Belén Gopegui: “En la ciencia y la literatura el ‘copyright’ no debería tener sentido”

Belén Gopegui.

Belén Gopegui.

Adelantamos la entrevista con la escritora Belén Gopegui que se publicará próximamente en un nuevo número de la revista Átopos (Salud mental, comunidad y cultura) que dirige el psiquiatra Manuel Desviat.

Por MANUEL DESVIAT y MARÍA JOSÉ GIL BONMATÍ

Átopos es una revista de salud mental, sabedora de las repercusiones de lo social y cultural en los problemas de salud de la población. Estamos preparando un número monográfico sobre la crisis económica, la privatización de los servicios públicos, la sanidad, la educación, las pensiones, la cultura y su repercusión en la salud mental de la población; tanto en tus novelas como en tus artículos y entrevistas late un claro compromiso social, una posición crítica frente a los valores y los poderes de la sociedad actual. Nos gustaría que nos hablaras de cómo ves la situación actual y cuál puede ser el papel de la literatura y el arte.

ÁTOPOS— Walter Benjamin en su ensayo La obra de arte en la época de su reproductividad técnica considera la democratización del arte como una herramienta emancipatoria; ¿tiene alguna posibilidad hoy día el escritor de intervenir en el debate social con su obra?

BELÉN GOPEGUI— Parto de la idea de que el conocimiento no está separado de la acción, como no están separados los medios de fines pero tampoco, y se dice menos, los fines de los medios, si aquello que buscamos está mal, los medios también se verán afectados; el arte trata de ambas cosas, de lo que buscamos y de los medios con que lo buscamos. Intervenir en un debate tiene sentido entonces si ese debate no termina en sí mismo, si no se trata, según la expresión, de hablar por hablar. Las posibilidades de esto último, de hablar por hablar, nunca han sido tantas. La probabilidad de que hoy ese hablar, en este caso hablar del arte, tenga consecuencias, de que, tomando los términos de la pregunta, emancipe, es muy pequeña, tal vez la de un minuto entre las veinticuatro horas del día, o la de una tarde dentro de un año. Es poco, casi nada, pero esos minutos y esas tardes hacen también la vida y las resoluciones.

—¿Puede haber una literatura como arma cargada de futuro?

—Sin organización, tal como hoy sucede, puede haber obras aisladas que luchan. Para que hubiera una literatura en su conjunto, sería necesario articular unas obras con otras, pues se parte de una posición más débil y sólo desde la unión, el riesgo y la estrategia podríamos cambiar el signo si no de la historia, de las historias. En algunos foros he reclamado esto, sin embargo es difícil pues de un lado están el cansancio, y el peso de la corriente que nos prefiere islas sin archipiélago. Y de otro lado, tantos prejuicios sobre la supuesta esencia autónoma del artista quien, si acepta verse influido o influida por su tiempo, sus circunstancias, sus límites, por presiones económicas, etcétera, rechaza en cambio cualquier acuerdo que no trate la ficción como una emanación del alma sino como una construcción deliberada de pensamiento y sentimiento unidos.

—Las tensiones sociales, la rabia y el descontento ante la humillación y la opresión, ese arder sin llama de la multitud dormida del que tú hablas en una entrevista, puede precipitar en un estallido revolucionario… ¿o son necesarias revueltas internas en los partidos de izquierdas, hoy entregados a los mercados, como las de Luciano y Julia en Acceso no autorizado?

—Los estallidos cuentan, pero no bastan. Hemos visto una y otra vez cómo los estallidos que carecen de una organización fuerte acaban siendo instrumentalizados por aquellos grupos y poderes que sí la poseen, y que en estos momentos son casi siempre los mismos grupos que generan rabia y descontento, humillación y opresión. Por eso me importan las revueltas internas en los partidos ya existentes, y también la organización de los movimientos que puedan surgir. Volvemos a la pregunta anterior, las células aisladas, sea en novelas, sea en grupos políticos, no son nada, es preciso articularlas para que formen órganos y cuerpos. El capitalismo posee un modo de articulación sencillo, brutal, destructor, y el socialismo en cambio ha de acudir a organizaciones complejas, más cansadas, más difíciles, pero más propensas a albergar la vida.

—Miguel Angel Villena, en la revista tintalibre, escribe que está surgiendo al compás de la crisis una rebelión en la literatura española frente a la burbuja feliz de la transición.

