Los Bohemios

elplon

Imagen tomada de elplon.wordpress.com

Por BRUNO MARCOS
Desde astorgaredaccion.com

Al final de su vida, que fue muy larga, al cruzar por la calle del alcalde Miguel Castaño veía muchas veces yo a Victoriano Crémer tras el cristal del bar Río. Quedaba allí asomado un poquito con sus manitas de ave sobre el mármol como si el café ese viejo, en medio del tráfico mañanero, fuera el rompeolas del mundo. Debía vivir en el último piso del portal contiguo y arriba tener una azotea acondicionada o una suerte de altillo donde se encaramaba a escribir y que él llamaba “el palomar del sordo”, que sonaba algo goyesco, como la quinta del otro sordo aquel. Tinofc me contó que una vez fue a llevar un paquete a ese piso y oyó repiquetear la vieja máquina en las alturas del gran obrero de las letras.

Al verle me parecía mirar a la historia en cuerpo y alma, todo un siglo ajetreado, trágico y fascinante que él vivió desde nuestra ciudad sobre la que habrían de repercutir las cosas del mundo como en todos los lugares del mundo. Y él aporreando las teclas de las máquinas de escribir y agotando la tinta de sucesivas estilográficas como un hombre menudo que resistía a las guerras y a los días y a las muertes de todos los que conocía. Charlando de esto mismo me decía Mario Paz que antes de que naciéramos nosotros, él ya era un señor de sesenta y pico años. Y a uno, investigue lo que investigue en esta urbe, le sale él ya en plenitud de facultades, por ejemplo en la guerra ya tenía treinta años.

Habla Victoriano Crémer hasta de la bohemia de los primeros años del siglo XX, que era como la de finales del XIX, es decir la bohemia clásica, y de algunos leoneses que pertenecieron a tan malhadada banda de desdichados, y que él conoció, hundidos hoy en las nieblas más espesas del olvido. Pero consigue ponerlos tiesos de entre las sombras por unos instantes con la magia de la literatura, no la de ellos sino la de él, la de Victoriano.

Nombra a un tal Vergara y casi nada dice de su obra, nos alerta de que no busquemos obra de él y nos deja un apunte magistral de la miseria en los años treinta.

“Vivía –escribe de ese hombre— en un tabuco abuhardillado de la calle de Santa Ana, cuando esta conservaba aún el color local, el sabor histórico y la música literaria de cuando la Pícara Justina dio en ella desde su Mansilla de las Mulas original, y descubría aquellas mujercitas relamidas que como palomas en saetera se proponían a las urgencias carnales de las gentes malsanas de la carromatería rodante, que en los figones del lugar tenían obligada parada y fonda…

Vivía Vergara en una sórdida habitación, con un solo cajón como mesa y un desvencijado camastro de hierros herrumbrosos, desguarnecido de toda cobertura, como lugar propicio para soñar en las noches tremendas del invierno leonés…

Había sido albañil durante muchos años, que allá andaba cuando dimos en conocerle y tratarle, por los treinta, y, de pronto, sin saber por dónde le había venido la ventolera, abandonó la paleta y la plomada por la pluma y las cuartillas… ¡Pobre Vergara! Andaba desaliñado y hambriento y nadie se explicaba cómo podía sostenerse en pie sin comer y sin dormir, pues que el trato y trato humilde con las Musas, ayer más que hoy, fue siempre poco sustancioso y nada ayudador para vivir en paz y en gracia…

Había escrito una novelita, editada, Dios sabe a costa de cuántos sacrificios, de cuántas privaciones y miserias, de un tono exaltadamente romántico, en un estilo confuso y vulgar.

Nadie le hacía caso. Y él se moría,  triste y solo…

Un  día nos llamó a su abrumador retiro. Se  encontraba muy enfermo. Tirado sobre los hierros del camastro, tosía terriblemente. Hubo que internarle de favor, de beneficencia –no sin grandes esfuerzos para conseguirlo, que ni entonces ni ahora los beneficios de la sanidad estaban previstos para poetas y demás gentes de mal vivir–  en el ‘hospitalón’ de San Antonio Abad, en los Altos de la Nevera. Y en una noche de espantos se dejó morir, cansado de esperar la difícil caricia de la gloria o siquiera de la esperanza. Murió como un perro sin amo.

Cuando fuimos a visitarle nos entregaron un montón de papeles escritos, con muchas faltas de ortografía y con mucha tristeza entre sus torcidos renglones. Pocos le conocieron en León. Pero fue el primero y el último verdadero bohemio puro. Si buscáis en los anales de la ciudad no daréis con su nombre ni con su huella. Las páginas de la crónica general están desde siempre reservadas para los triunfadores.”

Mario Arnold en una ilustración de Ernesto Rodera.

