Concha Espina, conexión astorgana

Retrato de Concha Espina

Retrato de  Concha Espina. © Ilustración de Eberhard Schlotter.

Por JUAN CARLOS LEÓN BRÁZQUEZ
astorgaredaccion.com

Contaba Luis Alonso Luengo que Astorga debe la visita de Gerardo Diego a un encuentro que tuvo con él en el Café Lyon de Madrid, en plena Segunda Guerra Mundial. En aquel encuentro, ante una taza de café, el poeta cántabro le comentó la pesadumbre que tenía por no saber dónde ir ese verano, ya que veía difícil acercarse a su casa del sur de Francia, en un momento en el que la vida del país galo estaba condicionada por la germánica invasión. Y el astorgano barrió para casa: “Debes ir a Astorga”. Un consejo que marcó en lo sucesivo el reconocimiento literario de la ciudad bimilenaria.

Lo que no contó Luis Alonso Luengo es que, si bien la idea pudo calar en los ánimos de Gerardo Diego, tuvo que ser la escritora Concha Espina quien le diera el empujón definitivo para que el poeta arribara por tierras maragatas. Claro que tal asunto no debe resultar extraño, por cuanto Gerardo Diego tenía una estrecha amistad con Concha Espina, a quien admiraba y era conocedor del otrora viaje que su paisana había realizado a Astorga, adentrándose en las aldeas maragatas para extraer los elementos que utilizaría en su novela “La Esfinge Maragata”, publicada en 1914. La anécdota tuve ocasión de contarla hace unos días durante las Jornadas de “Marzo en Femenino”, a las que acudí tras ser invitado a las mismas por la alcaldesa y la concejala de cultura de Astorga, con las que preparo próximos proyectos para la ciudad.

A mí me la transmitió Jesús de la Serna, el periodista nieto de la autora, que falleció el pasado mes de septiembre. Desconozco en qué términos se produjo la conversación entre los dos escritores cántabros, pero lo que intuyo es que Gerardo Diego se acercó a la casa de Concha Espina y allí le expondría sus inquietudes y la sugerencia que le hizo Luis Alonso Luengo. La escritora santanderina, que recorrió la zona en 1912, había retomado en aquel entonces su conexión astorgana ante “Princesas del Martirio”, un libro escrito en plena vorágine de exaltación de la victoria franquista y que fue publicado en 1940. Así que, de nuevo Astorga, se había cruzado en el camino de Concha Espina, quien ante los interrogantes de Gerardo Diego lo animó a que conociera esta tierra tan singular llena de atractivos.

A partir de ahí Gerardo Diego preparó el equipaje para lo que sería su encuentro con Astorga y la burbujeante vida sociocultural de la ciudad. Es el propio Alonso Luengo quien nos cuenta cómo Concha Espina estuvo presente en esos paseos familiares: “¡Este es el Valdecruces que Concha Espina llevó a su Esfinge Maragata!”, le dijo al visitar en bicicleta Castrillo de los Polvazares. Algo que sabemos que no es exacto, porque Concha Espina no quiso ubicar adrede su historia en ninguna localidad concreta de La Maragatería. En tierras de la Somoza abundan los Vals y quizá quiso cruzar toponimias aldeanas para inventar tan poético nombre, que bien hubiera merecido existir. Hay más, porque también refiere que un día comiendo en la casa dónde el forastero y su familia pasaban aquel tiempo, les dijo: ¿Sabéis que en estas habitaciones pasó largas veladas Concha Espina cuando allá en principios de siglo concibió en Astorga La Esfinge Maragata? Como diría el propio Gerardo Diego, aquel capricho del azar unió en apenas treinta años a dos poetas santanderinos en la mágica atmósfera de una vieja casa astorgana.

El contacto de Gerardo Diego con la moderna Asturica Augusta nunca se perdió. Se le ocurrió aquello de “Escuela de Astorga”, la exitosa definición que utilizó en un artículo en el diario ABC, el 3 de marzo de 1948, con la que los escritores locales de la época trascendieron definitivamente fuera de los límites regionales. Los hermanos Panero, Juan y Leopoldo, Ricardo Gullón y el propio Luis Alonso Luengo quedaron unidos a tan sonoro apelativo. Las relaciones entre todos ellos fueron más allá del propio interés literario y la amistad los acompañó por años. Además, Gerardo Diego hizo que poetas como Luis Rosales o Luis Felipe Vivanco se acercaran también a Astorga.

No me resisto a recuperar una anécdota de Gerardo Diego,  contada también por Alonso Luengo, en aquel número 44 de Tierras de León, publicado en 1981. Es el recital de poesía y piano que ofreció en el Casino el ilustre integrante de la Generación del 27, justo el día en el que tomaba posesión el nuevo coronel del Regimiento. Tanta emoción se creó en el ambiente que logró ablandar el ánimo militar de tan egregio asistente, rendido ante lo que Gerardo Diego acababa de ofrecer al pueblo astorgano. Y es que el poeta/músico se sumergió en la ciudad como un buzo en el mar, impregnándose de la esencia envolvente astorgana, con la mirada perdida hacia el misterioso Teleno. Gerardo dejó para siempre en Paisaje con Figuras lo que sintió por Astorga. Basta leerlo.

"La esfinge maragata"

Portada de la novela “La esfinge maragata”

Tuve hace unos meses un encuentro con José Manuel Sutil, al que le manifesté mi predisposición a participar en los actos que se organizasen en Astorga para recordar el Centenario de la novela que ha marcado la visión de La Maragatería de principios del siglo XX. Allí le expuse que Astorga y toda la comarca estaban en deuda con Concha Espina, tanto porque había escrito una de las principales novelas de la primera mitad del pasado siglo, con el significado que tuvo el que una mujer obtuviera, por primera vez, el principal galardón de la Real Academia de la Lengua (no hay que olvidar que el Fastenrath es el antecedente del actual Premio Cervantes, que aglutinó todos los premios de la RAE) sino porque en la época de la postguerra volvió a incidir sobre la zona con una publicación ‘patriótica/religiosa’, que tuvo también su impacto en la España que acababa de nacer tras la guerra civil.

Ciertamente, tanto “La Esfinge Maragata” como “Princesas del Martirio” han tenido siempre sus admiradores y sus detractores, pero sin entrar en tan delicadas cuestiones hay que convenir en que ambos libros ejercieron bastante influencia en los ambientes de las épocas en las que se publicaron. Bien es cierto que por razones distintas y distantes, e incluso desafortunadas. Lo que no le conté a Sutil fue la anécdota sobre Gerardo Diego. ¿Quién sabe si el poeta hubiera descubierto Astorga, si no es por la determinación con la que Concha Espina le animó para que conociese la ciudad? La deuda, pues, se acrecienta.

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