Querido diario (38)

© Ilustración de Avelino Fierro realizada hace más de 40 años, a finales de la dictadura.
© Ilustración de Avelino Fierro realizada hace más de 40 años, a finales de la dictadura.

“Queridos amigos, bien, decidme, ¿de qué queréis que escriba? ¿Cómo queréis que lo cuente? (…) Dejadme que cure con la escritura las heridas de la vida, las desilusiones de los días. Dejadme con la homeopatía de la poesía. (…) Dejadme que recorra así las calles de esta ciudad absurda, llena de bucéfalos, cafres, caciques, catetos y cofrades. Dejadme en paz…”

Por AVELINO FIERRO

Nunca había dejado que transcurrieran tantos días sin venir a estos cuadernos para escribir algo. La culpa la tienen algunos amigos y lectores que han venido insistiéndome en la conveniencia de que en estos diarios estén más presentes las vidas de los otros, mi vida de antes (como diría el personaje de Salinger, Holden Caulfield, “dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield…) y la vida de ahora poniendo en ello un poco más de entrañas y, a la vez, más confidencias (algo así como en el verso de Gil de Biedma, enseñar al hipócrita lector un corazón desnudo de cintura para abajo). También el día a día de todos (del barrio, de la ciudad, del país…), la crónica de lo que acontece, nuestras conversaciones de indignados, levantar más la voz, todo ello con más descaro, sacando más las uñas aunque estén sucias con la broza de la miseria de los días, más barro y menos aguachirle, menos literatura, mostrar la Puta Realidad… como si no fuera de su agrado el mundo de las metáforas.

Tendré, pues, que ver si me sirven alguno de los textos que tenía anotados para el próximo diario, o sea, este mismo. Es habitual que al acabar de redactar uno deje, de alguna manera, embocado o iniciado el arranque del próximo. Sobre uno de los libros de la mesa de lectura, Juventud del 98, de Carlos Blanco Aguinaga, del que he releído estos días algunos párrafos, están garabateados esos dos posibles comienzos en dos trozos de papel. Algunas veces es una sola frase, o un poema; otras, un párrafo más extenso, o algo oído en la calle, o un apunte en una servilleta de papel después de una conversación.

En uno está escrito lo siguiente: “Las luces son ya más débiles, exangües. También es cierto que luce una farola de cada dos. Sombras afluyen por la calle. Han abierto en el lugar que ocupaba la guardería, un comedor social. Entran por una puerta trasera, cabizbajos. Es el mundo de la trilogía de Baroja, del ciclo La lucha por la vida, cuando el escritor declaraba que aquellas novelas tenían un valor no precisamente literario o filosófico, sino más bien psicológico y documental. Expulsados hacia los vertederos de la miseria. Esta fractura de la desigualdad no sellará nunca. Cada vez los golpes son más fuertes, cada vez será más difícil levantarse. Y cuánta mendacidad (’huele a mendacidad’, exclamaba ante las conductas interesadas e hipócritas aquel personaje de La gata sobre el tejado de cinc). Y, como en el poema de Auden, la verdad se ha sustituido por el conocimiento útil.”

En otro papel, unido a un post-it amarillo, está anotado el otro texto: “Mientras ojeo los ejemplares del facsímil de Arte Joven con los hermosos dibujos a carboncillo del Picasso de los veinte años, a través de los cristales veo cómo se desperezan las luces del amanecer. Tejados de casas modestas, antenas, chimeneas sin humo; no hay todavía luces en las ventanas y se han apagado las de las farolas. Un turbión azul, más prusia que otra cosa, oscila pausadamente hacia el noroeste. Por un momento se pinta un destello, una raya de naranja de cromo en la panza de una nube. Al rato, desaparece. Es un forcejeo entre un albor de luz y una bruma tenebrosa. ¿Hacia dónde van los jinetes oscuros del alba? La incertidumbre de todos los días, de los días de este comienzo de año. Es otra vez, después de más de un siglo, un paisaje del 98”.

