“El verano invisible” de Pilar López Báez

"La carrera". Pilar López Báez.

“La carrera”. Pilar López Báez.

La Galería Espacio E (León) muestra la obra reciente de Pilar López Báez. La artista madrileña, ganadora de la tercera edición del certamen de Pintura Camarote Madrid 2015, presenta la serie “El verano invisible”. Un trayecto a los veranos de la infancia a través de los recuerdos y la memoria. La exposición permanecerá hasta el 5 de Junio.

“Quizás no haya nada más mítico que esas vacaciones de verano que vivimos de niños… ¿o no? Parece como si esos estíos pasados, más o menos borrosos, tuvieran el poder de hacer palidecer el resto de veranos de nuestras vidas”. La pregunta se la hace la artista en referencia a su último trabajo, la colección de cuadros que alberga Espacio, pertenecientes a la serie “El verano invisible”. En ellos, explica Pilar Lopez Baéz ” niños, adultos y familias se nos muestran espontáneos e absolutamente inmersos en sus actividades vacacionales. Sin embargo las imágenes se alejan de la representación fotográfica, más bien parecen pasadas por el tamiz de la mirada adulta que intenta hacer memoria. Las sensaciones, las fotografías de la infancia, las historias que escuchamos sobre nuestra biografía, así como la influencia de lo que se supone debe ser un verano para un niño… todo esto está aquí, y también algo más. Estos veranos nos invitan no sólo al recuerdo y a la reflexión sobre la construcción de la memoria y por ende de la identidad, inevitablemente su peso nos evidencia el abismo de la existencia y el devenir”.

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Reproducimos a continuación el texto que acompaña a la exposición de Pilar López Baéz en Espacio E:

“La memoria es la musa por excelencia de Pilar López Báez. Al mismo tiempo, parece retratarla con una precisión tal, que una vez apreciamos su obra, resulta difícil concebir otra representación más fiel. La técnica y el proceso que lleva a cabo son una analogía perfecta de cómo funciona nuestra capacidad de evocación. Los recuerdos se encuentran inevitablemente en un punto entre la ejecución realista, lo visible, y la imaginación abstracta, lo emocional. La memoria deja espacios vacíos en quien recuerda, y obliga a participar y terminar la imagen, a quien contempla.

Traer a la memoria es recuperar del pasado. Enfocar en lo importante sin olvidar los detalles que lo convierten en tal. Pilar López Báez nos acerca a su obra a través de la empatía y una sensibilidad familiar que compartimos, que nos une por su universalidad y que, al mismo tiempo, ofrece al espectador una mirada íntima, propia, de sí mismo. Asomarse a su obra es como hacerlo a un espejo. La esencia de nuestro mundo se ve reflejada y, al mismo tiempo, se acompaña de elementos que juegan con distintos niveles de realidad, como se juega con enfoques y desenfoques. Al igual que en su pintura, muestra y oculta aquí y allá, construyendo y destruyendo, recreando el lienzo de nuestra memoria, con capas que se pierden, se solapan, que cobran nuevos significados a través de nuestra mirada. A veces perdemos la noción de cuándo nos vemos en el reflejo y cuándo la vemos a ella.

En gran medida, la infancia que nos retrata Pilar López Báez es una cara amable de un tiempo del cual, solo al crecer, podemos llegar a vislumbrar su peso. Invita a forjar nuestra propia identidad a través del descubrimiento, la experimentación, de momentos que juzgamos infinitos por desconocer la magnitud de la palabra y la fugacidad de la vida. Conviven la inocencia y la visión parcial del universo con una realidad incipiente e inexorable. No están exentas la muerte y la visión, inquietante por contraposición, de otros aspectos igualmente vitales. Los infantes se guarecen en su mundo de ingenuidad, apenas conscientes pero registrando sin saberlo dichos aspectos presentes, a veces terribles. Es la visión adulta la que posee las claves para desentrañar el misterio y aún así trata de discernir entre el recuerdo real, el inventado, y lo que nunca existió.

Entre la obra de Pilar López Báez, la serie “El verano invisible” es una de las más luminosas. No deja de lado la provocación al espectador que cree contemplar escenas de una infancia feliz, ni carece de una inocencia ilusoria, pues esconde la desoladora verdad de un pasado que no volverá. No obstante, nos transporta también a cada uno de esos veranos, viviendo los recuerdos a través de sus protagonistas o como mero espectador, donde se entrecruzan risas, juegos y despreocupaciones en un momento atemporal. Perderse en estos cuadros es volver la mirada atrás y ver más allá, es participar de los sueños e ilusiones de aquel niño que éramos y superponer nuestro presente con su futuro”.

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