Los que vienen contigo

© Fotografía: Memoria Química.

© Fotografía: Memoria Química.

Por JOSÉ PAJARES IGLESIAS

¡No os llevaréis nada de ésta casa! Ángeles se despierta sobresaltada en el sofá. El libro que hacía de tejadillo sobre su vientre cae sobre la alfombra. Se lleva instintivamente la mano a la boca y hace el gesto de limpiarse. Se ha quedado dormida. Ha sido una pesadilla. Pero con el vello erizado mira hacia el vestíbulo, a pesar de todo. Ahí estaba la anciana enojada del sueño. Advirtiéndole. Hace… nada. Mira la hora. Mira el móvil. Mira la televisión sin sonido llena de gente que grita muda. Va a la cocina a por agua. Y allí… sobre la mesa, harina esparcida. El horno caliente. Y el olor inconfundible de las galletas de nata de la abuela Remedios. Se asusta. Pega la espalda al frigorífico y reflexiona un momento. Lo limpia todo y reinicia su mente. No ha pasado. Nada ha pasado. Su gato pasa ante ella. La mira y sigue hasta el comedero. Maúlla perezoso. Se estira. Come y se va. Ángeles bebe a sorbos un gran vaso de agua. Apoyada en la encimera. Aún algo nerviosa. La primera puerta que se cierra es la última del fondo del pasillo. Después, una a una, se van cerrando las otras. Por orden. Sin portazos. Sin ventanas abiertas que favorezcan corriente alguna. Suavemente. La última, la de la cocina, se cierra parsimoniosa ante sus ojos.

Llama con el móvil desde la tienda de Raquif, el pakistaní del barrio. Ha cogido un par de litros de Xibeca de forma atolondrada y contesta a la amabilidad de su amigo con vaguedades y sonrisas forzadas. Aún le cuesta creerlo. Lo peor es que, al otro lado de la línea, Juan, su marido, ligeramente perjudicado tras horas de aburridas ponencias sobre Historia Medieval en el congreso anual al que siempre acude en Madrid, ríe las, según él, ocurrencias paranormales que le explica su mujer. Antes de excusarse y colgar, ella oye la algarabía del salón de fiestas del hotel sobre algún remix enésimo de “Lobo hombre en Paris”. Alarga lo que puede la conversación con el bueno de Raquif, hasta que éste, educadamente, le dice que ha de cerrar. Sube los cinco pisos andando. Abre la puerta temblorosa. Entra. Va directa a la cama. Se tapa hasta la frente. Más que dormir, desaparece en un desmayo en defensa propia.

El tirón de pelo la despierta a las seis de la madrugada. Se incorpora de un salto y enciende la luz. Está empapada en sudor. Nadie. Ni siquiera lo piensa. Salta de la cama y se enfunda unos tejanos, una camiseta y unas deportivas a la carrera. Antes de irse vuelve la mirada hacia la cama. Al lado del ordenado revoltijo en que ella duerme sin moverse cada noche, una profunda huella hunde el colchón. Sale sin cerrar con llave. Se lanza suicida escaleras abajo. A esa hora, el barrio de Gracia se despereza. Entre Carrer de Perill y Venus, en esa encrucijada, a pesar de la hora, se siente más a salvo que en casa. Busca un bar abierto. Pide una infusión. Espanta a varios moscones. Aguarda el amanecer.

El tipo que abre la puerta tiene varias decenas de años de cárcel en la cara. Lo interesante sería saber si las tiene a las espaldas o si están aún por venir. La recibe en camiseta de tirantes. Una de esas que en algún momento alguien usó bajo una camisa. Una de esas que en algún momento fue blanca. No es el caso. Ninguno de los dos. La Faria de la boca no le impide hablar. O comunicarse, al menos. En sus brazos, leyendas en tinta azul alusivas a la madre y a la muerte y a noviazgos, según el cuadrante que los ojos elijan. Puestas ahí por alguien que, obviamente, no acudió a clase de caligrafía. Ni de ortografía. El gran labrador negro que acude como escolta olisquea a una tímida y agarrotada Ángeles, presa aún del miedo, la incertidumbre y el frío amanecer de Barcelona, que se alegra sin embargo del recibimiento del buen perro. Éste hace un amago de acercamiento sumiso y amistoso, pero rápidamente recula y cambia bruscamente de actitud. Ahora se muestra agresivo. Pasivo agresivo. Miedoso. Algo humillado. Pero dejando claro que se defenderá. “Pasa, niña. Mónica te espera”, dice el hombre con una voz agrietada por el tabaco y el sol y sombra. Bastante más por la sombra que por el sol.

En el umbral, una mujer joven, morena, de pelo rizado, con aspecto saludable, la recibe. Muestra una sonrisa franca y la mira un instante. Y mira a su alrededor. Ángeles intenta disculparse por el ligero incidente con el perro. “Seguro que ha olido a mi gato en mi ropa”, balbucea. “No es el olor de tu gato lo que le asusta, niña. Es el de los que vienen contigo”. Inmediatamente da una orden suave y amigable a su perro. “Vete, Drac”. El animal muestra ojos sumisos y desaparece junto al hombre de la camiseta.

