Querido diario (46)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

“El paisaje político y moral se parece al del 98, estamos inmersos en algo parecido, no hemos avanzado mucho, no somos más modernos, todo es un espejismo”.

“Sí, él insiste, pone ojitos y aletea sus pestañas, pide que le entreguemos nuestros deseos y afanes… que ya se encargará de meterlos en el puchero y ponerlos a hervir a fuego lento hasta que se conviertan en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada…”

Por AVELINO FIERRO

Cruzamos ahora extensas llanuras de cereal incipiente con todos los tonos del verde. Una pareja de grajas pasa volando y deja su sombra en el áspero suelo de una tierra roturada, como en los cuadros de Van Gogh. Se ven pueblos tristes y apeaderos abandonados, comidos por las ortigas. Torres más altas en Becerril y Paredes de Nava.

En estas soledades moraba el poeta y escribía hace seis siglos, como un borgiano cualquiera “todo se torna graveza / cuando llega el arrabal / de senectud”. Un milano sobrevuela ceremonioso. En algunas zonas por las que discurre un arroyo o el Canal va la procesión de los álamos. Un rebaño pasta cerca de los burdos chalets de Grijota. Desde lo alto de la chimenea de ladrillo de una vieja tejera dos cigüeñas guardan cual centinelas los páramos, estas tierras silenciosas, no sé si con alma, que parecen no pertenecer a nadie. Hay alcores grises salpicados por la mancha oscura de alguna encina solitaria y retama florecida en los márgenes de un puente que cruza sobre los raíles. También han venido las primeras amapolas.

En las proximidades de una ciudad cuya llegada advierte la megafonía a los viajeros, la velocidad amaina y recortándose sobre un muro encalado que coronan las letras de un anuncio de desguaces, un grupo de mujeres con zapatos de altos tacones, tops y shorts escuetos conforman una visión extravagante. Es un lugar desolado, con viales, farolas y grúas abandonadas. Luce todavía con fuerza el sol de la tarde. Y en la escena refulgen los anillos y collares, y las salpicaduras de rímel, postizos y baratijas. Puede que acaben de llegar, que las hayan llevado hasta allí como a ganado, en una furgoneta. Imagino que se dispersarán luego por esas aceras que circundan solares salpicados de hierbajos. Parecen alegres. Pero siento que, a su alrededor, todo el aire se tiñe ahora con grumos de tristeza.

Mi compañera de asiento deja sobre la mesilla el libro que ha venido leyendo, Todos los nombres. La han llamado por teléfono con un tintineo bajo y ella contesta también con voz discreta. Es jovencita y tiene ademanes y viste ropa como de antigua alumna de colegio de monjas. Es curioso, porque luego viene a hablar, casi me resulta inaudible, de una gran fiesta de varios días con concentraciones de moteros y despedidas de solteras.

Atiendo ahora al cielo azul pintado con sobresaltos breves de nubes deshilachadas. Estamos entre pinares. De copas semirredondas con tiernos brotes que brillan al sol. Un grupo de ellos, más añosos, parece una reunión de señoronas saliendo de la peluquería, sus testas cubiertas con una película de laca brillante. Un pasajero del otro lado del pasillo pasa, indolente, las hojas del periódico. Se anuncian en las fotos los políticos, porque habrá elecciones. Dormito a ratos; dejo la lectura del librito que he elegido para el viaje: es una antología de escritos de Schopenhauer.

Durante mucho tiempo los cambios en el paisaje que recorremos en nuestro trayecto han sido escasos. Es muy posible que hace más de un siglo, otro viajero mirase tras los cristales estos campos y leyera al filósofo alemán. Baroja cuenta en sus memorias que compró alguna vez sus obras en francés. Y de estas lecturas brotarán la estructura y los personajes de El árbol de la ciencia.

