Contigo haré una excepción

© Fotografía: Memoria Química.

© Fotografía: Memoria Química.

“Ella buscaba a Bobby y encontró a Leonard. Él buscaba a Brigitte y encontró a Janis”. Un relato sobre los escarceos amorosos de Janis Joplin y Leonard Cohen en aquel hotelucho de New York…

Por JOSÉ PAJARES IGLESIAS

Antes de apurar completamente su Dunhill aquella porción líquida de marronuzco opio afgano depositado previamente en la cuchara se filtró a través del ovillo de algodón ascendió por la aguja llenó la hipodérmica se clavó en aquella vena azul realeza bien hinchada por la compresión del fular algo por debajo del casi inexistente bíceps y comenzó un obsceno y no demasiado prolongado bombeo mezclando el zumo de adormidera con los glóbulos las plaquetas la esencia carmesí densa que ocupaba el interior de aquella diosa del blues que comenzó a cabecear y a amoratarse mientras soltaba aquella risa de diabla al tiempo que babeaba un poco bizqueaba intermitentemente se rascaba la base de los pechos tiraba un cenicero y acertaba a decir sin embargo precisa quirúrgica y malvada “…no te ganarás la vida cantando así…no en éste país…”. Leonard le dio otra calada al Dunhill y dejó de canturrear. Las volutas se peleaban por salir a Nueva York en un extraño pugilato inasible que ascendía acompañado por las pupilas embelesadas del bardo hasta la ventana entreabierta de la 1010 del Chelsea Hotel. Janis aún acertó a decir justo antes de otra de sus pequeñas muertes de esa noche “…prefiero a los hombres guapos…pero contigo haré una excepción…”

Un par de horas antes Leonard llegó al coto. Alguien amigo de alguien le sopló que Brigitte Bardot dormía esa noche en el hotel  del 222 Oeste de la Calle 23, entre la Séptima y la Octava Avenida. Cohen el cazador. Cohen de los susurros graves. Cohen. Caían como moscas. La idea era esa. BB. El ascensor del Chelsea olía a Chanel Nº 5 a orín a pachuli a cerrado a mal whisky a peor vino a que alguien hubiese vivido allí y hubiese muerto allí a que se hubiesen escrito canciones hasta novelas listas de la compra o notas de suicidio a gloria en definitiva. Leonard se encontraba en su salsa de algún modo, con arcadas incluidas. Justo antes que la verja de aquel elevador enjaulara a aquel macho alfa para ascenderle a algún Olimpo intuido deseado y aún inédito una mano ensortijada enpulserada algo arrebatada de pinchazos y empuñadora firme de una botella de Southern Comfort hizo cuña en el mecanismo envalentonada por el apoyo logístico algo de última hora de una bota de cuero propiedad del mismo ser que a modo de firme ariete impidió el cierre y como consecuencia la elevación. Leonard tiró, una vez más, de flema, y se limitó a apoyar la operación invasiva de aquel diminuto recinto con una inacción absoluta, si exceptuamos el ejercicio de fumar. Aquella gitana despelucada casi vuelca al entrar haciendo sonar toda la plata, algo de oro y el resto de metales menos nobles. Acertó a depositar su espalda contra el fondo de aquella nave espacial que al ascender estornudaba grasa consistente, aullaba engranajes y tosía tuercas. Detrás de unas gafas de sol redondas color col lombarda se veían las mejillas de la chica. Los ojos diminutos escondidos casi huérfanos de pupilas estaban bastante más arriba. Algo parecido a una blusa cubría uno de los hombros. Ahí acababa su trabajo. Los exagerados pantalones de terciopelo púrpura tenían tanta campana que Leonard creyó oír una llamada a la oración. Una boa se afanaba por ceñir algo el cuello y las manos sostenían la botella y un pitillo. Ambos objetos habían disfrutado ya de más vida que la que les quedaba por delante. Esa entrada triunfal de La Perla en aquel elevador hizo que la cabeza de Leonard funcionase como una hoja de afeitar sin estrenar. El pensamiento debió ser algo del estilo “…si no es caza mayor…será caza menor…”. Janis le dio la última calada al filtro del pitillo y preguntó sin más a aquel desconocido color ascensor si era Kris. Leonard afirmó ser Kris, por supuesto. E inmediatamente se puso a serlo.

La habitación, fea. Pequeña. Roja. Con unos ridículos cuadros de ridículos pájaros norteamericanos colgados en las paredes. Antes de un minuto ya se estaban besando. La boca de Janis sabía a jazmín y a tierra de cementerio. Leonard besaba muy bien. Es hermoso, pensaba ella, mientras le decía lo feo que era. Rodaron desnudos por la cama cuando aún no hacía una hora que el ascensor les había vomitado allí. Janis estaba impaciente por oír la canción. Kris había compuesto “Me and Bobby McGee” para ella y eso era lo que había venido a buscar a ese hotel. Ella buscaba a Bobby y encontró a Leonard. Él buscaba a Brigitte y encontró a Janis. Ya que estaban, sin embargo, se dedicaron a recorrerse felices despreocupados mientras Vietnam ardía algún presidente mentía las mentiras de siempre alguien volvía de la Luna la nación de la contracultura viajaba a otras lunas sin salir de las praderas la mitad del país hacía el amor la otra mitad la guerra y parecía que un mundo en colores se aproximaba al blanco y negro habitual para fagocitarlo destruirlo y sustituirlo. Janis era la encarnación de esa transmutación que arrancaba en los campos de algodón con el alma rota a palos y ascendía lisérgica cimbreando un vientre cósmico para llevar el blues hasta los ojos caleidoscópicos de aquella tierra hambrienta. Lo hacía con desparpajo, chillando, bramando consignas sólo comprendidas por iniciados, empapada en opio y whisky de naranja. Nadie quería ser viejo en los viejos tiempos. Mejor un cadáver apolíneo, deseable, profanable incluso, que la decrepitud lenta de los que llegan a los treinta. La cadera de Janis tenía un latido propio, observó Leonard mientras usurpaba a Kris. Un latido que había sido brioso unas horas atrás. Ahora que la bradicardia invadía el pecho de la diosa del blues tras la ceremonia del opio, ese latido cedía aunque no desaparecía. Leonard se quedó así un rato más. Mirando aquel vientre que se apagaba por momentos en la 1010 del Chelsea Hotel de New York. Después, encendió otro Dunhill, salió despacio, oprimió aquel botón y dejó que aquel ascensor se lo comiera.

Un Comentario

  1. El otro Pájaro

    Fantástico, brutal, de humor lisérgico y adictivo.

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