Envío 10 (la vida, Depresión, cucaracha…)

© Ilustración de Julia D. Velázquez.

© Ilustración de Julia D. Velázquez.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Otro día por la Rúa, dejando que me guíen los escaparates, el estímulo de la compra imaginaria, cuando se me aparece un mozo de gran corpulencia, no lo veo hasta tenerlo a poca distancia de la cara. Sin más saludos me pregunta: ¿Qué buscas?
Siento de primeras el recelo, un erizamiento animal. Pero el oído supo recoger una nota discordante en la voz del otro: un acento extranjero (¿magrebí?), un aire de disturbio. Pasa un segundo y también el ojo ha registrado otras señales: las ropas desordenadas, el peso descompensado del cuerpo, al que mueve la agitación del que espera respuesta. Sin más dudas, pisando de nuevo un terreno firme, le respondo con franqueza lo primero que me viene a la boca: la vida.
Entonces el mozo, está clara su condición de extranjero con la cabeza tocada, suelta una risa inagotable, la risa de la pura alegría. Repite mi respuesta, como si no hubiera otra solución al enigma que él me planteó. Alza la mano derecha, un saludo de hermandad, y sigue calle arriba, meneando la cabeza, perplejo ante todo lo que ve, dispuesto a hablar con todos. El gran risueño, más fuerte en su alegría que cualquier regla urbana, desaparece con un baile de pasos y saltos; yo me quedo con algo de su risa.

En la Gran Casa del Libro, en Madrid, Gran Vía. Un gran retrato de James Joyce, como santo entronizado en retablo de altar. A mi lado, una mujer se dirige a un dependiente: Quisiera comprar el libro de Amedo.
(¿Ha escrito un libro Amedo? Claro, como Mario Conde –De aquí se sale–, como pronto hará Bárcenas, seguro… Un país culto, los gángsteres escriben libros).

Mientras camino, recibo la llamada de un amigo y oigo en sus palabras una fatiga, un asma anhelante, me alarmo, pero me dice que él también va por la calle y habla mientras camina. Habla, respira y camina: el asma de los nuevos bosquimanos.

“Mi padre me habló una vez de una fábrica donde trabajó durante algún tiempo en los años treinta; de vez en cuando el capataz avanzaba hasta la cabeza de la línea de montaje y escupía, y el obrero que estaba más cerca de donde caía el salivazo quedaba despedido. Esta pequeña historia me dijo más sobre la Depresión que un volumen de historia social…”
(Francis M. Nevins Jr)

Las grandes cavidades en la ciudad, sus cuevas de Valporquero donde gotea y canta la memoria su canción del hueco. Cines desaparecidos, cafeterías fantasmales… La estación de autobuses de Martiniano. Cada vez que paso ante sus hangares, vuelven escenas: viaje de estudiantes trabajadores a Ginebra, al Liverpool de la Gran Ilusión, recibimientos a los músicos visitantes, viaje fugaz y entristecido a Valladolid… Allá al fondo, en los andenes, las escenas forman sus estalactitas.
(Hay todavía un callejón más arcaico, allí sigue, el escenario del viaje hacia la vida contraria de mi villa: melancolía abrasadora, escuela y juegos, primer amor… Es mi estación de los platillos volantes, planetaria, hacia la luna de la  pena y la alegría).

Salgo a la calle por la noche, a tirar la basura. Ni un alma. De pronto me fijo en una cucaracha que avanza a buena marcha por la calle, pegadita a la acera; a lo suyo va, seguro, cucaracha, roach, solitaria y tan a lo suyo.

Pegatina en un canalón: PRECIOS ECONÓMICOS. SOMOS PROFESIONALES Y ESPAÑOLES. (Cuaderno de la crisis)

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