Baroja, el escritor sin estilo, el prosista más desaliñado y anti retórico de su generación, adopta la filosofía schopenhaueriana. Dice E. Inman Fox que “El árbol de la ciencia es un estudio sobre Andrés Hurtado [el estudiante de medicina protagonista de la novela], y la historia de Hurtado no es más que una proyección novelística del concepto del hombre y su problemática según Schopenhauer. El individuo pasa de la corriente vital, ciega y tumultuosa, que lo arrastra consigo, al aburrimiento total de la ataraxia, que se consigue mediante la contemplación; es decir, del mundo de la voluntad al de la representación”. La novela describe la incapacidad del protagonista por adaptarse a la circunstancia que lo rodea, aquella España de principios de siglo.

La idea del filósofo de que el conocimiento aumenta el dolor se repite en la obra barojiana. Yo ahora leo esa selección del alemán, El arte de sobrevivir, y miro estos campos de Castilla. El tren ha cambiado de vías y todo ahora es más trepidante.

Poco se parece al viaje machadiano, “el tren camina y camina, / y la máquina resuella, / y tose con tosferina…”. Leo que el primer cuarto de nuestra vida no sólo es el más feliz, sino también el que más lento transcurre, de modo que genera muchos más recuerdos. Es cierto. Miro ahora estas inmensas parameras con el sol traspasando ya los cristales y pintando el rostro de los viajeros. Siento cómo el tiempo se detiene y cómo piden entrar a golpes las imágenes de la infancia.

Un poco a golpetazos escribía Baroja, fragmentaria, ágilmente. Mas era un estilo moderno y adecuado para transmitir la sensación de precariedad de aquel tiempo, la crisis del fin de siglo.

No ha cambiado el paisaje ni el cielo azul, la inmensa mancha añil del cielo de Castilla, la luz fina, suave y pura, como escribió otro noventayochista, Azorín. Pero dejamos esa contemplación, ese ensimismamiento y posamos la vista en derredor y volvemos a sentirnos como aquellos Hurtado, Silvestre Paradox o su amigo Avelino Diz de la Iglesia, Quintín…, incompatibles con la vida que nos rodea, y España como un inmenso absurdo.

El paisaje político y moral se parece al del 98, estamos inmersos en algo parecido, no hemos avanzado mucho, no somos más modernos, todo es un espejismo. Tenían aquellos escritores en su juventud, como escribe Fox, un interés común en reformar el Partido Liberal o en buscar alternativas para erradicar el espíritu oligárquico y la ideología burguesa nacional de la política española.

En Las horas solitarias cuenta Baroja lo que él llama una excursión electoral. El pintor Viladrich, que está de vuelta en el país y va por la redacción de España le convence para presentarse a diputado por Fraga. Van en tren a Huesca. No logra apoyos para que lo proclamen candidato. Son una delicia las páginas del viaje a Sariñena, el trayecto con el tartanero Petiforro, la llegada a Fraga, donde Viladrich les aloja en su castillo, al que llama el del Urganda la Desconocida, el ambiente de las fondas, como en Candasnos, donde al preguntar en la posada qué pasará en las elecciones, les dicen que allí hacen puchero, “se reúnen el secretario y el alcalde y meten en el puchero tantas papeletas como vecinos hay”, y suelen ser votos para el candidato monárquico si cuando vaya al pueblo va primero a casa de un rico que se llama Fortón. Otros compañeros de viaje son Salvador Goñi, Julio Antonio y Bagaría. Cuando, ya desde Lérida, vuelve a Madrid, encuentra a Azorín que le dice que el gobernador de Huesca le había telefoneado para preguntarle por él, “¿Ese Baroja, qué es? ¿Es algún periodista?”. ¡Haga usted treinta tomos para que no le conozcan ni siquiera de nombre!, termina diciendo Azorín con melancolía. “Habría que decir: Nuestro reino no es de este mundo; por lo menos no es del mundo de los gobernadores”, le contesta Baroja.

No, no es el suyo del mundo de estos personajes pintorescos –y cuya nota dominante es, como la de nuestro gobernador oscense, la atroz incultura– que estos días se dan codazos y se afanan, ponen morritos y mendigan votos.

