Retrato de una escalera (II) / El dilema de los días

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

Por LUIS GRAU LOBO

Pone ante mí, mi amigo Vega, otra de sus escaleras, que en esta ocasión ciñe una estancia peculiar, híbrido de aseo y vestíbulo, lugar transitorio y de breves detenimientos prácticos y apurados; proclive a pasar desapercibido. Por eso él lo ha fotografiado. Muchos lugares en que no solemos reparar despiertan extrañeza cuando los contemplamos con premeditación. Si son antiguos, además, a menudo nos arrastra la resaca de un tiempo en que fuimos más humildes y laboriosos, más considerados. En esta estancia que a primera vista diríamos sólo aprovecha el hueco de una escalera, la pausa de la instantánea permite reconocer el trato noble y antiguo concedido a la naturaleza y sus bienes al servicio de nuestros requerimientos sencillos. De hecho, si de seguido observamos la fotografía con los ojos cerrados –como cabe hacer con las buenas fotografías– quizás nos percatemos, algo alucinadamente, de que tiende a sugerirnos un claro de un bosquecillo; un calvero guarecido donde aprovisionarnos de agua durante un alto en el camino. Sin embargo, lo que en la espesura del monte suele responder al desorden (a un orden no comprendido), ha sido aquí dispuesto humanamente, domesticado. Respiramos esa primigenia sensación de ecosistema, tal vez debido a la distinción amable y auténtica concedida a la madera, la cerámica, el metal. Admiramos sus anfractuosidades, vetas y aguas y aspiramos a pasar la mano sobre ellas, participar de su frío atemperado, de su arcaica calidez. Pero la sensación de lugar destinado a ser habitado no reside tan solo en esas sensaciones, ni siquiera en las olfativas que querríamos saciadas de las fragantes comidas de una patrona maternal y algo quejosa. En este cuadro con vanidades de bodegón, de naturaleza aún no muerta, palpitan rectas y curvas en una tensa conflagración, tendones y músculos de un mismo miembro inmóvil pero alerta: los marciales horizontes de los peldaños, los erizados casetones de la marquetería, las confluencias de la tarima, la invisible jaula de la perspectiva… El barroco desperezado de la escalera, el tocón abalaustrado, ansioso de florituras; los inmaculados morrillos del lavatorio, la evocación grutesca de las puertas… Hasta la plomería y las jaboneras poseen un donaire pétreo pulido durante eternidades. Como en todo bosque, el peligro habita la calma.

En medio de este modesto edén de artificio, se adivina también la sombra de lo humano. En primer lugar a causa de los números, con su glosa turbadora. Tres lavabos apremian las decisiones cotidianas ¿Serán usados? ¿Cuál de todos escogería usted? ¿Revelaría algo importante sobre su personalidad tal elección? Si se encuentra con uno ya ocupado, ¿qué opción tomaría en el caso de estarlo el de un extremo? ¿Sería interpretado como un gesto impertinente o sencillamente amigable situarse al lado? ¿Cómo lo sería escoger el más alejado? Y si acude a ellos una pareja, ¿se situarían juntos o dejarían un espacio “de respeto” entre ambos? ¿Revelaría tal decisión algo significativo sobre su relación presente o sobre el futuro de la misma? Las únicamente dos sillas remachan esa sensación de ligera incongruencia y perplejidad numéricas, una tirantez distributiva que corroboran las tres puertas y los dos caminos escaleras arriba, el real y el especular.

Por otra parte, este retrato (toda fotografía lo es) rememora protagonistas ausentes. El bullicio transitorio de los comensales, la charla insustancial y cortés de unos hipotéticos pensionados, el trote apresurado del que llega tarde y el caminar moroso del que asciende para recostarse en una siesta que ya saborea, colman de sonidos el lugar. Esas ausencias han dejado tras de sí la presencia de conversaciones sin principio ni final, zancadas con un morse indescifrable, portazos, brincos en el último peldaño y sacudidas de manos, aullidos de grifos sofocados, susurros, suspiros y una cotidianidad sin interés que se desploma ante el mutismo casi religioso de su condición plagiada de patio de abluciones, antesala de sermones y liturgias celebrados en un lugar vecino pero inaccesible.

Un tercer nivel trasciende la pieza en el territorio intangible de las fantasías y los delirios. Escaleras arriba se anuncian regiones inexploradas, países en los que no sentirse extranjero como sucede en esta mediocre aduana. Al fin, el espejo abre un mundo a punto de desplomarse cuyos confines han dejado de ser conocidos, donde sentimos guarecerse una rutina sin tedio ni formalidades, un reino de dudosas maravillas que solo alcanzamos a reconocer fugazmente y de reojo mientras nos apresuramos camino de otra parte.

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