Las putas de Dios (4)

© Fotografía: Divina Quinina.

© Fotografía: Divina Quinina.

Continuamos con la publicación por entregas de un nuevo relato del poeta de Riello afincado en Avilés, que consta en total de seis capítulos y un desenlace, ilustrados expresamente por la fotógrafa leonesa Divina Quinina.

Por LUIS MIGUEL RABANAL

4

Ya con la herramienta usual en orden volvió a la faena y se topó con que Silvana rogaba agasajos tales que él mismo ni se planteaba no obsequiar. Creyó oportuno trasmitir a la chiquilla un aliento diferente, un “tempo” sin el cual nadie podría asegurar que aquello no sería más que un trámite del odio y de la duda. Procedió a encaramarse a su costado. Le propinaba unas palmaditas de supremacía apenas inflamables. La animó a serenar su ansiedad con cólicos nefríticos y bebés descabezados. La penetró en silencio. La penetró en silencio, recalco, con una amplia manoletina que dejó a la afición inexistente (sin contar a la Jennifer recuperándose con lentitud y a Mari Carmen que volvía a cogerle gusto al fisgoneo), absorta, temeraria. La poesía es una mierda, como todo lo demás, musitó sin reparo el bienhechor, tras lo cual se dispuso a estimular el incidente porque bueno, ya se sabe que terminar sin terminar las preferencias es de revolucionarios y de angostos. Estábamos de acuerdo en que la carne de Silvana era una carne de primera, que su soledad marcaba el territorio con unos puntos suspensivos fogosos y esperados. La luz de la mañana no sobraría para dar con ello, ese amor erróneo, y el olor a cuerpo que suda y se estremece se apoderó de ambos. Percibió en sus nalgas la princesa una irritación horripilante. Se inclinaba para comprobar y no conseguía aligerar ese prurito, inquiría al alelado a voces por si él podía recitarle alguna correría pero él estaba sin estar. Aquellas nalgas, valores en alza esencialmente protegidos por los viajantes Alfredo y Nicanor, ardían sin sosiego. Silvana era capaz de notar a sus espaldas un humo incómodo y una tergiversación notable. Ya llegaba lo que tenía que llegar, la nula fuerza de la música venía en su auxilio como una locomotora sin raíles. Ya nos tocó la magia con su dedo sucio en la matriz de la inocente, llegaban los temblores llegaban los suspiros llegaban las torturas. Insistir si acaso, a lo Clarín, que en la carretera un coche o dos corrían a lo loco a pesar de la pendiente y la neblina. Ella no daba crédito a lo que sucedía por allí. Su culo, su sexo, su indecencia, eran una nueva y tortuosa correspondencia del arrepentimiento y de la fluctuación. Silvana había quedado, así, casi sin querer, en plan milagro, encinta. Y en esas andábamos cuando pasó a la carga Mari Carmen. Oculta tras el espejo del mirón y la mirona, no veía el momento de saltarse las reglas y amenizar la sala de jadeos y sollozos con cornetas. En su encuentro precedente con el todopoderoso ya había observado que su punto flaco convenía a sus prácticas comunes, así que se sentó a horcajadas sobre él como quien se sienta a comer unas cerezas. Alígera como ella sola, comenzó a sentir los gozos y las sombras. La vida se le representaba entonces añil e interminable, el cacique avistaba en sus ojos el tiempo necesario, ella sonreía y después tartamudeó y luego sonreía pero qué, hacía tanto calor y no sólo era bello sino cansino, incongruente. Sobre su hombro una enorme pesadez aplastaba su soledad y allí la condescendencia manoseaba las palabras sin remedio: aquello que sobrevenía no tenía nombre. Aquello que sobrevenía era complicado y abandonó en su cuerpo rendido riesgos y profundidades inauditas. Sólo el placer borrará de nuestra conducta paraísos, la animaba el gobernante desde abajo, lanzándole mordiscos. Fue pronunciarse en la sala esta sentencia y un alarido aterrador emergió de la garganta de la doña. Al momento llegaron a las carreras Concepción Arenal y Holanda poniéndose en lo peor, en pijama pero hermosas. Admitieron que al enterarse de la marimorena y sabiendo como sabían de la existencia del patán, un cruce peripatético de cables, un patatús aldeano, cualquier cosa. No obstante se alegraban de que el tinglado se mantuviera en estado de revista, guarro, muy guarro, pero en fin, y que volver a oír correrse a Mari Carmen después de tantas noches, chachi. Podríamos ampliar la habladuría asegurando que entre tanto paripé el desprendimiento espermático oscurillo del filántropo no se produjo hasta bien entrado el mediodía, acompañado ello con abundante surtido de jaculatorias que ni siquiera merecerá la pena dejar aquí anotadas. Agregar también que la luminiscencia a aquellas horas, cuando las gacelas empiezan a desperezarse y a acondicionar las duchas y a liberar su tracto rectal de las ataduras precursoras y a desayunar el Paladín a la taza con los bollitos de crema recién traídos por Andrés, podría ser, sin exagerar, soberbia. Y a todo esto, nuestro héroe proseguía con sus quehaceres de habitude. O lo que es lo mismo, se le veía dubitativo y a la vez contemporizador, inocente del porqué de la mayoría de las tareas cotidianas y sin embargo ahí estaba él, tendido, superficialmente exhausto, con su pomposa erección contestataria y las más que indiscretas secreciones de rigor esparcidas por cabellos, barbas y sábana bajera. Mi hijo Jesús me deshonra los lunes por la tarde y no hay derecho a tanto sinsabor, ratificó al vacío momentáneo del recinto. Vacío momentáneo porque en menos de lo que tardaría Correcaminos en cruzar el Mississippi de puntillas se le allegó al pelele Jessica Albina, la stripper number one de la casa y la reina de los atuendos increíbles a ofrecerle con ternura un cafelito o lo que fuere. Deberíamos recapitular y apuntar que desde que irrumpió de madrugada y dio por terminada su media docena de Larios el infeliz se mantuvo a palo seco. En las horas transcurridas no se le notaron ganas de comer ni de beber, nada que no fuese dar rienda suelta a su intelecto y, de paso, a nombrar pero sin nombrarlo el regodeo inveterado de algunas concubinas afectas al Desirée 25 bastante inestables, jopela. Así que vamos a ir recomponiendo poco a poco el escenario. Ellas enfrascadas en sus acaecimientos. Nuestro eminencia, en cambio, repartiendo por activa y por pasiva su desnudo y sus formas correctas de hacerse a un lado por la habitación y los pasillos adyacentes. En el espacio intermedio, la cochinería de la alcoba (condones de tristes pretextos ennegrecidos y marranos, toallas empapadas que dan susto, formas hexagonales de la ruina, plexiglás y perfume Don Algodón y suspensorios) disimulaba su atolladero con desdén. Jessica Albina intervino en el sector y se interesó por Geraldine para tratar de ponerle remedios caseros al azar. Remover la barredura, fregar las asperezas del prohombre, retrotraer los plásticos y disimular esas sábanas Burrito Blanco de los cojones con publicaciones deportivas del mes de octubre. Dicho y hecho asomó Geraldine provista de su arma reglamentaria y enseguida se constituyó un grupúsculo informal de abanderados de la sanidad y del baldeo. Aseverar que el día era radiante.

(continuará….)

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