A mí, los dos pasajes me parecen el mismo. La luz, de amanecer o de crepúsculo, es la luz de los ambientes descritos por Baroja cuando, como ya vimos, dice que no quiere hacer demasiada literatura; luces amarillentas o rojizas, turbias, brumosas, vagas, pálidas, difusas o anémicas. Como dice Blanco Aguinaga, los colores tienden al gris, todo color es descolorido; le atrae más la luz roja del sol poniente que ilumina apenas las masas oscuras de las casas y que penetra por entre chimeneas que vomitan columnas de humo negro.

Ya me habría gustado escribir un arranque a la manera de una de las parrafadas “sin estilo” de Baroja.

“Temblaban las luces mortecinas –escribe Baroja en un párrafo que es como la quintaesencia de sus descripciones de ambiente– de los distanciados faroles de ambos lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el aire turbio y amarillento como un cristal esmerilado, sobre la tierra negra sin color, casucas bajas, estacadas negras, altos palos de telégrafo y oscuros terraplenes por donde corría la línea del tren. Algunas tabernas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban abiertas… Luego ya, a la claridad opaca del amanecer, fue apareciendo a la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmeda de rocío; enfrente la mole del Hospital general, de un color ictérico; a la izquierda el campo yermo, las eras inciertas, pardas, que se alargaban hasta fundirse en las colinas onduladas del horizonte bajo el cielo húmedo y gris, en la enorme desolación de los alrededores madrileños…”.

Y en esa atmósfera húmeda, fría y triste de la mañana, bajo un cielo color de cinc, comienza a despertar “un mundo pequeño, agitado y febril, que bullía como una gusanera”. Aparecen los personajes de la Petra, Manuel, Vidal, Jesús, el Bizco, la Salvadora, Marcos Calatrava, “los Piratas”, el Cojo, la Rubia, la Chata, don Alonso el titiritero, el señor Custodio… Se narra también la toma de conciencia política y aparecen otros: el Libertario, César Maldonado, el Madrileño, el Bolo, el catalán Prats, el francés Canuty, todos anarquistas, muchos de ellos trabajadores en imprentas. Aparece y desaparece Roberto Hasting, el ex estudiante del que se vale Baroja para meter baza. Por su boca habla Don Pío.

Y Madrid, sus calles, barrios y cuestas, glorietas y rondas, se describen con minucia; y la evolución social y política de la ciudad se muestra constantemente, es omnipresente. “La metáfora vulgar –‘cuesta abajo’–, dice Blanco Aguinaga, la realidad sociológica del Madrid de fin de siglo y su realidad topográfica, tienen un sentido único y riguroso que servirá de hilo conductor a toda la trilogía, cuya clave se encuentra en la lucha de los de abajo por subir, de los de afuera por entrar al centro de la ciudad”.

El mundo descarnado a través de la escritura, la realidad y también sus metáforas. ¿No he pretendido yo –no sé si lo he conseguido– hacer algo parecido?

Queridos amigos, bien, decidme, ¿de qué queréis que escriba? ¿Cómo queréis que lo cuente? ¿Queréis que haga periodismo, ese columnismo que tanto nos gusta, una crónica política? ¿Queréis que hable del bulevar de Gamonal, de las declaraciones del secretario de Estado de Seguridad, del vocabulario de Ana Botella, de la Infanta, de la carta del fiscal Horrach, de la crisis del PSC, del encuentro de Mas con un dirigente de la Liga Norte, del baile del los indultos, de la estrategia de los condenados por corrupción para eludir el ingreso en prisión, de la trayectoria de Blesa…, de todo eso que aparece en sólo las primeras semanas del año y, como dice Almudena Grandes, sin tirar de hemeroteca, y saltándonos la ley del aborto de Gallardón para no repetirnos en exceso…? A mí me gustaría añadir otro personaje al que he vuelto a ver estos días en el periódico: Rafael Blasco, ex consejero valenciano, que “desvió” diez millones de euros de los fondos oficiales de cooperación, esos dineros que iban a ir, decía él, a “Negrolandia”.

