Retrato de una escalera (I) / El sigilo de la luz

© Fotografía de José Ramón Vega.
© Fotografía de José Ramón Vega.

Por LUIS GRAU LOBO

Hace unos días recibí esta fotografía de mi admirado amigo Vega. Tardé unos segundos en identificar una escalera que también yo conocía y me pregunté por qué esa dilación. Mi conclusión fue que quizás yo la había visto antes, pero él la había mirado a los ojos, a sus ojos temerosos y dignos de escalera antigua y algo desvencijada. Y la había retratado.

Las escaleras padecen cierta tendencia hipocondríaca hacia el misticismo. Es lógico, están concebidas para ascender o descender, y todas ellas querrían llegar a lo más alto y a lo más profundo, a los empíreos y a los hades, trascender su prosaico cometido por una legendaria misión digna de Jacob, de Dante, de Virgilio. Pero esta escalera ha conocido demasiados tiempos y todos ellos pertenecían a este mundo. Incontables seres han pateado sus peldaños y zarandeado su balaustres: gatos de andar elegante y mudo, tacones como metrónomos, pies descalzos y luminosos y botas fieras llenas de barro y de frío, ascensos de dos en dos de sus peldaños y descensos acrobáticos por su baranda; pausados, inseguros pasos de impedido y ansiosas zancadas de jóvenes que tal vez ni siquiera son jóvenes ya. Ella nunca supo dónde iban todos ellos, qué buscaban allí donde sus dominios de escalera encajada no alcanzan. Eran gentes de paso y aunque al principio le intrigaba tanta prisa, tanto trasiego, acabó por acostumbrarse a no saber, a imaginar, a sonreír como sonríen las escaleras (con tropezones triviales) cuando los veía regresar, volver a subir o a bajar con pausa, con prisa, meditabundos o despistados. Y por ello se resigna a la modestia de su breve ascenso (o descenso) con una entereza grave, sabia. De ahí emana su nobleza, la parsimonia que invita a subirla despacio, como saboreándola. Esa serenidad que Vega ha recogido, como quien toma de la mano a un anciano.

Esta escalera se abre con generosidad hacia nosotros, con la largueza mundana de sus tres escalones primeros, allí donde el fotógrafo ha iniciado el movimiento de su acechanza. Nos invita con el gesto gentil y gallardo de sus balaustres sobriamente torneados, apoyados en un último y sólido bastón con pomo bruñido; y también con el ademán femenino de un arambol enguantado de madera para que nuestra mano no sienta la gélida presencia del hierro forjado. Sin embargo, habita en esta imagen, por otra parte doméstica y sosegada, un elemento turbador. Una puerta se abre en el vientre de la escalera, en ese lugar algo vergonzante en que suceden tantas historias de miedo y de la infancia. Sabemos que ese lugar existe en todas las escaleras. Es un sitio incómodo para ellas, porque revela la necesidad de disponer de un hueco inútil y a menudo feo para lograr un fin superior. Y es un sitio reservado, bochornoso, dado a la superstición incluso, que suele estar cerrado. Pero aquí se ofrece abierto. Y de par en par, sin pudor pero sin revelarnos nada, como invitándonos a compartir un secreto que se describe en unos papeles pegados al interior de la puerta y que, por supuesto, no podemos leer.

Tampoco nos deja indiferentes el desconchón que desgarra como una cicatriz la esquina del primer rellano y que parece el ensayo desquiciado de un camino alternativo, ese que la escalera niega rotundamente. Los rellanos, además, encumbran las escaleras. Una escalera con rellano es una categoría superior de escalera, una escalera pensada para ser habitada siquiera ocasionalmente y para detenerse en ella incluso, que participa de la condición de espacio habitado, de lugar donde se vive, un sitio para estar, no sólo para pasar. Por eso también se llaman descansillos, porque a veces (y entonces supongo que las escaleras deben de ser felices), descansamos en ellos y hasta charlamos, si nos encontramos a alguien que ha tomado el sentido inverso al nuestro.

Vega, que es fotógrafo de muchos angulares pero todos ellos se pegan a la vida y a un cierto sentimiento cotidiano de desolación con el que parece juguetear sin decidirse a combatirlo, ha renunciado a la elocuencia del blanco y el negro de otras veces. Quizás porque era lo más socorrido, quizás porque una escala compuesta de todos los grises se precipita ya por la caja que es el alma de esta escalera a la que ya nadie hace crujir. Ha escogido Vega para esta imagen un color menesteroso y tenue, el de una luminosidad de vocación cúbica, como de un laboratorio abandonado, que la escalera abraza con su templanza de cosa engañosamente inmóvil y ondulada, casi como quien apacigua las aristas de la intransigencia con una caricia. Apenas unas pocas gamas y un mismo matiz, el matiz de una sabiduría de tan antigua, dotada de antigua luz. Vega ha visto en esta escalera —artefacto destinado a facilitar el movimiento— el retrato de una quietud; el silencio de todas las escaleras cuando nadie las sube o nadie desciende por ellas.

8 Comments

  1. Si a esta descripción (al margen de la materialidad de la fotografía) le sumamos la acción que a la escalera dio Buero Vallejo y el manual de instrucciones que le firmó Cortázar, obtendremos el triángulo perfecto: Luis, Antonio y Julio.

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