Entrevista figurada a Bernardo Atxaga

Bernardo Atxaga, Tomás Sánchez Santiago y Fernando Martos, en el IES Giner de los Ríos (León).

Bernardo Atxaga, Tomás Sánchez Santiago y Fernando Martos, en el IES Giner de los Ríos (León).

Por MAITE LÓPEZ LUENGO

El lunes 7 de abril, en el IES Giner de los Ríos (León), tuvo lugar un encuentro de los miembros del club de lectura de ese centro, el Club Giner, con el escritor vasco Bernardo Atxaga, autor, entre otras novelas, de Obabakoak, Memorias de una vaca, Esos cielos o El hijo del acordeonista, y que acaba de publicar una nueva obra, Días de Nevada, mezcla de autobiografía y ficción, donde relata su experiencia en la Universidad de Reno (Nevada, EEUU), entre agosto de 2007 y junio de 2008, a la vez que ofrece la condensación de su mundo narrativo.

La generosidad de Tomás Sánchez Santiago ha permitido que algunos integrantes del club de lectura Giner asistiéramos también a la charla y participáramos de la delicia de la conversación de un hombre humilde, cercano y dispuesto a responder las preguntas de los asistentes.

Esta muestra de lo que allí se escuchó va a adoptar la forma de entrevista, reflejando preguntas y respuestas y algún que otro comentario que buscaba confirmación. Comenzamos.

— ¿Por qué ha preferido firmar sus obras con un seudónimo?

— En 1972, cuando estudiaba Económicas por influencia familiar en Deusto, publiqué un artículo en la Revista de los Sacramentinos de Bilbao. En el colegio mayor donde residía solo había una máquina de escribir, propiedad de un compañero, Bernardo, que, al ser el que me la había prestado, reivindicó el derecho de que yo usara su nombre. A él añadí el segundo apellido de mi padre y ya estaba el seudónimo formado.

— He visto que usted es también el autor de la traducción de sus obras al castellano. ¿Por qué?

— No hay traductores del euskera al castellano. Hacerlo supone un gran esfuerzo, que siempre he compartido con mi mujer, Asun Garikano. La dificultad radica en el salto sintáctico que hay de una lengua otra, en el léxico y en la carga histórica que hay que trasvasar. Además es fácil caer en las frases hechas del castellano, por lo que el esfuerzo es grande.

— ¿Por qué hay tantas citas latinas en su obra?

— No hay que olvidar que el 50% del léxico del euskera procede del latín y, quizá, a eso se deba la presencia que usted señala.

— ¿Le resulta difícil cambiar de lengua?

— Al principio, sí, pero, según iba dejando atrás mi tierra, iba notando que me estaba viniendo el castellano en el tren. Como voy de camino a Madrid, donde voy a presentar mi nueva obra, el cambio es paulatino.

— En su obra se advierten dos recurrencias: la necesidad del mito y la desmitificación del paraíso.

— Es cierto. Para mí no hay narrativa sin movimiento. Entonces, ¿cómo hacerlo? ¿De dónde a dónde? Por ejemplo, en El hijo del acordeonista, hay un personaje que se llama Pancho, relacionado con Pan, por lo que su nombre vendría a significar el pequeño Pan. Y Pan siempre se encuentra cerca de los ríos, los bosques o vigilando a las ninfas. Y allí es donde, a la hora de mover al personaje, lo sitúo. Hay historias que son básicas y sobre ellas se construye. Si tomamos, por ejemplo, Antígona, se puede apreciar su reflejo en Un hombre solo, donde hay un personaje que esconde, que ayuda a un terrorista y lo mismo que en la tragedia de Sófocles, se mueve entre dos lealtades. Respecto al paraíso, pienso en los españoles que en el siglo XVI se fueron a América y que se imaginaban, aparte de El dorado, que en la Florida había un lugar lleno de ostras con sus perlas, perlas que estaban al alcance de la mano de cualquiera.

— En Siete casas en Francia, novela que trascurre en el Congo, bajo el reinado del rey Leopoldo I, y cuenta la crueldad de este monarca y la explotación, tortura, violación de sus habitantes, ¿se puede hablar del antiparaíso?

