Las putas de Dios (3)

© Fotografía: Divina Quinina.

© Fotografía: Divina Quinina.

Continuamos con la publicación por entregas de un nuevo relato del poeta de Riello afincado en Avilés, que consta en total de seis capítulos y un desenlace, ilustrados expresamente por la fotógrafa leonesa Divina Quinina.

Por LUIS MIGUEL RABANAL

3

La habitación se tornó de súbito en habitación de locos, ya lo era en los preliminares pero entonces nadie daba crédito a los sucesos acaecidos por mor de una agilidad pluscuamperfecta. Los clamores no cesaban, el espanto y la sospecha del anciano no desfallecían, se le veía disfrutar con las benevolencias. Y para rematar la melancolía le llegó la hora a él de cumplir con los excesos naturales y retirando su condón de aquello alargado y aún en parte endurecido surgió un escrúpulo, un chorro gigante entre sus manos. Pero nada que ver con el esperma tradicional, a dónde vamos a parar, sino un surtidor de algo oscuro y viscoso que inclusive podría ser petróleo, ante lo cual las doncellas, alborotadas y aún sin recuperarse de los júbilos aquellos, volvieron a gritar aunque en esta ocasión gritos afables, somos ricas, señor, ya somos ricas. La bulla, la hora inoportuna, el silencio y el descanso del resto del inmueble, la luminosidad de la mañana, el caos afín. De tal manera se entorpeció el catálogo de sonidos embarazosos y de burlas que repentinamente formalizó su aparición Geraldine en la pieza con Mari Carmen, en los últimos días de severa baja temporal por desarreglos menstruales esta última, a poner orden por allí. Geraldine era la propietaria de la empresa. Su rectitud, y su equipación de látex (aquel negro ropaje con orificios únicamente para ojos y pezones, y una ranura técnica a la altura de la boca, por supuesto), fueron la comidilla no sólo de las jóvenes de la agrupación sino también de los parroquianos insolentes. Su corpulencia y el flagelo facilitaban contenidos al revoltoso, al borracho perdido, al peteneras. No hubo desorden a donde no acudiese ella, haciendo chasquear su látigo con arte, portando su fusil de asalto Kalashnikov con proyectiles de fogueo colgado en la espalda de forma harto innovadora. La biografía de Geraldine, Gerarda en su faceta profesional pasada, podríamos colegir que fue chocante. Casi que amasó una auténtica fortuna como guardia real, concretamente echando pulsos y ganando apuesta tras apuesta a sus compañerotes de armas y a algún viandante reputado. Nadie la ganaba, ella no era consciente de su fuerza y los demás caían, uno detrás de otro, en las redes de sus brazos de osa fronteriza. Tal fue la fama que se extendió por los cuarteles de invierno que un buen día se enteró el mismísimo monarca de su habilidad y la retó con todo lujo de detalles, a las seis en mi despacho, hija. Allá se trasladó la cabo primero Gerarda Campos convencida de que por la tarde se embolsaría una buena cantidad de duros. Hubo “algo” que le hizo cambiar de táctica y toleró que el paisano tumbase su brazo de cualquier modo entre risotadas de las suyas. A partir de aquella práctica negativa, en cuanto pudo recogió los dividendos y desapareció de la milicia por la puerta de reclutas, escupiendo flema gorda a los retratos generales por aquí y por aquí y por aquí. Perdón por el circunloquio. Al parecer, ningún cliente ha averiguado la identidad genuina de la jefa Geraldine, y no será por ofertas endiabladamente sustanciosas. Pero ella erre que erre, indumentaria negrísima de látex, taconazos, sonora fusta y metralleta para amedrentar al díscolo. A lo que vamos. Lo primero fue sondear a las gemelas por el origen del barullo, que qué se habían creído, que si no se avergonzaban, a esas horas armar aquel pifostio. Sin embargo, no pasaron los segundos cuando se apercibió de la negrura diseminada por la alcoba y las salpicaduras