Siempre dentro de estas primeras semanas del año, para que no se no se nos achicharren las neuronas, se nos encrespen los pelos y el ánimo por el espanto, se nos revuelvan las tripas por los manejos de los ladrones, por la hipocresía y la máscara, por los cretinos enfáticos y altisonantes, ¿queréis que hable de la entrevista que le hacen a Gregorio Morán en Jot Down –ese estupendo periódico digital– y en la que cuenta cosas de la Transición y en la que veo que subrayé que Suárez le dijo que no había leído un libro completo en su vida y que Carrillo era igual que él, que tenía una cultura mínima? “A Carrillo le gustaban las películas de Louis de Funes, con eso lo digo todo.” Si queréis, os puedo resumir uno de los libros que acabo de leer sobre la creciente multiplicación de la desigualdad, ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos? Es el título del último libro de Zygmunt Bauman que publica Paidos, y en el que cuenta cómo la clase media se degrada y pasará de “proletariado” a “precariado”.

¿O queréis que escriba sobre asuntos más modestos, digamos, locales? ¿Qué está pasando para que crezca la intransigencia, quién riega, quién alimenta la planta del desdén? ¿Por qué se suspenden tantos conciertos de jóvenes noenmalahoraysindemasiadoruido, como en los tiempos de la canción protesta de la dictadura? ¿Quién da orden de emplear el hacha? ¿Qué desequilibrado manda arrasar los chopos, esos árboles como los que crecían en torno a la cueva de Calipso, la diosa que entretenía a Ulises con su hermosa voz?, ¿Qué tarado manda acabar con el refugio de gorriones y cornejas? ¿Quién acabó con el pobre saúco que vigilaba la vía junto al puente de Los Maristas? ¿Qué podemos esperar de los funcionarios locales que llevan su Iphone para cacharrear durante toda la lectura de los versos de Pablo Fidalgo Lareo, “El amor no se acaba nunca, / lo que acaba es una forma de entender el tiempo”? ¿Qué podemos hacer contra la ignorancia y el desprecio que muestran los amos del negocio por las viejas plazas, los espacios mágicos del pasado, las plazas de cantos rodados? ¿A quién quieren engañar con ese burdo argumento del paseante inválido o los tacones de aguja de alguna concejala, con el pretexto de esa moralina idiota, cuando no atienden otros bienes primarios?

Puede, sin embargo, queridos lectores, que no pretendáis nada de eso y me vais a dejar que siga tratando de hacer literatura, aunque me exigiréis una literatura de resistente, que hable más de “poetas de la conciencia crítica”, esos herederos de la poesía social, que no sea tan ñoño y escriba en “futuro histórico”, a la manera de Javier Pérez Andújar, por lo que leo en la entrevista que le hacen en Quimera, que tiene opiniones contundentes sobre la vida, la cultura oficial catalana y la escritura; me gusta, pero yo no sabría. Ahí están junto a él, diciendo las cosas claras, los chicos de El Butano Popular; ahí está mi amigo Rubén Lardín.

Quizá, me decís, me refugio demasiado en el arte o la literatura para compensar el empobrecimiento de la vida y que eso se aprovecha mal, que no es rentable, que es pobretería. Que es rebuscar en el cubo de la basura de los sentimientos, unas migajas de sensibilidad en el fondo de los bolsillos. Con eso no se hace la revolución.

Quizá tengáis razón; eso es puro escapismo. No sé si hablo de la realidad, no sé bien de qué hablo. Pero hoy, sabedlo, ha venido en mi ayuda ella, esa realidad, vestida de casualidad. Eran las once  treinta cuando compré el libro de Barthes, Diario de duelo. Mientras el librero anotaba el precio – uno no llevaba un duro encima– metí en la página 138 un marcador; abrí el libro y leí en ella. El libro está formado por breves anotaciones que el escritor francés llevó entre el 26 de octubre de 1977, al día siguiente de la muerte de su madre, hasta el 15 de septiembre de 1979 (perdonad que lo consigne tan fidedignamente: ¡es la Realidad, estúpidos!), y allí había anotado lo siguiente:

“18 de mayo de 1978. Como el amor, el duelo sella al mundo, a lo mundano, de irrealidad, de inoportunidad. Resisto al mundo, sufro de lo que me pide, de su petición. El mundo acrece mi tristeza, mi aridez, mi trastorno, mi irritación. El mundo me deprime.”