— Este es mi libro más moral, más político que otros. Hace mucho tiempo, en Madrid, donde estaba haciendo el servicio militar, vi a un grupo que cantaba Viva la gente. Pedían por una buena causa, pero la música era ridícula y siempre me quedó esa idea. En los últimos años el discurso humanista es como la música de los ascensores, por un oído entra y por otro sale, y a la gente le da igual. Me viene a la mente también el caso de Bono, el cantante de U2, que se ha entregado a causas humanitarias. Se puede decir que eso es mejor que nada, pero no deja de ser una filfa, una pieza más del engranaje americano. En el mismo acto de apoyo a África, se produjo la declaración de Bush que anunciaba la guerra de Irak. En esas estaba cuando recuperé un libro de Mark Twain difícil de encontrar, Soliloquio del rey Leopoldo, sobre el criminal más monstruoso que ha dado la historia. Hay una edición ilustrada terrorífica. La primera versión que hice de la novela sonaba a discurso humanista. La segunda, la escribí como si fuera el ¡Hola! al describir la violación. Lo que realmente interesa es el contenido tácito, que el lector se pare y piense: ¿pero qué está diciendo? Y que, cuando vaya a Bruselas, sienta repugnancia hacia Leopoldo del que pueden verse esculturas, plazas, avenidas…

Es la idea de la banalidad del mal, del poder del dinero, del que proporciona el caucho…

— En Obabakoak habla de Villamediana, que, por lo visto, es un pueblo palentino. ¿Por qué se le ocurrió situar la acción en ese pueblo?

— Se trataba de colocarme en una situación de extrañeza, en un ambiente totalmente desconocido. Llegué al pueblo en noviembre, llovía. Allí, pasados los primeros días, entablé conocimiento con sus gentes, que me contaron alguna historia peculiar, como la existencia de una escultura ecuestre de Trajano, de cuya búsqueda se estaba ocupando la Diputación. Aprendí, además, palabras que iba anotando en un cuaderno, por ejemplo, cuando me estaban enseñando distintos lugares del pueblo, decían: Velaí. Se comprendía, pero no dejaba de llamarme la atención.

— Es importante la manera de mirar que tienen los personajes.

— Claro, en Villamediana, un anciano, señalando un camino, me decía: Tú ves ahí un camino, yo veo todo lo que ha ocurrido en él, a quienes lo han recorrido. Así en Faulkner es la historia la que define el lugar: Aquí se cayó el caballo del coronel…. El condado de Yoknapatawpha, de Faulkner, es la unión de paisaje y vivencia.

— En su obra es muy frecuente la presencia de animales. ¿Por qué?

— Es el sustrato de los cuentos tradicionales, al principio, te das cuenta de que se trata de animales, pero después ya uno no lo percibe. Cuando vi en París la obra teatral de Alfred Jarry, Ubu rey, los personajes eran piezas de mecano, que es lo que quiso originalmente el autor. Ya la había visto en Bilbao, pero con actores. Al principio ves el mecano, pero poco después hay una trasposición y el mecano es Ubu, es un salto que se hace siempre. Lo mismo ocurre con las películas en las que ves a un mismo actor, habiendo distintos personajes. En Memorias de una vaca es una vaca la que cuenta la historia, pero pronto lo asimilas y después se olvida.

— Su novela Dos hermanos está llena de elementos fantásticos.

— Sí, aunque, por ejemplo, el último discurso, el del mapache, primero lo escribí con un tono humorístico, pero después lo cambié por un discurso realista. El lector de la editorial Alfaguara me dijo que le parecía, respecto a lo anterior, demasiado salto, por lo que decidí cambiarlo.

— La estructura de la novela, a diferencia del cuento, ¿impone, en su caso, un tratamiento más realista, abandonando un tanto la fantasía?

