Querido diario (42)

© Ilustración de Avelino Fierro.
© Ilustración de Avelino Fierro.

Por AVELINO FIERRO

Para Cecilia Orueta

Esta es la historia del dibujo que ilustra el diario treinta y ocho. Por aquel verano yo vivía en cada de mis tíos, en Six Fours Les Plages. Tenía diecinueve años y mi obsesión de aquellos días era ver a Picasso y a la hija mayor de Grace Kelly. A los diecinueve años mis pasiones eran el dibujo y las chicas de rostro sereno e inalcanzables. Las contradicciones de un joven de izquierdas en el seno de la sociedad capitalista. Así vivía yo mi juventud. Todo sucedía como anotaba hace unos días Miguel Díaz cuando me escribió: “¡Vaya vida que llevabas a los 18, en la Costa Azul francesa y dibujando a Lenin…!”

El dibujo, que fotocopié y reduje para ilustrar el diario, quedó hecho un barullo. Parece el mismo caos de colores, tonos, matices fluctuantes, una suerte de niebla sin forma, del que habla Balzac en Le Chef d’oeuvre inconnue, el cuadro que el anciano Frenhofer pinta durante diez años, del que sobresale un fragmento de vida. En 1927 Vollard compra quince aguafuertes a Picasso, de los que trece servirán para ilustrar la obra. Y en 1959, Picasso todavía escribía a Kahnweiler: “Eso es lo maravilloso de Frenhofer […]. En el fondo, nadie puede verse sino a sí mismo. Esa eterna búsqueda de la realidad le conduce hasta la oscuridad más total. Existen tantas realidades que al tratar de abarcarlas se acaba en las tinieblas.”

Sí, por aquellas fechas yo miraba fijamente los rostros de las mujeres hermosas, las claras líneas de los dibujos picassianos, los objetos que tenía a mi alcance y que trasladaba con lápiz, rotuladores o bolígrafos al papel.

En ese álbum, que aparece hace un tiempo en el fondo de un cajón en la casa de mis padres, sólo hay cuatro dibujos: un geranio y la funda de mi máquina fotográfica, el retrato de Lenin y la silueta de un joven airado, todos con pluma o quizá con rotulador azul, y el cuarto, un retrato de Ho-Chi-Minh, con plumilla negra. Esos retratos estarían sin duda copiados de alguna revista del exilio antifranquista, que algún amigo o conocido de mis tíos, habría llevado a casa, algo que me sorprendía, porque no recuerdo que allí se hablara de política.

Yo pasaba las mañanas en la playa con mi primo; íbamos a Toulon o a los pueblos vecinos de la costa en su Ford Capri. También pasamos una mañana de domingo por el puerto de Marsella y yo me asusté un poco ante aquel enjambre de estibadores, cambulloneros y sonidos de todas las razas que contrastaban con dos muchachos blancos con saharianas y pantalones de colores vivos. Y fuimos a Montecarlo, tanto insistí yo en ello: yo preferí quedarme media mañana frente al palacio por si ella entraba o salía o su silueta aparecía tras alguno de los ventanales.

Y miraba fijamente las cosas del mundo, y dibujaba. Y admiraba los dibujos de Picasso. Me gustaba “Escultor y modelo descansando”, de 1933. En él, el escultor y la modelo, recostados, son amantes, y miran hacia la cabeza que él modela. Detrás hay unos visillos que mece un aire suave de primavera y unas leves montañas. Y líneas que yo quiero que sean las de un agua que llega a la bahía.

Sobre la mirada de Picasso recuerdo la bella frase, no sé si real o apócrifa o quizá recreando otra de Gertrude Stein, para calmar a un aficionado alarmado ante los rostros deformados de sus retratos: “Este doble perfil, como lo llaman, es sólo que siempre tengo los dos ojos abiertos. Todo pintor debería tener siempre los dos ojos abiertos. Quizá se pregunte cómo se llega a ver verdaderamente, con un ojo o con dos. Es sencillamente la cara de mi amante, Dora Maar, cuando la beso.”

