Parados a tiros

Manifestaciones en Melilla al grito de "Trabajo o guerra".
Manifestaciones en Melilla al grito de “Trabajo o guerra”.

Por ANTONIO BERMEJO PORTO

Cada año por estas fechas, en Melilla, los barrios de Reina Regente, Monte María Cristina y La Cañada –los más deprimidos de la ciudad– esperan unos Reyes Magos tardíos a los que piden ese olvidado Derecho Humano que es el trabajo. Semanas antes han escrito sus cartas en formularios oficiales dirigidos a los Gaspares, Melchores y Baltasares de la Delegación del Gobierno y el Ayuntamiento que, en lugar de visitarlos furtivamente por la noche dejándoles el pan de sus hijos, publican la lista oficial de los agraciados con un puesto de los planes de empleo, para tareas de limpieza de solares, del cauce del río, mantenimiento de jardines y otros menesteres que permiten cotizar a la Seguridad Social seis meses del año, generando dos más de subsidio de desempleo y otros cuatro de desesperanza.

Como cada enero, los preteridos en tan magro legado, levantaron barricadas y lanzaron cócteles molotov contra un grupo de 25 funcionarios antidisturbios. Ver mucha tele en su forzado ocio les permitió ejecutar tácticas de comando, cortando el alumbrado público. La brutal novedad de este año es que la policía recibió disparos del calibre 22, posiblemente de carabinas pensadas para la caza menor.

Las cifras de noviembre 2013 son muy expresivas, más de seis millones de parados, el 26,7% de la población activa, la segunda tasa más alta de la Unión Europea, solo por detrás de Grecia. De ellos, un millón son menores de 25 años, esto es, un 57,7% de paro juvenil, la tasa más alta de la Unión. Sin embargo, nadie acaba de creerse estas cifras, razonando que si fueran reales habría tanquetas apostadas en los hipermercados. En la cuna de la picaresca se sobrevive como se puede con el paracaídas de la familia o la explotación de la economía sumergida, mientras la mafia continúa sin pagar impuestos y con pocos gastos de oficina.

Cuando la policía recuperó el control de las calles, los violentos se esfumaron, dejando atrás a un pelotón de menores que les cubrió la retirada tirando piedras a los agentes. Dentro de unos años, uno de cada tres habrá encontrado trabajo y los otros dos quizá un fusil de asalto.

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