— Es una pregunta la suya que me da que pensar. El pasar de uno a otra es un cambio tremendo en cuanto a extensión y, para hacer el salto, es fundamental el personaje. El lector tiene que seguirlo como seguiría a una persona viva. La literatura fantástica es más de hechos y, a cierta edad, ya no puedo soportar una novela fantástica. El cambio de formato, en mi caso supone un cambio de subgénero. La realidad es mucho más interesante. Me he formado en la literatura fantástica, con autores como Hoffmann, con sus cuentos, pero el verdadero misterio es la complejidad de lo real, lo difícil que es entender la realidad. Y casi nunca es igual a la apariencia. Paul Valery decía que el paisaje más complejo es el del alma humana.

Es la literatura comercial la que mueve clichés, sin razón de ser más que la propia peripecia del personaje, destinada al lector adolescente. Sin embargo, en Obabakok, la fantasía tiene un sentido humano, cuenta otra experiencia desde otro punto de vista. Es necesario mantener esa fantasía.

En este momento, Axtaga pasa el testigo a su compañero de viaje, el también escritor, narrador oral, especialista en Literatura Infantil y Juvenil y coordinador de las actividades de animación a la lectura de las Bibliotecas de Zamora, Fernando Martos.

(1)  En primera persona (poema de Fernando Martos)

Fallé mi primer penalti a los nueve años.
Escalé un tobogán, con miedo, a los tres.
Reí con casi todo, menos con los payasos, que me asustan.
Nadé de espaldas cuando me enamoré.
Anduve a gatas hasta que me enteré de que no era un gato.
Nací en verano, bajo los higos del patio, el grillo también.
Dibujé en la orilla del río un río y comí pámpanos.
Olvidé cuándo empecé a escribir. Es lo de menos.

Atxaga. — Dino Buzzati, en El bosque viejo, hace que el viento sea un ser vivo que ha estado encerrado. La naturaleza participa de la interpretación del mundo, un mundo mistérico que emparenta con ella. Es el lugar de donde venimos. A través de nuestro pasado nos reconocemos vivos. De los cuentos que he escrito hoy renunciaría a Hans Menscher, protagonizado por un pintor que aparece asesinado; me siento lejos de él.

— La fantasía es importante, yo disfruté con la historia de Mo, la protagonista y narradora de Historias de una vaca, pero, sobre todo, con El hijo del acordeonista, que sirve para acercar el País Vasco, desconocido para mí, para nosotros. Es una obra que tardó en escribir 7 años.

— La historia se nos vino encima. Hay una distancia de solo tres horas de tren, pero la distancia es mayor. Por mi carácter, afición y vocación, nada más lejos que escribir sobre una situación política, pero llegó un punto en que tuve que hacerlo. Y lo intenté desde el interior de ese mundo. Hay escritores que son turistas de los temas, sin experiencia en ellos. Yo no podría, conozco la historia desde dentro. Después de escribirlo, me sentí liberado, aunque vaya follón que se montó. Cuando uno entra en el presente, siempre tiene problemas y eso me ocurrió tras la publicación de Esos cielos, El hombre solo y El hijo del acordeonista. Esta última fue criticada en el País Vasco, por colocarla en la tradición y, en el resto de España, por considerarla un apoyo al mundo del terrorismo. De ella se hizo una obra de teatro, que, como ya había pasado cierto tiempo, fue mejor tolerada. Ya no es un asunto caliente, está ya superada la situación.

— ¿Qué opinión tiene sobre la versión cinematográfica de Obabakoak?

— Fue la materialización de algo que estaba en una nube. La primera historia, la del hijo del ingeniero, me parece que está bien, que el protagonista tiene fuerza. La de la maestra, en cambio, pierde mucho. Es turbia, cruel en la novela, mientras el chico es un salvaje, desde los 7 años en el monte, acostumbrado a fumar, a beber, a decir tacos. Montxo Armendáriz, el director de la película, justificó la caracterización del personaje del niño como alguien repulido y modelo, diciendo que en el País Vasco ya no hay ese tipo de chicos y que su destino sería la cárcel si hubiera reflejado ese tipo de amores y de menores que aparecen en el cuento.

— ¿Cómo se ve como poeta?