Yo miraba con los ojos bien abiertos, y dibujaba. Seguro que hay otros álbumes de ese verano, y se han perdido. Y estos cuatro dibujos estarían al inicio de otro, y ahí finalizaría aquella serie veraniega antes de volver a España. Queda, pues, la memoria, sobre todo de los dibujos, y el recuerdo de dibujar sobre aquella pequeña mesa al lado de la ventana, una modestísima casa y la luz que llegaba desde un emparrado. Y el olor del mar.

Mi dibujo se lo he enseñado a Pedro, que tiene 19 años y milita en Juventudes Comunistas. Pensó que le mostraba un dibujo con trampa, para descubrir algún engaño en la percepción, como ese de Freud en el que el perfil de su rostro es a la vez el contorno de un desnudo de mujer. No veía nada, como Poussin y Porbus mirando el amasijo de colores del cuadro de Frenhofer. Le dije que entornase los ojos y reconoció la figura de Lenin y me pidió una copia.

¿Cómo tenemos que mirar la realidad para dibujarla? A veces, como hemos visto, con los ojos semicerrados. Otras, como Picasso a sus amantes, con la mirada cercana del amor. Otras, avanzando o retrocediendo, rodeando, midiendo, encuadrando, encajando, mezclando la intuición y la norma, la una ayudando o corrigiendo a la otra. Y saber que dibujar es parecido a pensar. Y a ese pensar llevamos nuestro aprendizaje y nuestra memoria. La memoria de los hallazgos y errores, la de la tradición y los maestros. Y para eso yo dibujaba, en esos cuadernos perdidos, informes bodegones picassianos. Y copiaba sus autorretratos. Me agobiaba su sombra. Y su energía para dar vida a lo de siempre, a lo fijo de siempre, como dice Ramón Gaya, que también escribe: “Vemos que siempre han existido, por un lado, las obras propiamente dichas, las obras de arte, de arte-artístico (algunas sumamente admirables y valiosas), y, por otro lado, han existido… las criaturas, es decir, unas obras que no son obras, sino seres, seres de un arte que tampoco es arte, sino vida.” Picasso es para él un naturalísimo animal-creador, un creador de criaturas vivas.

Degas era otro gran dibujante, un místico del trabajo, de la dificultad del arte, de la intensidad creadora. A su amigo Jean-Louis Forain le pidió que no hubiera responsos en su entierro: “Si tiene que haber uno, tú, Forain, te levantas y dices: ‘Amó enormemente el dibujo. Igual que yo’. Y después te vas a casa”. Hace unos días, Degas ha coincidido con Picasso en exposiciones en salas madrileñas. Hemos estado visitándolas. Cuando recorría la del malagueño, y así quiero llamarlo, porque como escribe Jean Clair, “A los doce años Picasso dibujaba como Rafael. Poseía todo el legado de su tiempo. Durante toda su vida, le habrá hecho falta aprender a desaprender.” Y Picasso, de niño, esconde una paloma bajo su camisa, por miedo a que su padre la olvide.

Cuando, digo, recorría las salas de la Fundación Mapfre, miraba sin mirar; me atenazaba la memoria, el recuerdo de mis viejos dibujos olvidados, el verano francés, el paso del tiempo, las ilusiones perdidas, sus imágenes tantas veces, tantas, escudriñadas, sus arlequines “rozados por las sombras de los muertos”, sus saltimbanquis mirados durante largas tardes por Rilke en la casa de su amiga Frau Herta Koening, sus danseuses y sus mujeres al borde del mar, sus carboncillos en la Barcelona de 1900, esa penumbra de alguna de las escenas de pintores y modelos…

Cuando recorría las salas miraba sin mirar y sentía el regusto amargo del pasado, una ardiente tristeza.

2 Comments

  1. Las contradicciones no son patrimonio de la juventud. ¿Será la nostalgia la contradición de la madurez?
    Y… Siempre emocionas.

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  2. “Existen tantas realidades que al tratar de abarcarlas se acaba en las tinieblas”
    Buena frase para empezar el día.
    Un abrazo desde el Chateau de la Napoule,
    Félix de la Concha

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