—No lo veo así, precisamente porque esa leve rebelión al ser individualista, cada autor con su libro –y ese libro desligado de otros así como de movimientos políticos, etcétera– termina pareciéndose a una moda que además, la mayoría de las veces, en vez de movilizar desarma, como sucede el pesimismo de la voluntad tan propio de las últimas novelas de la crisis. Es significativo que en muchas de ellas se vincule la injusticia a una hipotética naturaleza humana y no de las condiciones en que vivimos. Uno cambia de cielo pero no de corazón, decía el poeta y la mayoría de las novelas escritas al hilo de la crisis se complacen en esa idea: cambian las circunstancias pero no la mezquindad de los hombres y las mujeres. No es mi punto de vista. Tampoco defiendo el otro extremo, una supuesta naturaleza humana angelical que afloraría en un mundo más justo. La sociedad, estimo en cambio, se puede organizar de tal modo que las mejores facultades puedan desarrollarse y las peores no tengan demasiado espacio para crecer.

—Con el asalto final al llamado ‘Estado del bienestar’ se ha roto el equilibrio entre capital y aseguramiento universal en sanidad, educación, pensiones… que posibilitaba un consenso democrático y social: ¿la dictadura de los mercados deja algún espacio para un arte libre, critico, comprometido socialmente?

—Deja el espacio de la necesidad, que es un espacio amplio y potente. Desde la necesidad deberíamos escribir mejor, es decir, con más libertad, más sentido crítico, más compromiso con un proyecto social emancipador. Es conocido el discurso de David Foster Wallace en la ceremonia de graduación del Kenyon College en 2005. Allí dijo: “El tipo de libertad que es realmente importante implica atención y responsabilidad y disciplina y esfuerzo y ser capaz, sinceramente, de preocuparse por las otras personas y de sacrificarse por ellas, una y otra vez, en las más insignificantemente minúsculas y poco sexys maneras, todos los días. Esa es la verdadera libertad. Eso es haber aprendido cómo pensar. La alternativa es la inconsciencia, la falla de origen, la competitividad a empujones –la persistente sensación constante de haber tenido y perdido algo infinito”. Coincido con él pero vuelvo a señalar que cuestiones como la atención, responsabilidad, esfuerzo, etcétera, no tendrían que ser algo excepcional ni heroico, dejarse llevar podría no ser lo oscuro sino lo claro, vivir en un mundo donde la corriente fluyese hacia el respeto y la preocupación y no hacia el menosprecio y el allá te las compongas.

—Instalados en la utopía de una sociedad donde no exista la propiedad privada de los medios de producción, ¿cuál sería el papel del novelista?

—Las contradicciones no terminan nunca. En esa sociedad las contradicciones serían menos punzantes, pero cuanto menos dependería de qué cantidad de países hubieran llegado a ella: si es sólo uno o si son unos pocos, la presión capitalista seguiría dificultando mucho cualquier proceso. No obstante, imaginemos que sí, que son todos los países: incluso entonces habría contradicciones pues el socialismo es un proceso, al socialismo se llega tras una lucha. Y en el proceso de llegar no todo funciona, los bienes son escasos, las clases se rearman, se vuelven a crear, etcétera. En esa sociedad la institución literaria cambiaría, surgirían nuevos géneros y el papel de las novelas, si siguieran existiendo, podría ser darnos herramientas para vivir en la contradicción y al mismo tiempo, como ahora, entregarnos historias acabadas, completas, que calmen la incertidumbre de nuestras vidas siempre inacabadas.

—¿Cuál sería la relación entre poder y creación?

—Suelo decir que poder es un verbo, si hablamos de poder explotar, de poder extraer plusvalía, de poder infundir temor, la creación que no quiera colaborar se situará en frente. Pero si hablamos de poder para organizar una sociedad sin explotación, ¿por qué habrían de enfrentarse las narraciones, las creaciones, a ese poder en vez contribuir, con sus escasos medios, a desarrollarlo?

—¿Cómo ves la relación entre la alienación social –en el trabajo, en la familia, en el ocio– y los problemas de salud mental?

—Es un tema que ha importado desde hace tiempo. Por lo que sé hay pocos estudios sobre lo que podríamos llamar “psicopatologías del capitalismo”. Y sin embargo, tantas veces he pensado que el grito, la desesperación, la depresión que se vuelve contra nosotras mismas o contra quienes están cerca, podría volverse contra lo que nos tensa y nos derriba. “Rayo de metal crispado, fulgentemente caído, picotea mi costado y hace en él un triste nido”. Miguel Hernández se refería al amor pero ese rayo de metal crispado es también la alienación que nombras, y se trataría de devolverlo, de dirigir su cólera contra el lugar de donde procede. En los trabajos de Guillermo Rendueles he encontrado algunas referencias a estas cuestiones, a él le oí una vez formular la idea de que la terapia –o, pongamos, una de las terapias– es la historia, no en el sentido de relato sino de intervención para modificar las condiciones de vida en común.