— Estoy enamorado de la poesía, soy devoto lector, me gustaría hacer buenos poemas, pero escribo poco, muchos no los acepto, los destruyo. En Siete casas en Francia hay diferentes poemas, pero se trata de retórica pura. Cada vez estoy más convencido de que, si la mirada infantil pervive en nosotros, conduce a la poesía. Se lo escuché decir a Michael Ende en un texto, esa mirada es determinante. Hay cantidad de pegaversos, pero no quiero que sea mi caso. José Miguel Ullán escribió sobre un poeta demasiado prolífico:

¡Ostras!, dijo el cartero,
otro libro de Santervás
y aún estamos a tres de enero.

— El poema que abre El hijo del acordeonista sí es un ejemplo de buen poema.

— El niño no sabe aprovechar el fogonazo, pero lo tiene.

Muerte y vida de las palabras

Así mueren
las palabras antiguas:
como copos de nieve
que tras dudar en el aire
caen al suelo
sin un lamento.
Debería decir: callando.

¿Dónde están ahora las cien
maneras de decir mariposa?
En la costa de Biarritz recogió
Nabokob uno de aquellos
nombres: miresicoletea.
Mira, está ahora bajo la arena,
como la astilla de una concha.

Y los labios que se movieron
y dijeron justamente
miresicoletea
los de aquellos niños
que fueron los padres
de nuestros padres,
aquellos labios duermen.

Dices: un día de lluvia
mientras caminaba
por una calzada de Grecia,
vi que los guías de un templo
llevaban chubasqueros amarillos
con un gran dibujo de Mickey Mouse.
También los viejos dioses duermen.

Las nuevas palabras, añades
están hechas con materiales vulgares.
Y hablas de plástico, del poliuretano,
del caucho sintético, y afirmas
que acabarán todas muy pronto
en el contenedor de la basura.
Parece un poco triste.

Pero mira a las niñas
que chillan y juegan
frente a la puerta de la casa,
escucha atentamente lo que dicen:
El caballo se fue a Garatare.
¿Qué es Garatare?, les pregunto.
Una palabra nueva, responden.

Ya ves, las palabras no siempre surgen
en solitarias áreas industriales;
no son necesariamente producto
de las oficinas de propaganda.
Surgen a veces entre risas,
y parecen vilanos en el aire.
Mira cómo marchan hacia el cielo
cómo está nevando hacia arriba.

— ¿Cómo lleva eso de ser un personaje, aunque breve, de la novela de Vila Matas, Doctor Pasavento?

— Cuando se hace con cariño y amistad, está bien. Realmente todo lo que vive Vila Matas es materia de literatura. En una época viajamos mucho juntos y recuerdo que un día en Atenas cogimos un taxi. Allí hay la costumbre de que, si queda un asiento libre, puede ocuparlo otro pasajero. Entonces, Vila Matas empezó a decir: ¿Tú crees que es un verdadero taxista? ¿Y si se trata de un secuestro? Yo pensé: ¡vaya, ya está escribiendo! En otros casos, no me gusta la opinión gratuita que aparece sobre personas que conozco, por ejemplo, en los Dietarios de escritores cuyo nombre prefiere no citar. En el caso de amigos como Vila Matas o García de Pisón, me parece bien. Otro amigo, Pedro Zarraluki, contó un viaje que hicimos a Capri, en el que yo vi una boda como de película y, aunque no suele ser habitual que dejen entrar a ella a gente extraña, la seguí. Empezaron a buscarme y, al no encontrarme por ninguna parte, se pusieron como locos, incluso alguno llegó a pensar que podía haberme caído por el acantilado. Cuando me encontraron, estaba abajo tomándome un café.

— Yoseba, ¿por qué no nos cuentas una historia?

— No soy bueno contando cuentos, prefiero escribirlo, pero, tal vez, Fernando se anime.

Y Fernando se animó y este fue su cuento:

Después del club de lectura, apareció un pequeño texto que volaba y se iba posando en otros libros para recordar que aquellos que escribían contra la barbarie nos harían más inteligentes. Después de haberlos leído, nos dimos cuenta de que el origen de todo era el papel, desaparecido tal vez en manos de alguien avispado que se había quedado con él para luego subastarlo y obtener un buen dinero. En las manos, los libros comunican con el infinito.

Era hora de terminar la charla. Unos cálidos aplausos pusieron fin a la velada. Gracias, Yoseba.

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