alojadas en cristales. Estas hermanas son de lo que no hay, necias, más que necias. Menos mal que aquellos plásticos del Todo a 100 resultan al fin y a la postre de una utilidad incuestionable. Las muchachas le presentaron los informes y la condujeron al caudal encontrado en las ropas y el cuerpo del anciano. Anciano que al descubrir la mole de mujer no se le pasó por la cabeza nada menos que exponer: el demonio nos sacude del sueño con tenazas, claraboyas. Geraldine lo miró con terrible frialdad y siguió el relato apasionante de las niñas. A decir verdad lo que más le impactó fue la anécdota de la eyaculación original, y no digamos cuando Maribel y Casiopea rompieron a implorar para contarle el palmario origen de la excitante cuchufleta. Aquel placer inicialmente doloroso que abocaba después en aquella energía perturbadora, jamás habían presenciado tal portento, lo juraban. Mari Carmen, mosqueada por tanta intriga tonta no pudo reprimirse y se aproximó al egregio para palparle la punta desde atrás. En un primer estudio no encontró rareza orgánica alguna, no siendo una diminuta protuberancia en la base testicular izquierda del inquilino. Nada grave, nada que no tenga remedio con un buen masaje silencioso, sancionó, para a continuación tomar aquello entre sus manos blandas y agitarlo, primero torpemente y después hasta un límite de raro paroxismo que el anciano finiquitó entre manantiales sucesivos de la materia puntualizada hace unos renglones, gritando sin control: me matas, los lazos de la salud han vuelto a desmayar. Geraldine comprobó in situ la nula invalidez (física, porque de la otra mejor no comentamos) del brioso, mesó igualmente la barba blanca y el cabello blanco y le consultó amablemente si tenía frío, y que si le apetecían más muchachas levantaba a la Jennifer, que desde que se exhibió él de madrugada con naturalidad en el local no le había quitado ella el puto ojo. Leche negra para mis ovejitas negras, está visto que se ha adueñado de mi vientre bajo Satanás. Ante tamaña contestación no sólo ordenó despertar para él a Jennifer sino que, aprovechando que Silvana Ortega hacía su entrada subrepticia de la calle a esas horas porque había salido anoche a instruirle un trabajito de urgencia al señor alcalde (pedáneo) y la cópula debió de alargarse más de lo debido, también la llamó desde arriba y que subiese súbito que aquí el bondadoso necesitaba carne fresca,coimes. De agradecer era comprobar que el aparejo del bendito persistía hirsuto para cualquiera que deseara pasar un rato remunerado porque con sólo estirar el brazalete había efectivos para repartir entre todas con simpleza. Acotada la avería, Geraldine arrancó del armarito la bolsa con las pertenencias del magnate y se la llevó con ella y ya más tarde se tratará el fondo del reparto con más calma. Ante la incomunicación fortuita el anciano pensaba que aquello era una contingencia inexplicable y por más que pretendía recordar suponía sólo que estar allí era el destino de cualquiera. Cuando Silvana Ortega catalogó el espectáculo no lanzó un grito de desmayo porque era muy prontito y en ayunas no daba más de sí. Analizó cómo aquella porquería había trepado hasta aposento tan señero. Pactó con Jennifer unas regletas y las dos se emplazaron a frotar el cristal de la ventana colmado de mejunje impredecible. Mientras ellas se afanaban, el personaje advertía y advertía su erección inmune, correosa. Las dos mujeres reparaban en él sin creerse del todo la apostura, ahora se ponía bocabajo para roncar con los ojos abiertos como se sentaba en la silla de invitados para reírse aturdido de su risa. En medio de una de las gentilezas Silvana se atrevió a preguntarle el nombre, o el sobrenombre, lo que fuese, a lo que él, cabreado, le espetó: soy Dios y algunos se me postran, mi hijo Jesús no me quiere ver ni en