Las putas de Dios (1)

© Fotografía: Divina Quinina.

© Fotografía: Divina Quinina.

Iniciamos la publicación por entregas de un nuevo relato del poeta de Riello afincado en Avilés, que consta en total de seis capítulos y un desenlace, ilustrados expresamente por la fotógrafa leonesa Divina Quinina.

Por LUIS MIGUEL RABANAL

¿Qué es la historia? Aquello que no puedes tocar.
ROBERT LOWELL

1

El anciano se adentró en el local con entusiasmo, tocando palmas, tocando muchas palmas. No es que aquel día el ambiente en el Desirée 25, a las cuatro menos cuarto de la madrugada, fuera de una apabullante animación, (pongamos que la patrulla rural de la guardia civil y un hostelero de Zahínos, más sendos viajantes de arroces Sos y de conservas Miau y algún despistado de Frejenal al que mejor no referirse) pero la entrada del sujeto, ataviado con un fresco y elegante traje de lino blanco, camisa de seda blanca y corbatita color magenta y, por si fuera poco, luciendo una larga y blanca cabellera, así como una barba blanca de patrón mayor de ballenero, tuvo que ser, como mínimo, chocante. Jennifer Fonfría, hermosa como siempre, nada más reparar en él se le acercó corriendo a preguntarle si el vestuario provenía de la marca del celebérrimo ‘Emilio Tuchi’ y el look del tal Llongueras. Mi hijo Jesús quiere ingresarme en un geriátrico, fue la lacónica respuesta de aquel hombre. Dicho lo cual, se dirigió a la barra dispuesto a refrescarse y le pidió algo a la joven Holanda Acosta que aguardaba con impaciencia la visita. Como qué, indagó ella ardientemente. Una botella de ginebra Larios y después otra y por si acaso otras cuatro más, por favor, tengo una sed impresionante, y una de Málaga Virgen para matar el mal aliento. En eso basó su perorata para, impertérrito, adicionar, así, como si nada: también tengo moscas en las orejas y en los ojos. El meapilas no dejaba de sorprender a las y a los presentes, ni con su porte ni con su oscilación ni con sus peculiares vicisitudes de tontito. Es más, algunas cortesanas permanecían, amén de desocupadas, hechizadas con la visita del señor tan misterioso, a más no poder cuando extrajo de uno de los bolsillos exteriores de la americana un abultado fajo de billetes de 10.000 pesetas para depositar en el mostrador generosamente tres papeles. Al instante, las gemelas Maribel y Casiopea, que venían atisbando en segundo plano el bulle-bulle de la sala, se le colgaron del brazo con cariño, lo cogieron de la mano sin olvidarse las botellas (y para su particular esparcimiento unas copas de champán con unas rodajitas de limón y de chorizo) y se lo llevaron al reservado de referencia, el ocho. Tranquilines allí ambos, como él no hablaba y se limitaba a ingerir Larios con tragaderas tales como las de un maleante de Almería que conocieron las dos allí una tarde mismamente, le sonsacó Maribel con educada urbanidad que cómo se llamaba. Soy Dios, exclamó aturdido entre trago y trago el caballero. Se rieron ellas con finura mientras se ventilaba él la primera botella sin querer dárselas de dandi, mirando para el techo y aparentando no interesarse demasiado por las peques, quitándose de encima de los hombros sus abrazos, de los muslos sus caricias, esas correrías del mal vivir que tanto mencionaba el poeta turcochipriota Baltasar. Acto seguido le venció la tentación y consintió en que Casiopea le mesase los cabellos con jovialidad desconocida. Parcialmente compensado, se dignó reanudar la predicación otro poquito: las ceremonias del pecado no son contributivas. Ellas se miraron entre risueñas y asustadas y continuaron a lo suyo, discutir delante de él las peripecias de la noche a punto de cerrar y, entre abridera de boca y chisme, no descuidar ni en un momento servirle ginebra en vaso largo al honorable y más ginebra. Ahora bien, a estas alturas no encubriremos que se comunicaban por señas algo así como que el tipejo este está para encerrar. Y es que la jornada se apuntaba a dar las patadas de rigor con el sueño y el cansancio a la selecta clientela de las circunscripciones referidas. Se cobraban los pluses indecibles, aparecían chicas desbocadas, se regalaban tres o cuatro besos por dos duros, se iban separando las parejas, se ocultaban golpes y sonrisas que no eran. Importaba un rábano, nuestro gran protagonista proseguía sin inmutarse con su Larios en la mano y con la incertidumbre a cuestas y el futuro hecho una piltrafa. Visto lo visto del percal, Maribel y Casiopea porfiaban en meterle en cintura con su prestidigitación periódica, mas él se defendía cuando la primera ambicionaba practicarle molinetes con los brazos mientras que la segunda tomaba sus rodillas para restregárselas con tino entre canción de Supertramp y sofocón de Sergio Dalma. Por lo pronto, advirtieron desde ya que nada de nada de fornicio. Hasta que se les incorporó por lo bajo la Eleanora para interesarse por el tema e investigar con sagacidad escrupulosa en qué punto aquella relación dejó de ser tremenda. Ella, la más perspicaz del clan de féminas cordiales, la más indulgente en sonreír detrás de la cortina rosa del recibidor noir pero bastardo, la depositaria de las habilidades menos contenidas y la más disciplinada y asimismo la más terca. No se sabe si fue por la cháchara de Martínez Eleanora o por haber concluido con satisfacción la media docena de botellas de ginebra y haber hecho uso del colutorio malagueño, la cosa es que el dependiente entró en razón y rompió a parlotear una serie de locuras como la que sigue: el día es frío, el correveidile espera, y otra más: si aquí se viene a lo que se viene, se me abra de piernas ipso facto, Maribel.

(continuará…)

  1. muy bien, supongo que así es, tal cual es el lugar, y el momento.

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