Mario Arnold en una ilustración de Ernesto Rodera.

Otro fue Mario Arnold, hijo de suicida que anduvo por el ‘mundo alante’ incluso allende los mares y está algo más historiografiado. Crémer apenas lo cita pero hablaron de él más gentes. Son letras suyas: “Somos sombras. Vagamos por la noche, como fantasmas, mendigando suspiros de luna y cantares, un capítulo de esa novela triste que nadie quiere escribir, una frase de ese discurso amargo que nadie quiere pronunciar”.

Tuvo vida de bohemio capitalino de los madriles aunque se dolía de la dureza de la aventura: “Muchos artistas llegamos a Madrid atraídos por el letrero luminoso de su fama literaria, y dejan, bajo ese cielo, jirones de juventud, pedazos de alma, lágrimas de sangre”.

Dice Pérez Herrero que el gran mérito de Mario fue saber describir como nadie la bohemia: “Se lanzó al palenque de las letras al lado de los estrafalarios poetas de chalina negra y requemada cachimba (…) Así era Mario Arnold, un visionario, el poeta del dolor, sin abrigo y sin hogar. Nadie como él supo arrancar los secretos del dolor por ser todo él, el mismo dolor.

Él supo cantar los embrujos del frío de la noche, por ser un errante obligado de la misma; y nadie como él ha cantado las noches malas del hambre por no haber tenido ese rebojo de pan que llevarse a la boca en estas noches oscuras, amargas y dolientes. De esta forma, ya podemos imaginarnos cómo pudo escribir este poeta, mejor que nadie, el poema mejor del infortunio”.

Bohemia

“Bohemia”, de Rafael Cansinos Assens.

Sale en tres o cuatro páginas de la deliciosa La novela de un literato de Rafael Cansinos Assens que lo pone para hablar de Armando Buscarini, para acentuar el esperpento de este poeta que se veía incomprendido y fracasado a los dieciséis años y que estaba escribiendo sus memorias. Mario Arnold iba dentro de la corte de parásitos de un ser extraño, deforme, ególatra, un niño poeta y mendigo, Armando Buscarini, como admirador y escudero de él. Cabe aquí añadir la joya literaria que Cansinos hace al retratar a Buscarini: “En los corrillos de la Puerta del Sol ha aparecido una nueva figurilla, pues se trata de un adolescente, casi un niño, más aniñado aun por su diminuta estatura, pero con unos ojos negros, llenos de malicia, y unos labios carnosos y sensuales, fruncidos en una sonrisa hipócrita y taimada de hombre corrido y zarandeado por la vida. Se llama Armando Buscarini. ¿De dónde ha venido este pobre muchacho, extraña mezcla de candor angélico y de astucia diablesca, cuyo rostro moreno, con sus ojos negros, grandes, estrábicos y alucinados, y sus orejas, semejantes a alas de murciélago, muestra signos evidentes de anormalidad y hasta de delincuencia? (…) El rasgo dominante de Buscarini es la egolatría. Pese a ese gesto de humildad a que le obliga su miseria de pedigüeño, él se cree superior incluso a sus maestros. Su egolatría es ingenua y cómica. Se queja ya a los dieciséis años de no ser comprendido y se expresa con la amargura de un viejo fracasado, hablando mal de todo el mundo. –El mundo es malo –dice–. No sabe comprender al poeta… Lo deja morir de hambre… Yo voy a escribir mis memorias y luego me suicidaré…”

Y Mario Arnold, nuestro leonés bohemio, iba a la vera de este vate disparatado de café en café a ver si algo de lo bello o de lo sublime que soñaban brotaba porque sí. Cansinos lo describe también: “Joven delgado, erguido, con pretensiones de dandy, que se llama o se hace llamar con el romántico nombre de Mario Arnold y rima versos almibarados, madrigales de letra de tango a las jovencitas de ojos azules y melenitas de oro que perdieron su pureza en una noche loca de cabaret…”

Sin embargo Mario Arnold luchaba por salir de la trampa de la golfemia a la que se veía precipitado y arrastrado con Buscarini y de la encerrona que supone para todos los jóvenes habidos y por haber el saberse un día artistas y poetas. Recoge Cansinos las palabras de Mario a Buscarini: “Mira, Armando, tú te arrastras por el suelo como un reptil pero el poeta debe volar como los cóndores. (…) Tú estás perdiendo tu juventud en esta charca pútrida de Madrid… Te has acostumbrado al sablazo de dos pesetas… y eso es indigno y denigrante…”

  1. El mal reproducido dibujo de Mario Arnold, con su cabalgata de fantoches detrás, es mío.

  2. Está bien decirlo, Ernesto, lo solventamos enseguida, por lo menos aquí. Y si nos quieres hacer llegar una versión mejor, pues estupendo.

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