pintura, dice que creo cosas, de la nada, candiles de la noche, del silencio puercoespines. Caray, suspiraron al unísono, cómo está la tropa. Recogidos ya los útiles del crimen, digo del amoníaco y las lejías, cuchichearon para diseñar un programa no sé si irreverente pero sí festivalero, como no podría ser de otra manera a esas horas de la mañana saludables, las nueve en punto. Ajeno a la conjura, el patricio se consumía allí entre el albur avaricioso de las obras en tanto Casiopea y Maribel, sus amores primitivos, pobrecitas, unos cuartos más al sur, seguro que retorciéndose aún entre sueños ignorantes por los pasados goces y el tiempo que faltaba, para qué si no tanta doblez. En iniciación impetuosa Jennifer rompió el fuego entregándole al bandido sus labios completamente limpios, texturas para otros, silencios que el descortés no va a entender y tiene los huevazos de increparle a la consternada de esta guisa: mi hijo Jesús se cree cosas, se pasa hablando a todas horas que su reino no es de este mundo y que Magdalena le tirará flores cuando pase con la burra, mi hijo Jesús tiene una burra que se llama Platera y está como una cabra, mi hijo Jesús, no la burra que tan sólo es una burra. Acudió en su auxilio Silvana aplicándole al lumbrera un poco de seriedad en los asuntos del amor de amanecida, amor tan improbable como la luna triangular reflejada en el retrovisor sin azogue del Kadett de Don Francisco, el arcediano, y amor este del que se divulgan tal infinidad de sensaciones interesantes y seductoras que no nos tomaremos la molestia de aludir en la presente, que ya va cargadita de dislates. Decídete, mi amo, le susurró metiéndole la lengua en el olvido de su oído Jennifer queriendo estar apasionada para él, como si no tuviera lugar en su interior una falta de coraje contrastada con una falta de coraje aún más inverosímil que habría de extrañar hasta pasada la semana de tormento. Por qué no jugar al corro de la patata con las nubes, se pudo escuchar en una voz melodiosa en la archifamosa Habitación de los Orgasmos Preteridos, voz del fenómeno clamando en el desierto de su pasmo una lúdica avidez para principiar de nuevo la jarana: ya, a lo perrillo. Arrodillose Silvanita y presurosa se dejó vencer contra sus manos altaneras. Jennifer le siguió el juego al profesional de la prosodia y ambas aguantaron allí expectantes, cumpliendo su destino de mujeres a punto de ser horadadas agradablemente por el rabo irreductible del previsor que las miraba tan pronto con estupefacción como con anomalías azuladas. Besó el cuello de la Jennifer y le hincó ligeramente el codo en los riñones pero duró lo que dura un bostezo. Separó su carne y se introdujo cual infante soñando con un atónito placer desfavorecido. Ella, sin aliento, concibió de repente en su mirar que en el pezón izquierdo surgían llamas verdes y blancas y amarillas espantosamente bellas, la luz de la mañana jamás podría desdecirse. Al cabo, luego de haber sentido en su pecho la vorágine del daño más atroz, se dejó ir en aquella postura victoriosa y el bienestar inundó su miocardio de delicias debidamente fragmentadas. Me muero de gusto, me muero de gusto, aseguraba. Había otro cuerpo que querer al lado, otro cuerpo que obligar a pasar por travesura idéntica y en ello se afanó el caballero de la sonrisa triste. Silvana Ortega se hacía la muda después de entrever el estado en el que se eternizó su compañera, tan altiva en otros lances, anda que si ella contara. Soy mero espectador de vuestra intransigencia, predicaba el caritativo entre dientes mientras su función con la señora se limitaba por el momento a escoger de la bandeja ideal de profilácticos uno con sabor a menta y a rocío y a ponérselo de pie. (Nadie quiso mirar por qué Jennifer lloraba).

(continuará….)

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