Ángeles se queda paralizada ahí, donde ha sido recibida. Su espina dorsal está absolutamente electrizada. No se atreve a mirar atrás. Esbozan sus labios un tímido “yo… yo he venido sola”.

“Siempre venís solos. Pero el caso es que siempre los traéis. Y después me toca a mí convencerles de que vuelvan. Algunos son razonables. Con otros no hay manera. No hay manera humana, al menos. Traes a dos, niña. Dos y medio, en realidad. El que se esconde tras las faldas de la vieja no se deja ver. Será un agostado. Esos son los que no medraron. Ni llegó a nacer. Por eso se esconde. No sabe… eso no es cosa mía. Que se  encargue la vieja. Será hijo, o nieto. No suelen dar guerra. Se quedan por ahí esperando a la madre. Las madres, una vez muertas, tampoco quieren andar solas. Y se los quedan. Unas egoístas. Las criaturas dan vueltas y vueltas y no llegan a saber. Dan quehacer los animados, eso sí. No es que se pongan alegres y jueguen. No. Los agostados no suelen tener ánima… consciencia prefiero decir yo. Pero a algunos les entra. Esos ya dan más tarea. Se preguntan cosas. No se conforman. Tampoco se esconden detrás de las faldas. No sé si me explico… el otro es un hombre confuso. Parece que perdió a su mujer en la carretera. La fue a buscar al mismo sitio. Y ahí te lo encontraste. Y te lo trajiste… pero creo que él se aviene. No costará trabajo devolverle a su sitio…”.

Ángeles escuchaba a Mónica hablar con esa naturalidad de esas personas muertas que supuestamente la acompañaban, y su terror se desbocaba en sus muñecas, su cuello y su pecho. No se atrevía ni a mirar de reojo.

“A ver, niña, ¿a qué jugaste tú?. ¿La tabla de madera con el vaso y el abecedario, velas, invocaciones, rituales..?. ¿Anduviste en cementerios con el novio?”.

Las últimas palabras hacen reaccionar a Ángeles. El cementerio de Arenys. La ermita. La noche de San Juan. Un mes antes de casarse. Aquella cena. Aquel vino delicioso. Aquella invitación pícara. Él la sorprendió sacando dos papelitos del bolsillo y dos rotuladores. Hay que quemar los malos propósitos. Escribieron. Lo hicieron sobre aquellas tumbas. Y se anudaron en un abrazo lascivo enamorado que casi les lleva al amanecer mientras ardían sus cuerpos y los deseos perdidos en aquellos papeles.

“El hombre te olió, niña. No se les va el instinto ni muertos. Pensaría que eras su mujer. Y te lo llevaste. Pero la vieja… esa la traes de casa. Te dijo que no os llevaríais nada… contigo no puede. Eres escudo. Pero se querrá quedar con algo. Estate tranquila y vigila. Y dile al otro dueño de eso que llevas en el vientre que vuelva. Hace falta aquí. ¿De cuánto estás, niña?”.

Estupefacta por todo lo que había oído, mientras preguntaba cuánto se debía, Ángeles acertó a contestar “de tres meses”. Mónica la despidió con un abrazo. Un abrazo envolvente, protector…

Con el gato sobre ella, conjurando sus miedos, se dejó vencer por el sueño de la tarde. Lleno de disturbios al principio. Apacible y profundo después. El sonido del mensaje de móvil fue lo que la despertó. “Llego a Barcelona a las cuatro de la tarde. No hace falta que me vengas a buscar. Tengo algo de resaca. Ya sabes cómo son éstos congresos. No te lo vas a creer. Una señora que he conocido en el tren me ha invitado a unas pastas caseras igualitas que las de tu abuela Remedios. Te quiero”.

Se tocó el vientre. Empapado. Se incorporó. Vio la sangre derramada en el sofá. Levantó poco a poco la mirada. En la televisión, sin sonido, el horror de un fuego como salido del infierno anunciaba la catástrofe. El tren de la estación de Francia procedente de Madrid aparecía calcinado. Una densa columna de fuego ascendía inmisericorde. Detrás del televisor, la anciana, erguida, soberbia, miraba fijamente el vientre ensangrentado de Ángeles. Con un gesto de su mano rebuscó tras su falda como invitando a un nuevo personaje a hacer acto de presencia. Tranquila, dijo en voz alta: “¿Ves? Ya te dije que antes o después vendría alguien con quien podrías jugar…”. Tras ella, tímido al principio, seguro inmediatamente después, apareció. Con los ojos de fondo de pantano. Sonrió. Y la estancia se inundó de un espeso aroma de tierra. Removida. Mojada. Podrida.

© José Pajares Iglesias 2014

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

A %d blogueros les gusta esto: