Querido diario (41)

© Ilustración de Avelino Fierro.

© Ilustración de Avelino Fierro.

En esta nueva entrega el autor intenta “levantar un artículo”, que diría Umbral. Y como quien no quiere la cosa aprovecha para lanzar una primicia: ya tiene próximo libro. Pero en este capitulo no hablará de su libro, sino de cómo a veces se refugia en la lectura para enfrentarse a la falta de inspiración. Al final, quizá solo sea un problema de tensión arterial… o de pituitaria.

Por AVELINO FIERRO

Una querida amiga, en uno de los comentarios de los lectores de estos diarios, me recomienda que escriba algo en tono humorístico. Como la aprecio, me he tomado su sugerencia muy en serio; he pensado en ello y me gustaría complacerla. (Releo lo anterior y tiene un aire de consultorio sentimental, suena a consejos en la madrugada para corazones solitarios, a una de esas Encarnas de noche).

Mi amiga es una rubia madrileña, de familia bien y excelente profesional. Una de esas mujeres que nunca han tenido que invocar a las diosas de las Paridades o las Cuotas. También las mujeres aparecen a menudo en los artículos de Francisco Umbral cuando escribe de sus amigas pijas, de sus marquesas, de sus “pititas”, o de esas aristócratas un poco de izquierdas, que lo seducían por su inteligencia o su belleza lírica, difícil y como renacentista.

No me molesta, sino todo lo contrario, escribir de lo mismo que él; todo se pega, o mejor, todo se imita. Porque tampoco me sentiría molesto si, por leer sus libros, mi escritura tomase esa naturaleza de escritura absoluta, esa incesante transformación del mundo en texto que él atribuía a su maestro González-Ruano y que también puede aplicársele. Quizá sean los ejemplares de animales más logrados de esa época que podamos colgar en el museo de la fauna literaria, porque se da en ellos la suplantación de vida y literatura. De muchos otros, de los escritores de recortes de tiempo y tardes de ocio –es mi caso–, como decía Umbral, hay que desconfiar.

Pero, ahora que lo pienso, algo tenemos en común: las mujeres –bellas amigas rubias– y los textos plagados de “negritas”. A él se las colocaría alguna becaria, alguna ninfa, en la redacción de El País para aquella serie de artículos, “Spleen de Madrid”, y en mis líneas las siembra una pelirroja, mi editora digital.

Algunas cosas de Umbral me parecen muy logradas. Pero hablas de su escritura y todo el mundo te contesta hablando de su figura, de la estatua que nuestro hombre se compuso y que parece que es lo que pasará a la posteridad: “¿Umbral? A mí siempre me cayó fatal”. Pero no lo han leído.

Ya me gustaría que se me pegasen sus maneras para redactar algunas páginas parecidas a las de La noche en que llegué al Café Gijón. Veamos un párrafo, aunque aquí se hable de otro local de reunión de literatos: “los felpudos estaban comidos de tedio, las tertulias estaban dormidas de inutilidad, los retratos de la galería de socios ilustres estaban bostezantes de pintura mala y nombres olvidados, y los teléfonos de ficha estaban averiados. Todo lo que se escribía, se hablaba, se leía, se peroraba y se estudiaba en aquel Ateneo estaba transido de las frituras del bar, de modo que las sombras perdidas de Unamuno, Valle-Inclán, Gómez de la Serna y Azaña se habían refugiado en la carbonera y de vez en cuando gemían como gatos por los patios secretos, malolientes y criminales de la enorme casa antigua.”

También recuerdo un párrafo que creo que está en Amar en Madrid, al final de un artículo en que habla de la verbena de San Antonio, allá por la zona en que él vivió unos breves años, entre Príncipe Pío y el Puente de los Franceses, que dice más o menos así: “Hay niñas pintadas y disfrazadas. Huele a buñuelos y a hembra en esta hondonada madrileña. Por el cielo, cometa rojo de los nuevos tiempos, cruza el teleférico”.

Tiene buen olfato nuestro hombre, ahora que reparo en lo de las fritangas. Eso es necesario para escribir; es imprescindible una buena pituitaria (es uno más de entre los cientos de adminículos, órganos y potencias del escribiente, que tiene que estar a punto, que tiene que haber pasado la revisión). En algún otro escrito dice que Madrid tiene olor a boca de metro y gambas a la gabardina. No me disgusta el madrileñismo de Umbral, aunque él advierte que habla de una ciudad enervada y rugiente que tiene por debajo la ciudad que pudo ser, una doncella a la que entre todos mancillan y expolian, una ciudad serena y giratoria por la que las gentes paseaban dejando la sonrisa en el aire.

