagro conoce bien, porque la ama con dulzura y pasión, esa geografía de la imaginación creadora que el Teatro manifiesta. Actriz, directora de escena, traductora y dramaturgista, aventajada colaboradora de los más grandes maestros del Teatro, su vínculo personal con la Danza –con todo lo que eso significa– y su afán por compartir constantes descubrimientos de lo mejor que la creatividad humana es capaz de otorgar, han llevado al Festival modos y maneras que afianzan y enriquecen con un nuevo carácter lo ya andado por los directores anteriores, cuyos méritos sería injusto eludir. Natalia Menéndez ha añadido, por ejemplo, una mirada de género a la programación del Festival, un cuidado ejemplar a la hora de otorgarle visibilidad al trabajo de las mujeres en el Teatro, consciente de la importancia cívica, de la responsabilidad que ha de asumirse para que el Teatro no abandone su poder transformador. Lo ha hecho con elegancia, es decir, siguiendo esa enseñanza de María Zambrano que aúna razón y poesía.

No olvidaré su afán por que, ya en su primer año de gestión, el Festival acogiera un encuentro de pensadores y pensadoras vinculados, en su reflexión, a las artes escénicas, para dialogar sobre lo que estas pueden aportar, en nuestro momento histórico, en nuestra época, a la configuración de imágenes de paz. Desde entonces, exposiciones homenaje y exposiciones temáticas (amor y pedagogía, tengámoslo siempre en cuenta), talleres formativos, actividades culturales, conferencias o su participación personal en acontecimientos locales que cobran, por lo que el contexto del Festival significa, una relevancia simbólica, generan un espíritu conciliador, con el poder de renovar esperanzas activas y enfrentarse, con contundencia y sosiego, a la duda o a la derrota.

En la edición de 2013, hemos disfrutado de una delicada La verdad sospechosa, de Ruiz de Alarcón, estrenada en el Festival, con el sello inconfundible de Helena Pimenta, actual directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. El Hospital de San Juan convocó lleno de espectadores a una hora cercana a la medianoche. La pertinencia de un texto en el que, aunque todo parezca que no será así, la mentira tiene consecuencias nefastas nos hizo salir de nuevo a la calle con la certeza de que un clásico lo es cuando ante experiencias vitales demoledoras, que socavan todos los valores y los principios democráticos, se abre una senda en una dirección que, quizás, no habríamos supuesto, pero que resuelve un conflicto vital en cuanto consigue que lo pequeño se haga universo. Unión estética que recoge, con precisión de orfebre, la seguridad de que una actitud cambia el mundo.

La habíamos sentido ya, esa actitud cambiadora, unas horas antes, cuando “Microteatro por dinero” (que tantos éxitos está obteniendo en su sede madrileña y prolongándose en el inspirador espacio “Expresa” de Segovia) deconstruyó El caballero de Olmedo con su frescura y originalidad habituales. Invadimos, literalmente, trastiendas, tramoyas, recodos del Teatro Municipal, ignorando, en el sentido más lúdico y original, que el paso estuviera “prohibido” o que tras aquellas puertas lo que pudiera ocurrir fuese “privado”. Allí estaba una de las anfitrionas e ideólogas del proyecto “Microteatro por dinero”: Verónica Larios.

En los trayectos diletantes que dibujan Almagro de cómicos-espectadores de la legua, acólitos de la tragedia y de la comedia nos cruzamos con la alegría de lo fortuito. Porque eso ha de ser un festival, algo que sea fiesta y festín. Lo ha logrado el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, y estas cosas hay que compartirlas para que el porvenir no se anquilose en decepcionantes presentes que se alimentan de la lamentación y el cansancio. El Arte, la Belleza, la Cultura desde el germen hasta la flor y su fruto son una barrera moral que ayuda a que la alondra siga cantando. A pesar de todo. Defendiendo la dignidad. Con la grandeza implícita en toda custodia de la memoria.

Me atrevo a aventurar, ¿y si crear una existencia que nunca ha sido más que una hermosa intención, como es el de esa Europa de los derechos y la humanidad, empezase así?, ¿y si entonces ese cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y de furia, empezase a significar algo?, ¿y si tras la máscara del idiota…?

Teatro, sí. Eso es. Teatro. Quiero decir ensayo del mejor de los mundos, quiero decir la capacidad humana de seguir adelante, elevándose siempre, levantando los ojos y trazando la línea del horizonte donde puede que entre todos… Entre todos. Compañero, compañía, con quien se comparte el pan… Teatro, sí. Eso es.

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