—¿Está la respuesta hoy en los indignados, en su interrogante radical sobre nuestras formas de vida y nuestra organización social, o en la lucha por rescatar el supuesto ‘Estado del bienestar’ (que por cierto, en España, nunca llego a ser del todo)?

—Coincido con esa precisión, el ‘Estado del bienestar’ no llegó a ser del todo; antes de la llamada crisis los niveles de paro, explotación y desigualdad eran muy altos, sin contar con la explotación fuera de nuestras fronteras. Me gustaría también, aunque haya un sector de personas que de por concluido el debate antes de empezarlo, aludir al género de la expresión. En estos días expresiones como “los indignados”, o “los ciudadanos”, me parecen mejorables. Me cuesta ver a las indignadas entre los indignados, y aún recuerdo la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana de Olympe de Gouges, escrita en el siglo XVIII, pero seguimos confiándonos a un genérico que se ha revelado insuficiente no tanto por lo que no dice, sino por lo que subraya aun sin querer. En cuanto a la posible salida, no parece que se trate de rescatar un ‘Estado del bienestar’ construido sobre la explotación de otros Estados, patriarcal, y clasista. Menos aún en un tiempo donde los límites del planeta nos recuerdan que cuando los derechos no son universalizables se convierten en privilegios. Tampoco queremos un Estado donde el trabajo de la reproducción siga estando oculto. La interrogación radical a que aludís es imprescindible, como también, a mi modo de ver, lo es la necesidad de cambiar la propiedad de los medios de producción, pues mientras la ley la siga marcando la tasa de ganancia del capital no habrá manera de construir un sistema capaz de poner la producción al servicio de las necesidades de todas las personas..

—Centrándonos en aspectos concretos de tu actividad: ¿Qué piensas del “copyright” y de la propiedad intelectual en estos tiempos?

—El inmunólogo cubano Agustín Lage escribió: “La ciencia es una tarea social: la hacen las colectividades humanas a través de determinados individuos, no a la inversa (como algunos aún la describen, por cierto)”. Lo que vale para la ciencia vale también, en mi opinión, para la literatura. En ambos casos el copyright no debería tener sentido. Luchamos para que esto sea así, para que lo que se hace en común se disfrute en común. Entre tanto seguimos viviendo según las reglas de esta sociedad y creo que los autores y autoras al menos sí podemos impedir que se nos utilice como pretexto para imponer una red llena de candados y verjas de alambre.

—¿Qué posibilidad tiene hoy un escritor de vivir de su trabajo?

—Depende, claro, de a qué llamemos vivir. Las posibilidades de obtener una renta básica de las rentas de los libros son muy escasas para el noventa y ocho por ciento de quienes publican, mientras que otras pocas personas obtienen rentas desmesuradas, como ocurre en muchos otros sectores. Las posibilidades de vivir de un conjunto de actividades relacionadas con la escritura son también escasas pero algo mayores aunque disminuyen cada día que pasa. Puede que esto no sea malo. Es posible que el aislamiento que introducen en una vida determinadas profesiones hasta hace poco bastante privilegiadas, pongamos escritor o profesora de universidad, no sirva, tal como se pensaba, para crear un espacio en donde la razón y la imaginación se desarrollen con mayor libertad y al margen de la presión del mercado, sino que construyan su propia cárcel con los barrotes de la necesidad de mantener el statu quo.

—¿Qué te parecen los blogs sobre literatura? ¿Y las redes sociales en general, facebook, twitter, ¿pueden servir o animar en la lucha social?

—Parte de la red creo que ha cumplido un papel importante de deslegitimación de las instituciones, incluida la institución literaria. Ha preguntado el por qué de la autoridad y ha ido rebatiendo cada uno de los falsos argumentos hasta dejar a la vista el único real, la violencia, el capital acumulado a través de la violencia. Al mismo tiempo, claro está, una parte mucho mayor no es más que otro altavoz de los medios dominantes y otra forma de reproducción ideológica. La página de bienvenida de Yahoo, por poner un ejemplo entre millones, es un compendio repugnante de prejuicios machistas con el agravante de que en un solo día se reproducen decenas de esas noticias donde en papel sólo habría habido espacio para una. En general, por el momento aún no hay dos espacios, sino que el ciberespacio es otra provincia más del espacio analógico, donde dado que la inversión de capital necesario para hacerse oír es menor, se hacen públicas disidencias que antes permanecían en el ámbito de lo privado. Pese a todo, la potencia que nace de la conexión por el momento no ha producido, parece, un cambio cualitativo sino que en general se adapta aún a ese clásico precepto capitalista enunciado con otro sentido en el Evangelio: A quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene”. Las empresas, si bien con cambios de titularidad, tienen más control, más publicidad, más conocimiento. Y las personas aisladas a veces podemos incurrir en el efecto “carta al director” sintiendo que un comentario puesto en un texto, o en twitter o en facebook nos desahoga, nos permite atacar el pensamiento hegemónico y, de algún modo, nos releva de actuar. No siempre es así, creo que la red virtual puede facilitar la tarea de tejer nuevas redes, reales y virtuales, que hagan más sencilla nuestra unión. Sólo conviene no olvidar que seguimos jugando en el campo de batalla enemigo, que las infraestructuras no son nuestras, que alimentar un buen blog literario es posible durante meses, pero termina por desfallecer si no alimentamos también a quien lo escribe y en tal caso volvemos a la rueda de la necesidad de organización y capital.

—¿A quién lees y por qué?

—Leo poesía porque es el lugar donde la contradicciones del lenguaje se hacen más visibles y sus resonancias tienen más fuerza, así en Los líquidos íntimos de Olga Novo, y también porque cierta clase de belleza es la parte cómoda de la verdad, y a veces busco esa comodidad, ese descanso. Leo a John le Carré que me engaña miserablemente con el final existencialista de sus historias, pero en el camino me enseña acciones y escenarios que me importan; hace unos días: La chica del tambor. Leo autores y autoras de generaciones más jóvenes porque tienen o pueden tener lo que Williams llamaba otra estructura de sentimiento. Cada generación, decía él, responde a su modo al mundo que hereda, hace suyas muchas continuidades, pero en cierto modo siente toda su vida de diferente forma y moldea su respuesta creativa en una nueva estructura de sentimiento. No siempre ocurre, la uniformidad también atraviesa a las generaciones, pero a veces sí y entonces se aprende. Me ha ocurrido con un libro que se publicará en junio, El agua que falta, de Noelia M. Pena. Leo novelas contemporáneas y a menudo también entro en polémica con ellas, recuerdo ahora Bye Bye Blondie de Despentes. Leo ensayo para discutir con los textos, Un mundo común de Marina Garcés y La persuasión y la retórica de Carlo Michel Staedter son los últimos. De libros clásicos que no pude o no supe encontrar en su día pronto empezaré La confianza, de Anne Seghers, de quien tengo las mejores referencias.

Acceso no autorizado, tu última novela, se ha leído como una novela en clave ¿cómo valoras el peligro de una lectura así?

—Pudo ser así en el momento en que apareció, pero espero que hoy las alusiones se hayan disuelto y sí quede en cambio el propósito que Tavarovksy describe con estas palabras: “subvertir el realismo desde adentro, instalar lo real como un horizonte de discusión y no como un dato”. Algo así fue lo que intenté, servirme de los datos de lo llamado real pero sin plegarme a ellos, a veces lo comparo con lo que distingue una comparación o una metáfora. Con una comparación se corren menos riegos, pero se pierde intensidad y capacidad para mostrar, decía Aristóteles, las semejanzas en lo desemejante, y viceversa, las desemejanzas en lo semejante.

—En nuestra opinión, en tu trayectoria has ido haciendo cada vez una escritura más “realista” por decirlo de algún modo, más apegada a la actualidad… ¿es algo premeditado? ¿continuarás esa vía?

—Son difíciles a veces las palabras. No entra en el código realista conferir identidad a un ser colectivo, la asamblea, en El padre de Blancanieves; sin embargo unos años después la actualidad se acercó de algún modo a esa novela en Sol. Por mi parte, no hay propósito deliberado de actualidad en lo que escribo. Sí me importan los materiales de mi tiempo más que las evocaciones históricas o esos relatos que podrían pasar en un tiempo y un espacio suspendidos en la nada. En cuanto a por dónde continuar, imagino que os ha pasado alguna vez estar leyendo un libro de segunda mano o sacado de la biblioteca y pensar en los otros ojos, los otros pensamientos y sueños que se han, por así decir, activado mediante las palabras de ese libro cuando lo leían. No es siquiera necesario que se trate del mismo ejemplar, a menudo leyendo una novela recreo otras presencias, gentes que en distintos momentos y lugares estuvieron, o están en esos mismos días, con el libro. Ninguna historia puede contar el presente, pero la mayoría son leídas por él; he procurado, y procuraré aún, creo, escribir mis libros no como supuestos ejemplares impolutos, dirigidos a un único individuo, sino dejando traslucir que en ellos habitan otras miradas, y que una de esas miradas es la del tiempo, otros lo llaman radical historicidad, en que fueron imaginados.

Febrero, 2014

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