Recuerdo con gusto –lo leí hace muchos años– su Ramón y las vanguardias, y conservo en una carpeta aquellas series de semblanzas de escritores que hizo para El Cultural y El Mundo y que tituló “Los alucinados” y “Por el camino de Umbral”.

Decía que el escritor habla mucho de sus amigas, niñas y ninfas, musas progresistas y aristócratas de inteligencia salonnier, éstas con debilidades interiores que las han dejado para ser sólo mujeres de sus maridos. Yo hablo de mi amiga madrileña y de que me gustaría complacerla regalándole un cuentecillo gracioso, al menos unas piruetas circenses. Pero estoy pegado al sillón, me está costando horrores. A pesar de que, hace un tiempo, algunos amigos, plumíferos con criterio, me comentaban que me movía bien en ese registro, en el tono del humorismo. Lo decían a propósito de aquel episodio del gabán que cuento en mi libro Una habitación en Europa. Sí, no me quedó mal. Era algo intermedio entre lo distante e irónico, de Camba, y el surrealismo rebuscado de un cuento de Cortázar. Pero no era algo meritorio, yo no inventaba nada, porque aquel trago lo tuve que pasar en la azarosa realidad.

Y, sin embargo, tendría que intentarlo ahora, que es la tarde del viernes y es el día que dedico a escribir el capítulo para el diario; a tratar de levantar un artículo, que diría Umbral. Me está costando horrores, repito. Quizá estoy demasiado cansado, no recuperado del trajín de esta semana. Sólo por hablar de ayer, la mañana en la oficina fue agitada. Siguieron, tras comer en el despacho unas pastas descoloridas que encontré en el archivo, los ejercicios salutíferos y deprimentes de “Pilates”.

Tristes, digo, porque llegué tarde y al estar los grupos completos me premiaron con una clase cuasi privada, frente a la pared de espejo, para poder ser precisos en los ejercicios y corregir posturas. Allí estuve una hora entre dos jovencitas, Rosi y María, de cuerpos perfectos, con mi carne sobrante y triste rodando a cada instante por los suelos, porque la cosa iba de equilibrios sobre sillas de tortura y pelotones indomables, una metáfora del tiempo que no cesa y que nos va cesando. Si al menos hubiera podido hablar y trasladarles mi experiencia de la vida…

De allí crucé la ciudad hasta el tanatorio, porque ha muerto la madre de Alfonso y José Carlón. A eso de las cinco y media llegué a casa un tanto desfallecido. Comí una manzana y bebí agua, porque a mis compañeras de gimnasio les oí hablar de ello al final de la clase. Quedeme traspuesto en el sofá. El reloj biológico me alertó de que a las siete tenía una charla en la Facultad de Derecho. Pasaban ya cinco minutos y corrí hasta el campus. El conferenciante anterior se había retrasado y llegué sudoroso, pero a tiempo. Había olvidado mis notas, así que entoné un discurso parco de contenido, pero ameno. A Umbral también, en una charla, no recuerdo con motivo de qué, se le cruzan los cables y se confunde de micrófono, pero lee bien, y Lázaro Carreter y una señora de la mesa lo felicitan. Antes se había tomado una ginebra con valium; por entonces era su fórmula.

Yo, por no ser grosero con los organizadores y los representantes de los alumnos, los acompañé unos minutos en el bar. Tomé un corto de cerveza y engullí un par de trozos de tortilla de bacalao. Salí pitando porque había olvidado el teléfono móvil de la guardia en casa. Se lo dije y todos me miraron como alucinados (la gente es cruel y no sabe disculpar nada).

Tenía que localizar a Andy, que volvía en esos momentos de Portugal. En casa oriné lento, morosamente. Era el primer momento tranquilo del día. Me miré al espejo y vi que el brillo de mi mirada se extinguía como la luz de cola de un viejo cometa, y me apliqué un contorno de ojos carísimo. Habíamos quedado en la cafetería del Quindós para escuchar, como todos los jueves, a los tocadores de siringa. Interpretaron una pequeña pieza en homenaje a Leopoldo María Panero. Del poeta me contó en una ocasión José C. que lo había conocido en su movida madrileña. Huía de él porque era un gran sablista; tenía más trato con Popi, el secretario, que estaba muy pendiente de reunir los papeles y servilletas de las mesas de los bares en los que el poeta había anotado algunos versos, y también de reservar habitación en las pensiones –y de que no lo echasen– cuando estaban de gira. Me quedé adormilado en uno de los sofás.

De allí me encaminé hacia El Cuervo, porque a las once actuaba ese grupo que hace “banana folk” y cuyo nombre no recuerdo. Estar allí es como estar en casa. Ya pude pasar a la cocina para salir con un chusco y mojar en la salsa del pollo que esa noche ponían de tapa. Vi a Javier Cardo y hablamos de quedar para tomar algo con Ernesto y de su portada para mi próximo libro. Mientras estábamos fuera, Carlos nos invitó a conocer a la nueva camarera brasileña que ha contratado para La Sal, que está en la puerta de al lado, y que con poco clientela en los últimos meses, ha pasado de la música de los ochenta a otro tipo de reclamos. De vuelta en la tasca, Sara me enseñó dos nuevas palabras: tarrañuelas y tejoletas, y me hizo un poco de exhibición percusionista.

Acabé con Tacho, que ya se recupera de la muerte de Blas y quiso entrar en un par de bares donde ya recogían las sillas y pasaban la fregona. Las tabernas iban cerrando a medida que nos acercábamos a su umbral. No lo entendíamos. No era tan tarde, (¿o sí lo era?), no íbamos cantando, yo iba de luto riguroso y él, con uno de esos foulards fucsias y zapatillas amarillas que, inexplicablemente, acaban conjuntando. No recuerdo de qué hablábamos ¿de la marcha de la dignidad prevista para el 22 de marzo?

Hoy también hubo trajín en la oficina y ahora me duele mucho el codo; tengo epicondilitis, ya desde la Navidad, y no puedo escribir bien. Y a media tarde ha llegado la primavera. Su calor se suma al de las calefacciones, que andan todavía rugiendo tumultuosas y no han reaccionado calmándose a tiempo; tienen ese despiste como el de los pájaros del jardín, que cantaban anteayer de madrugada al estar todas las luces vibrando por un error municipal. Las calefacciones todavía piensan en anteayer, que había cinco grados y el cierzo nos crujía las sienes y el temporal rompía diques y faros en la costa. Igual de afectados y despistados que ellas estamos los ulcerosos; la primavera nos esponja y vasodilata como a todos, pero además nos mete en las dispepsias y otras molestias variopintas. Hasta las nubes que ahora pasan prestan poca atención y son escasas y vagas, dos rayones indiferentes y deshilachados.

Con todo ese barullo me he refugiado en la lectura. Y de nada me han servido los decálogos para escritores donde siempre hay consejos para enfrentarse a tardes de nula inspiración como esta de hoy. Puedo confeccionarlos para otros –hoy pespunteé uno–, para opositores o abogados dispersos, pero conmigo no funcionan. Son, a la postre, consejos para elevar el tono vital y sucedáneos de un buen gin-tonic para subir la tensión y ayudar a escribir.

Lo dice también Umbral en el libro que he terminado de leer hace unos instantes, Diario de un escritor burgués. El problema es la tensión arterial. “Nietzsche debe de tener la tensión más alta que Kant, por ejemplo. Se ve que hace una filosofía del hipertenso. Descartes tenía la tensión muy baja, de eso no me cabe ninguna duda. Escribe despacio, paso a paso, deduciendo trabajosamente sus pálidas verdades.”

Pues puede que sea eso, o el dolor en el brazo, o que me he vuelto a ensimismar viendo morir la tarde, esta sorpresiva primera tarde de primavera. Y la música. Si se junta la tensión baja, el epicondilo inflamado y la música en modo menor que tengo puesta (“Copenhagen Dream”), no voy a pretender que me salgan estas líneas con aromas de rumba.

