El desertor del Nihonshu

'Rioseco'. Más imágenes del autor en el fotoblog: Memoria Química (haz un click en la imagen).
© Fotografía: Memoria Química (haz un click en la imagen).

El presente relato es una dramatización libre sobre las vidas de Masataka Taketsuru, considerado el padre del whisky japonés, y su mujer Jesse Roberta Cowan –Rita–, novelada por el autor tras la ingesta pausada durante estas navidades de una botella de whisky de pura malta Nikka de 17 años.

Por JOSÉ PAJARES IGLESIAS 

Masataka Taketsuru sostiene en sus manos el delicado vaso que le ha acompañado toda la vida. Muestra esos rastros blancuzcos del vidrio que tiene la fortuna de envejecer sin hacerse añicos. Semi porcelanizado de tanto haber sido continente, de tantas manos como lo han retenido a salvo de la Ley de Gravedad, es ahora un talismán para el anciano, y un imán de recuerdos sobre todo. Hace ya cuarenta años, en 1939, su amadísima mujer Rita se lo regaló, cuando Masataka levantó con su esfuerzo la primera destilería, para que hiciese las catas del whisky que se había empeñado en elaborar en Yoichi, en la isla de Hokkaido, al norte de Japón. El anciano recuerda ahora, junto a los toneles llenos de ese oro líquido que ha ido perfeccionando toda su vida, la peripecia que le hizo cruzar el planeta para encontrarse con más amores de los que esperaba. Siente un ansia juvenil renovada cuando rememora la aventura que comenzó en su ciudad natal, Takehara, al lado de Hiroshima, donde su familia llevaba haciendo sake desde 1733. No quiso disgustar a su padre y estudió química, pero el primer enfrentamiento llegó cuando el joven Masataka rechazó convertirse en el continuador de la tradición del nihonshu y se mostró decidido a aprender un arte más lejano. El de la elaboración del whisky. Su padre sufrió con su decisión, que no entendió. Su madre, silenciosa, desapareció en una sombra durante meses. Recuerda eso ahora el anciano Taketsuru tras echar en el vaso un poco de su mejor blended. No lo beberá. Se lo llevará a la nariz con parsimonia. Una nariz sabedora de todos los aromas. Sabe que ya no necesita beberlo para saborearlo en su boca. Igual que sólo necesitaba cerrar los ojos en cualquier reunión, aspirar el aire de la sala y saber que Rita acababa de llegar envuelta en hermosura. Recuerda ahora de nuevo con una pequeña sonrisa, cómo se movió la siguiente pieza del engranaje cuando trabajaba en Osaka para Settsu Shuzo y éste le envió a Glasgow para que aprendiese el arte de hacer whisky. Y, sobre todo, recuerda aquel día de 1919. Ese recuerdo es el que está adherido a sus entrañas con más nitidez, con más fuerza. En la estación de tren de Glasgow. Allí estaba. Jessie Roberta Cowan. Despreocupada. Hermosa. Envuelta en el vapor de aquella máquina que tosía a su lado. Masataka tuvo que posar su maleta en el andén e instintivamente cruzó las manos sobre el vientre. Aquel látigo invisible descargó una vez más, y en ese mismo instante, ella le miró. Ella se llevó el dorso de la mano hasta la boca, y la otra mano, enguantada con una coquetería chic perfecta, se posó sobre la zona de su ombligo. En ese nanosegundo el mismo rayo descargó en dos lugares diferentes. La última tos del descomunal animal de hierro la hizo desaparecer tras una niebla de vapor. Piensa ahora Masataka que ese nanosegundo se había venido gestando desde el momento en que su antepasado decidió hacer vino de arroz en 1733. Que su cabezonería con la extraña idea de hacer whisky, su desencuentro con su padre, su travesía en barco, su deambular por las destilerías llamando educadamente a la puerta para desentrañar los misterios de la bebida deseada, su ir y venir por estaciones en aquel país donde todo el mundo abría los ojos de forma diferente, todo eso, todo, era una antesala, un viento poderoso empujador de su popa. Todo eso para un nanosegundo. Habían pasado tan sólo 186 años. Eso suponiendo que no hubiese pasado por alto algún detalle que le remontase aún más atrás. Y recuerda la navidad de 1919, cuando él le pidió matrimonio. Ahora ya había dos familias, en dos puntos opuestos del planeta, que se oponían a los planes de sus hijos. Algunos ímpetus no conocen barreras. El ocho de enero de 1920. Ese día se casaron. Recuerda el anciano esa peripecia y otras, pero se recrea en esos dos o tres detalles porque han sido los centros de su vida. Recuerda el tiempo que vivieron separados mientras él construía su destilería, en aquella isla del norte de Japón, donde el agua era tan pura. Ella entonces ya se llamaba Rita. Y el último recuerdo que le asalta, junto a esa chimenea con forma de pagoda donde siempre secaron la cebada, es el más amargo. Aquella pérdida, en 1961, cuando aún era demasiado pronto para que ella se fuera. Porque este anciano al que sostener el vaso parece costarle tanto esfuerzo, cuando la recuerda vuelve a ser el joven vigoroso que la amaba sin descanso y ahora, entre todos los aromas de lo que levantó con tanto esfuerzo, el que le asalta, le sobrecoge, le hace ausentarse de la vida ya casi para siempre, es el persistente, inolvidable, de Rita. Y lo más demoledor es que le viene a la boca su sabor como si acabase de besarla hace un minuto.

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(El presente relato es una dramatización libre sobre las vidas de Masataka Taketsuru, considerado el padre del whisky japonés, y su mujer Jesse Roberta Cowan –Rita–, novelada por el autor tras la ingesta pausada durante estas navidades de una botella de whisky de pura malta Nikka de 17 años.)

4 Comments

  1. Siempre quise hacer una foto al anuncio de Suntory en Times Square pero no tuve suerte las veces que he estado, igual ya no lo publicitan, pero he bebido algunos de esos brebajes y son excelentes. Para otra vez llama, para eso están los amigos. Bonito artículo.

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  2. He tenido la suerte de leer este relato magistral (no sé si la realidad sería tan bella, pero ¿a quién le importa?) y también la suerte de probar de tus manos un poco de ese bálsamo. Gracias por partida doble.

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