El último beso de cumpleaños

© Fotografía: Memoria Química.

© Fotografía: Memoria Química.

“Duerme ahora tranquila mientras cumple 38. Él la felicita contando mentalmente. Recordando los 37 de Buenos Aires. Los 34 de Berlín. Los maravillosos 32 de Tokio. No sólo no le vence el sueño. No quiere apartar la mirada. No quiere pensar a nadie más. (…) Casi amanece. Treinta y ocho. Estambul.”

Por JOSÉ PAJARES IGLESIAS

Ahora. La luz del atardecer baña un hemisferio de piel y un océano de cabello. Ahora. En un instante mágico el tiempo se retira respetuoso. Concede la merced de la suspensión cósmica. Ahora no existir es una posibilidad. El tráfico, la densa atmósfera, las motas de polvo a contraluz… todo queda en ese universo abandonado. Aquí, del lado de la mujer dormida y contemplada con ésta paz, nada existe. Nada salvo ella. Nada salvo la queda confianza en el otro. Dormir así tras sudor, consciencia, otro abandono, las palabras dulces resonando nuevas a pesar de tantas veces dichas. Ella está sin saberlo. Así lo quiso cuando se despedía hace un rato. ¿Me despertarás si me duermo… verdad? Por supuesto que no. No te despertaré. Otro placer, verte dormir así. Sonríe él mientras acaricia el bracito yerto de la dama ida. Le sonríe a ella y a ese atardecer que comparten de forma desigual. Le vuelve al paladar el exquisito beso de hace un rato, cuando todos los labios de la habitación seguían a rajatabla el plan no escrito ni pactado de antemano de devorar al otro. Devorarlo con dulzura, con arrebato, con ira incluso. Devorarlo sin hacer prisioneros. Devorarlo previendo un fin del mundo. O todos a un tiempo, quizá. En ese beso las lenguas fueron derviches giróvagos describiendo empapadas danzas que invocaban no al dios de las iniciales mayúsculas, sino a toda la cofradía de diosezuelos paganos ávidos de jugos, juegos y juguetes. Había en el beso raspaduras del Altar del Santísimo Sacramento de Bernini. Estaban los Stones llenos de opio ensayando crujientes blues del delta en un sótano de la Costa Azul en esos labios. Ese beso perpetrado hacía pocas horas contenía trozos de la cúpula celestial fileteados y engullidos sin masticar. Los amantes se deleitaron y buscaron la forma de encajarse para que todo lo demás, incluidos ellos mismos, no fuese más que una anécdota ligera. El mantenerse asidos por los labios fue juramento en esas horas. Juramento silencioso, ocupadas como estaban las bocas en el beso, convertido en contenedor de las dos vidas, recogiendo y discriminando y reciclando el vidrio de las lágrimas vertidas en el gozo y las tristezas, los papeles escritos y perfumados de ida y vuelta cuales vulgares suicidas románticos del diecinueve y el plástico de la vida circundante, tantas veces ignorada por ellos en sus encuentros amorosos. Ahora. Ahora que ella duerme y él celebra el retrogusto de ese beso recuerda el primero de todos. Aquel beso que la trajo. A la vida. Y a él. En la aburrida y fría Bruselas. Vecinos de tímidos saludos. Cortesía de ascensor. Miradas de sonrisa amigable y cálida dentro de lo posible. 13 años atrás. Un lunes de marzo. Ella y sus bolsas repletas volviendo del mercado. Él de su trabajo apasionante en la oficina. Las escaleras. El rellano. El saludo. Un latido después, ella dejó de latir y rodó junto al salmón ahumado y las alcaparras por el pavimento encerado. Aquella parada en que el universo contuvo el aliento arrancó de nuevo a la vida tras un masaje y aquella ventilación asistida apresurada. Nerviosa. Perfecta. Cuando se la llevaba la ambulancia consumiendo de nuevo su cuota de oxígeno correspondiente él pensó burlón que no estaba mal para una primera cita. Besos y caricias en el portal de la chica. Nada más se puede pedir. En el hospital, flores. Risas. Una familia agradecida. Y una mujer enamorada, firme defensora de que aquello había sido un primer beso.

Duerme ahora tranquila mientras cumple 38. Él la felicita contando mentalmente. Recordando los 37 de Buenos Aires. Los 34 de Berlín. Los maravillosos 32 de Tokio. No sólo no le vence el sueño. No quiere apartar la mirada. No quiere pensar a nadie más. Pasa su mano a medio centímetro de aquel pelo hermoso y una porción de toda la electricidad disponible les une momentánea, imantadas las almas de forma mágica. Han pasado así las horas de ese sueño acompañadas de dulces sueños de vigilia. Cada uno a un lado del telón. Los dos parte del mismo drama. Ahora él se levanta con el rostro algo crispado. Se acerca. Le da un último beso. Se retira al baño y cierra con cuidado. Saca un pañuelo del bolsillo. Un pañuelo blanco de mujer flotando en aroma de vainilla. Se lo acerca rápido a la boca y ahoga una turbia tos tísica de sanatorio que deja un rastro escarlata en la improvisada sordina. Se amontonan varios recuerdos recientes. El pescado fresco del Bósforo que han cenado en Kumkapi hace horas. Los ecos del clarinete de Hüsnü Şenlendirici en la plaza Taksim erizando pieles y haciendo brotar sonrisas. Al tiempo que un esqueje de primera luz indecisa duda si hacer acto de presencia, llega el eco de la llamada a la oración reverberada y confusa entre otros mil sonidos de vida. Casi amanece. Treinta y ocho. Estambul.

José Pajares Iglesias 2014

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