El cerezo abatido por una súbita tormenta

© Fotografía: Memoria Química.
© Fotografía: Memoria Química.

Yasunari Kawabata, escritor japonés y premio Nobel de literatura en 1968, se suicidó el 16 de abril de 1972 en Zushi, cerca de Yokoshuka, inhalando gas, tras una vida de continuas pérdidas de seres queridos que comenzó a la temprana edad de dos años. En su última hora, convoca e invoca a los fantasmas más amados para culminar en paz su vida. Y la estancia se llena de gas y espectros.                          

Por JOSÉ PAJARES IGLESIAS

La sombra de Kiyono, o su espectro, se eleva en la estancia entre los vapores del gas. El fantasma adolescente esboza una sonrisa que Yasunari no es capaz de leer con claridad. Demoníaca o acogedora. Placentera o mortecina. O todas ellas a un tiempo. La nube monóxida se expande por la habitación, pero el viejo escritor sólo recibe el perfume de su querido compañero de cuarto en el internado del Liceo de Ibagari. Aquel púber de facciones perfectas, a quien siempre anunciaba una dama invisible de peonías, violetas, durazno, jacintos, lirios y jazmín. Yasunari deja entrar otra bocanada de recuerdos llegados directamente de 1916 respirando con la profundidad de quien ha abandonado todo miedo y llama presuroso a la muerte. Recuerda el cuarto donde observaba dormir a su querido Kiyono bajo sábanas de lino. Cómo adivinaba el lugar exacto de aquel sexo que jamás osó ver ni acariciar bajo la ropa almidonada y perfumada. Cómo secuenciaba su aliento al del compañero imaginando que también los corazones comenzaban a latir unísonos. Cómo le susurraba aquellos versos tan hermosos de la poetisa medieval Tameko: “Cómo querría ir hacia su corazón / y seducirlo en el sueño / y así, por fin / hacer que mi amado cambie….”, gozando del intenso placer de no saber si era escuchado.

Acuden también prestos ahora otros espíritus a la invocación última del escritor. Su padre Eikichi, muerto cuando Yasunari tan sólo contaba dos años. Su madre, que le siguió un año después. Su única hermana, fallecida cuatro años más tarde. Su abuelo, al poco tiempo… siente que ha estado viviendo abandonado por los muertos mucho más tiempo del que lo hizo acompañado por ellos cuando aún estaban vivos a su lado. Que ya es hora de ir al encuentro de esas fragancias, del calor que aquí se le sustrae.

Es Hatsuyo ahora su nueva bocanada de aprendiz de cadáver. Aquella grácil muchacha de catorce años danzando ante él. Aquella sirvienta sin pudor. Aquellas frescas axilas girando desnudas e inundando el café que él frecuentaba con sus cómplices de la vanguardia de entreguerras. Perfume de vida desinhibida que grita sin despegar los labios, esbozando la sonrisa cómplice y traviesa de quien no ha aprendido aún a sufrir ni a hacer sufrir.

Aunque ha cerrado cada puerta y cada ventana, cree recibir en sus últimos alientos el delicado perfume de un cerezo en flor. Es el fantasma de Mishima, su discípulo y amigo, que le visita precedido de ese aroma. “un día de pleno florecimiento, al día siguiente abatido por la tormenta” reza el viejo dicho bushido del código guerrero samurái que adopta esa flor como emblema. Mishima acude armado con su tantō, la daga ritual con la que se da muerte cada noche en los malos sueños de su mentor. Levanta su copa de sake y compone su poema de despedida sobre el dorso del abanico de guerra. Tras eso, procede a envolver la afilada hoja en un papel de arroz para evitar el deshonor de morir con las manos manchadas de sangre, guarda las mangas de su kimono bajo las rodillas para no caer al suelo de forma indecorosa y procede a auto infligirse el desentrañamiento de honor del seppuku.

Yasunari Kawabata compone su propio poema de despedida, que es en realidad una oda de bienvenida para todos aquellos que le dejaron antes, abandonado a una vida que tuvo que novelar una vez tras otra para darle visos de realidad. Desaparece la oxihemoglobina poco a poco, la coloración de su piel se torna rosada, casi de rojo cereza, la hipoxia lo invade todo y las extremidades se abandonan voluntarias y rendidas. Es su abuelo ciego quien le toma de la mano, y le comienza a contar una de aquellas historias que acompañaban sus tardes, ahora tan cercanas otra vez. La danza de Hatsuyo vuelve para traer una bocanada de aire fresco a la plomiza estancia. El vuelo del vestido parece ahuyentar por un momento el veneno mortal, pero no. Ya es tarde. Es gozosamente tarde. Kiyono, su amigo y compañero de estudios, el de perfecta femineidad, acude de nuevo con el manojo de cartas perfumadas de violetas, lirios y jazmín que intercambiaron tantos años después de los estudios. Nunca el Servicio Postal transportó un amor tan delicado, tan prohibido y tan mágico entre dos personas. Sonríe Yasunari al ver al fiel camarada, al amado célibe, y decide que un día de tanta celebración, de tantos placeres al fin paladeados, ha de acabar con ese último rostro hermoso como la imagen definitiva de una vida. Así, emprende un último y efímero aliento. No de gas. Al menos, no lo parece ya. Afuera, una súbita tormenta ha empezado a abatir los cerezos en flor.

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