Anochece cuando llego a destino. En el hotel, mientras deshago la maleta y trato de que el vapor del baño amaine las arrugas de las camisas, enciendo el televisor. Veo a uno de los candidatos señoritos del partido del Gobierno hacer mohines y dirigirse a los espectadores hablando de “la buena gente”, y cómo nos pide, sin que lo coloree la vergüenza, que confiemos en él, que nos van a tratar estupendamente a partir de ahora.

Me da a mí que este hombre de tonillo melifluo, que hace esfuerzos por aparentar ser uno más bajo el sol de todos, no conoce el comienzo de la última canción del dúo musical “La pesadilla de Le Corbusier”, en el que Marta, mi hija, y Elio cantan “Corre el año de la segunda gran depresión / a más de uno no le aguantó el corazón / se le cayó sin poder decirle adiós  /ahora duerme, muere, duerme bajo un cartón”.

Sí, él insiste, pone ojitos y aletea sus pestañas, pide que le entreguemos nuestros deseos y afanes… que ya se encargará de meterlos en el puchero y ponerlos a hervir a fuego lento hasta que se conviertan en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

  1. Alfonso Carlón

    Querido Avelino, perdona el retraso en esta efímera respuesta a tus insistentes y queridos diarios. Siempre me gustó la espera, la curiosidad. Lleva tiempo quererse y querer a los demás. Este diario número cuarenta y seis que amablemente me has enviado es un revelado fotográfico estupendo. El diminuto refleja el mundo. Lo de arriba es igual a lo de abajo que decían los antiguos alquimistas. La fractal decadente de una época que vivimos posee dimensiones planetarias.
    Desde la Estrella Enana donde habito desde hace años es lo mismo que describes, Avelino. Un 98 a escala global hablado en distintos idiomas.
    Acabo de llegar de viaje por las tierras de los Yao. Habitantes del Delta del Río de la Perla en la provincia de Guangdong, China. Haciendo un recorrido por una de las arterias de la tierra. Un estuario con historia, hoy convertido en una cloaca colosal. Convertido en una máquina lavadora de sueños que terminan en un mar de fango negro, viscosamente degradado y muerto. Me atrae la belleza del desastre, Avelino. El arte de la desgracia es lo que vende el artista contemporáneo como metáfora irracional de un viaje en tren sin control de velocidad y con destino ignorado. China es el conductor del tren y no sabe a donde va ni por qué.
    Desde la Estrella Enana, Carlón.

  2. Sendo

    Bueno, Avelino: Me lo creo todo, me lo haces ver y meterme en la marasma de tus viajes.Como un amigo, Ramiro R. Prada que cada vez que sale a echar la basura le ocurre una historia entre la escalera y el contenedor de “o lixo”. Tus viajes, este viaje, por el llano salpicado de procesiones, los sacas fuera de la ruta para dialogar con señoritas peripuestas y los poetas que te vienen a colación, ademas del escritor que siempre llevas entre las manos. Son una poesía horizontal sin demasiadas especias, poesía azul silvestre. Pero tus ilustraciones hablan más.
    SENDO Gª Ramos.

  3. ¡Cuántas veces habré hecho yo ese viaje! No nada mejor para meditar que ese paisaje castellano, nos lo envidiaría hasta el mismísimo Dalai Lama. Si no fuera por tanto puchero hirviendo andaríamos mejor del estómago. Gracias, Avelino, por avivar el fuego.

  4. MARTA PRIETO

    Precioso, Avelino. Eres un soplo de aire fresco en el año de la segunda gran depresión. Hubiera sido un gran argumento para una jornada que hace mucho tiempo ya no es de reflexión.

  5. Anónimo

    gracias por enviarme tus reflexiones. un abrazo

  6. reyes gonzalez

    gracias por enviarme tus reflexiones. un abrazo

  7. Anónimo

    Un paisaje es un alma, decía Unamuno. Este de Tierra de Campos desde luego lo es, como lo demuestra el que siga siendo el mismo que cantaran Unamuno o Machado. Agradecerlo siempre como a padre, mejor si, como en este caso, con belleza.

    Sergio Fernández Salvador

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