Tampoco la lectura de ese diario me ha dejado buen cuerpo. Son los primera años de la Transición y me recuerdan que también una vez fui joven. Y que todo vuelve. Vuelve a parecerse a aquel tiempo, a lo que vivimos hace cuarenta años. Lo pensaba el otro día viendo la exposición de Manolo Jular, sus viñetas para Mundo Obrero y sus caricaturas del primer gobierno de UCD. Será nuestro ciclo, nuestra historia; cada cuarenta años vuelve el incienso y los tipos gordos del capital fumándose un puro y la realeza mondaine persiguiendo a las coristas o el dinero de todos.

No estoy nada animado. He comido un par de bombones y unas lonchas de jamón para entonarme. No me quedaba trankimazín. He recordado a Ruano y me he puesto a escribir. Cuenta lo de la cuartilla en blanco y dice que ahí la ha puesto Dios para que la llenemos de algún modo. Y el modo surge, aunque no haya tema, con las chupadas al primer cigarrillo. Que la necesidad crea la función, la puesta en marcha si sabemos que vendrán en breve a recoger las cuartillas para su publicación. Que también las palabras tiran unas de otras. Que no hay que esperar la visita de la inspiración, hay que llamar a su puerta. Una señora le pregunta por carta:

—“Y cómo empiezo, por ejemplo, una novela o un cuento, querido señor, si no se me ocurre en ese momento nada?

—Empiece usted a escribir la primera línea. Por ejemplo: “Adrián estaba aquella mañana furioso…” Ya seguirá después Adrián, no se preocupe…”

Pero yo no puedo fumar en casa (mi mujer y sus alergias) y mi necesidad no es la de tener el escrito acabado para las diez y media porque vendrá el chico del periódico a recogerlo y meterlo en prensa. Mi necesidad es complacer a mi amiga Consuelo y hacer una cosa airosa, un cuentecillo gracioso de primavera. Y no se me ocurre nada. Y lo que sale es de tono gris oscuro, y cioranesco. Este “adrián” mío se me tira al monte por la senda existencialista y de la náusea.

Pero me he puesto a escribir, un poco sin ton ni son, con un ritmo constante y sin mover demasiado el brazo para evitar el dolor (aunque diría que me siento en un momento un tanto cervantino con mi pose de lisiado), y veo que llevo un par de folios. No merecen la pena y tampoco son horas, y no voy a insistir porque no va a salir nada, ni habrá aleteo de las musas ni chispazo de esa bombilla de las ideas, nada original.

Son las once de la noche. Huele a primavera y a moho (las lluvias de estos días han dejado una gotera en la esquina de la habitación; ¿lo ven?: la pituitaria) y sigo con el ansia de la media tarde. Me he refugiado en la lectura y luego en tratar de escribir algo, sin conseguir lo que pretendía, emborronando estos folios que no tienen mucho sentido. Me voy a dar una vuelta.

  1. jose luis

    Envidia de Consuelo a quien haces caso…………………….Al final. no te salió nada mal.
    josé luis

  2. Si es que hasta consigues que me sienta como una becaria (bueno, más bien como una manzanilla, porque en mis tiempos no había becarios, y a los periodistas en prácticas en Galicia nos llamaban manzanillos y manzanillas…). Lo de las “negritas” vino después, y algo tienen que ver con el spleen ahora que lo dices, seguro.

  3. tino

    Pues a mi me parece bastante gracioso que en solo dos folios hagas aparecer juntas tus sensaciones de ábol leñoso y el uso que haces del contorno de ojos como paliativo.
    Abrazos.

  4. consuelo Madrigal martínez-Pereda

    Por supuesto, Umbral me caía fatal. No soy original, pero admiro mucho “Mortal y rosa” y lo eché de menos en tu diario.
    Y sí. Te ha salido gracioso ese rosario de epicondilitis, desánimo, pilates deprimentes, nostalgia y demás “inconvenientes de haber nacido” de tu “adrián” cioranesco. Con esa dieta errática y “desequilibrada” que llevas tiene más mérito.
    El mundo es un lugar extraño, pero cuando tú lo escribes y lo relacionas con la literatura, parece sereno y apetece mucho quedarse en él. Así que, muchas gracias.

  5. El Pájaro de la Biosfera

    Pues yo no he dejado de sonreir mientras lo leía y creo que tu Adrián al final nos dejó muchos momentos de interés y expectación y otros para asentir amargamente (cada cuarenta años vuelve el incienso y los tipos gordos del capital fumándose un puro y la realeza mondaine persiguiendo a las coristas o el dinero de todos.) Fructífero tu transcurrir por el folio en blanco Avelino.

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