El marcapáginas era blanco, las medidas, de seis por diecisiete centímetros, con publicidad de la editorial Gredos, y traía impresa una frase de Goethe: “El hombre sordo a la voz de la poesía es un bárbaro, sea quien sea.”

Queridos amigos, qué queréis que os diga. Dejadme que cure con la escritura las heridas de la vida, las desilusiones de los días. Dejadme con la homeopatía de la poesía. Dejadme fijar en el papel algunas briznas del tiempo que pasa. Estad tranquilos, algo de la realidad se colará, a buen seguro, entre las metáforas. Dejadme que camine con los ojos no demasiado abiertos, un poco entornados, que sea un poco egoísta, con ensoñaciones que sólo a mí me sirven. Dejadme que recorra así las calles de esta ciudad absurda, llena de bucéfalos, cafres, caciques, catetos y cofrades. Dejadme en paz.

17 Comments

  1. Vale. Escribes porque estás enfermo de escritura y hay muchas moscas fuera.
    Vale. Te aprietan las costuras de tu propia canana.
    Vale. Te gusta oír a los maestros y hacérnoslo saber.
    Vale.
    Y si quieres que te dejemos en paz, ¿para qué nos lo escribes? ¿no tienes un cuaderno sólo para tus ojos?

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  2. Dificil resulta escribir lo que uno quiere, dificil saber lo que uno quiere escribir. A veces los días se despiertan empañados de telarañas que te inmovilizan. Los periódicos hablan todos los días sin poder parar prisioneros en una rotativa feroz que no puede detenerse. Y en medio de todo, a veces encuentras un verso que te abraza y que te acompaña para intentar llegar un poco más allá. Gracias a los que no se detienen, a los que anotan en papeles rotos, a los que escriben y cantan para si mismos, a los inoportunos.
    Desde el otro lado del puerto escucho tus pasos de zapatos viejos, recobro algo de cordura y continúo esperando a la primera luz de la mañana.
    Un abrazo.

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  3. Claro, la literatura y sus metáforas, la otra parte, la falta, la carencia, el duelo, la melancolía, el origen, el destino, las heridas, el fin, a fin de cuentas. Eternamente necesario. Ya sabes la conciencia del ser. Igual sería en un mundo perfecto. Más tendría que ver con” lo Real” que con la realidad. Está bien así, no tenemos salida. Otra cosa es saber transmitir a través de la palabra como tú lo haces.

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  4. ¡Qué bien dibujabas allá en la dictadura…,! Tienen más luz los dibujos que he visto útlimamente.

    Si se admiten peticiones, escribe una tira cómica. Sólo con tu genio puede hacerse.
    Nos vendría bien reir un poco contigo.
    Pero mejor, no cambies

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  5. Como aquí no hay “estación de mediodía” ni un “reinasofía” en funciones de hospital general; todos los linotipistas, anarquistas o no (más bien creo que no), se llamaron crémer, como los poetas hasta tiempos bien recientes; y como el ayuntamiento ya tiene un buzón para las quejas, mejor sigue como hasta ahora: consolandote/nos.

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  6. Paul Bowles, en una carta dirigida a Alec France, escribió lo siguiente: “nunca he tenido la sensación de conocer lo suficiente un lugar como para poder escribir sobre él”. Si cambiamos “un lugar” por “una persona”, a P. Bowles seguramente le hubiese dado igual. Pero, entonces ¿Cómo es que escribió? Quizá la clave nos la de Tennessee Williams cuando declaró que “Paul Bowles es mucho más interesante que los lugares por los que pasa”.
    En realidad, Avelino, lo importante de todo lo que escribes eres tú mismo.

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