Festival de Urones de Castroponce, el milagro tangible

Raúl Gómez apoyado en las paredes de arquitectura popular de Urones. © Fotografía: Tor.

Raúl Gómez apoyado en las paredes de arquitectura popular de Urones. © Fotografía: Tor.

Este jerezano, conocedor del experimento desarrollado en Urones de Castroponce, rinde un homenaje al pueblo, a Tierra de Campos, y al mantenedor de aquella fiesta teatral, Raúl Gómez, en su despedida como director del FETAL. “La de Raúl Gómez es una proeza, una hazaña, un milagro, llevar teatro vivo a lo profundo de la tierra castellana”.

Por EUSEBIO CALONGE

Los polvorientos mamotretos nos enseñaban cómo el horizonte de Castilla ha sido pródigo en hazañas y milagros. Durante siglos, guerreros y místicos han cruzado sus paisajes,  dejando una profunda huella en el alma de su pueblo. Por fortuna, en estos tiempos prosaicos en que los héroes y santos colgaron sus espadas y rosarios, han seguido habitando esta tierra defensores a ultranza de los grandes valores espirituales del hombre. Entre ellos, claro está, la cultura. Ilustra bien lo que digo quien fue capaz de esta hazaña increíble y milagro tangible, como es el Festival de Urones de Castroponce. Me refiero a Raúl Gómez, su director,  quien llevó el teatro, y un teatro nada complaciente, un teatro que se gestaba en su tiempo y no el cargado de polilla, a un pequeño núcleo rural, alejado de los trasiegos culturales, por no decir aislado en un mundo donde los grandes almacenes irradian y suministran la mercancía “cultural” urbana.

La sorpresa de entrar por sus calles a un mundo que nos remitía al pasado, pasado vivo que es lo que queda de nosotros, no cesa años después. Podría decir que estar en el Festival de Urones era una experiencia que extralimitaba lo meramente teatral, pues allí no solo lo relativo a la función es lo que se recuerda. Allí el teatro se vivía en comunidad. Era en verdad una fiesta. Lo que entiendo por esta: comunión y ágape. No estruendo ni banalidad. Con un público que desbordaba la sala que duplicaba a los habitantes del lugar, ya que la voz del teatro comenzó a propagarse como un eco mágico por Tierra de Campos, atrayendo a espectadores que, agradecidos y atónitos, asistían a las representaciones.

Ver teatro en sus calles, en el Corral de Anuncia, en los espacios que allí se inventaron, devolvía la vitalidad al pueblo, le devolvía un sentido  y este sentido era recibido también de modo recíproco en las compañías: nos sentíamos útiles allí. Se establecía una comunicación capaz de abolir la distancia que frecuentemente separa al espectador del artista.

La cabeza de Raúl no se detenía en ese logro, hablaba de crear un centro que dinamizara el teatro desde allí, de expandir la idea por comarcas limítrofes, al mismo tiempo que proyectaba nuevas creaciones con su grupo. Todo un germinar incesante que lo llevaba de un extremo al otro del teatro, del escenario al patio de butacas, de la escuela de arte dramático a la gestión de un festival. Porque no, no hay un solo rincón del oficio que Raúl no conozca, al que su diligencia no llegue… y todo esto lo contaba mientras recogía a las compañías en la estación de Valladolid para llevarlas hasta Urones, (de tan difícil comunicación con la capital), no sin antes detenerse en Medina de Rioseco para enseñar un retablo, una talla de Juni.

Ya sabemos que gente con iniciativas propias no son frecuentes por estos lares, muy pocos son capaces de sacar una idea adelante en este páramo cultural. Hemos asistido muchas veces a buenas invenciones, que duran lo que quienes supieron alumbrarlas. La de Raúl Gómez es una proeza, una hazaña, un milagro, llevar teatro vivo a lo profundo de la tierra castellana. No quiero ni pensar cómo habrá sido la briega con políticos y funcionarios para llevar hasta allí las compañías de cómicos. Pero todo el esfuerzo valió la pena, demostró que es posible llevar teatro hasta lo culturalmente  desértico y que en esos sitios fuera del tránsito cultural existe un público tan bien orientado como en cualquier parte, con la misma conciencia crítica y fascinación por la belleza. El tiempo nos dirá si fue solo un espejismo, o si su esfuerzo se continúa y se acaba consolidando más allá de los vaivenes políticos. En este país, por desgracia, personas como él son muy escasas. Las que quieren, pueden y saben; las que alcanzan lo que sueñan. Gracias Raúl por esta quimera que puso embocadura y telón al campo, por este escenario levantado en la frontera de lo ilimitado, por contagiar a todo el que se te acerca de amor al teatro.

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*Eusebio Calonge
, escribe los textos de la compañía La Zaranda y es uno de sus integrantes.

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Un Comentario

  1. Pingback: Teatro, danza y música en el Fetal de Urones de Castroponce | Tam-Tam Press

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