Las putas de Dios (2)

© Fotografía: Divina Quinina.

© Fotografía: Divina Quinina.

Continuamos con la publicación por entregas de un nuevo relato del poeta de Riello afincado en Avilés, que consta en total de seis capítulos y un desenlace, ilustrados expresamente por la fotógrafa leonesa Divina Quinina.

Por LUIS MIGUEL RABANAL

2

Una vez pronunciadas las palabras de la discordia, el acertijo supuso una peripecia espectacular en la sala de consejos, o sea, en el reservado número ocho, justo en horario de echar la persiana al chiringuito y a pesar de que los del instituto armado se oponían no muy lejos de allí con fervor a relegar tanta molicie. Entre la audacia y el arrastre, Casiopea no probaba sino a intentar apartarse del conjunto, pero con solicitud fue impelida y conminada por el insigne, previo desembolso de otros tres papeles de colorín azulado, a participar en la aputeosis o verbena. Helos aquí a los tres, por fin fiscalizando sus carencias con las manos singulares de las golfas, ahí no, que me derrito, se le escapaba al doble de Gregory Peck o de Cantinflas. Ante tan variada perspectiva, la incomodidad y el deterioro de los años del maromo, los deseos tristísimos y vehementes de no estar, se encaminaron con cierta premura a la alcoba del norte a yacer cómodamente en una barca atenuada de colonias lúcidas y de sandeces graves, del prototipo de cromatismo baladí. A dónde me lleváis, perversas, se oyó sondear al pie de la escalinata de caracol con resuelto rumbo al paraíso, tan lejano de aquel otro valle inadaptado, qué delirios. La ascensión resultó maravillosa. El prójimo en el medio, Maribel abriendo la ruta hacia el oprobio, Casiopea quitándose los pantys a saltitos y, cerrando la expedición, las miradas curiosas de la naturaleza doblegadas allá abajo, (partiéndose de risa Eleanora, atusándose las mechas de tigresa Holanda y Concepción Arenal, que concurría para aplaudir semejante transferencia, bostezando con primor desde su dilecto taburete). A partir de ahora el mundo se ausentaba para ellos, se hacían a un lado de la noche y de la hora intempestiva, usuarios del desorden, conocedores de una dicha diferenciada que ya veremos cómo conseguimos concluir. Lo primero, al llegar a la Habitación de los Orgasmos Preteridos, bautizada así desde tiempo inmemorial puesto que allí ni el Tato se corría, quizás por el nauseabundo color de las paredes o por las abundantes transferencias permutadas, lo primero, reitero, fue cerrar la ventanita. No en vano las damiselas estaban convencidas de que a la facundia del hombrecillo no le quedaría ni una gota de leche en el capullo. Así y todo, por si un casual, Maribel se afanó en pegar en el mobiliario con cinta cerrajera (o carrocera, qué más da) unos plásticos humildes para protegerlo del incómodo salpicar del mercader. Me miro en el espejo y en vez de arrugas veo constelaciones y sapos de cría, mi creación yéndose al garete, se pudo escuchar en el cuarto con exacerbada sequedad. Cansados sin tener mucha idea de por qué, los tres se sentaron en el borde de la cama igual que tres adolescentes pensativos. El provecto sentíase angustiado, se le veía pesaroso, miraba a las muchachas y seguía sin prisa allí sentado, pensando en positivo o no, discerniendo que la suerte le había jugado aquel día una pasada formidable. Veamos, que ya está bien de coñas, dinos cómo te llamas, se interesó con porfía Casiopea. El caduco, mirándole directamente la entrepierna, le respondió lo de anteriores ocasiones, soy Dios, más un inciso interrogante: ¿no te das cuenta, oh putana deliciosa? Sonrisas, sonrisas. Por qué perseverar allí sin más afecto que el de las alboradas interminables, un beso para después y una oscura gana de oscurecer contigo, bobo amante suicida. El caso es que se decidieron a buscar la cripta sinuosa y dieron con el artilugio menos cierto. Ayudando con devoción al individuo a despojarse de la chaqueta, sopesaron sin tardanza que había un peso contundente en los bolsillos, exteriores e interiores, y de inmediato aparecieron fajos y más fajos de billetes de 10.000. Ellas se contemplaban levemente amilanadas, él se dejó hacer sin inmutarse, por lo cual prolongaron las doñas el acto vergonzoso de desnudar al que no sabe y se sorprendieron por añadidura mucho más porque el abdomen del anciano se veía completamente circundado de diversas fajas con cartuchos de billetes, montones de billetes, montones de cartuchos. La repera, esto es la repera, clamaba Maribel. Asentía el divino como en un misterio practicable. Por momentos sonreía, manifestaba tener sed aunque ya le habían repetido veinte veces que las botellas de Larios del almacén se esfumaron por su culpa. Probó a palpar con exquisitez los pechos de la amiga Casiopea y ella lo detuvo avispada, dulcemente. Antes había que poner a buen recaudo el patrimonio, al lado de su traje blanco y su camisa blanca y su corbata de un tono magenta especialísimo, todo bien doblado, todo en su bolsita con la etiqueta U. Los tenedores y los compases no silabean bien la mortadela, explicó mientras le animaban a introducirse en el tálamo nupcial las dos señoras. Apenas hizo falta persuadirle. A las siete y seis dio comienzo el espectáculo no sin primeramente sustraerle los calcetos, rojos, no fuera a ser que alguien narrara las descripciones por ahí y no sería apropiado reproducir la escena en pormenor. Y de nuevo la cara de pasmo de las damas porque en los tobillos, férreamente atados, aparecieron sendos fajos del peregrino capital. Ante esta revelación le rogaron con sonrisita encantadora un desembolso previo por apremiante desgaste corporal, 40.000 era lo corriente, le espetaron. Y por el preservativo otras 20.000, aproximadas. No dijo que no, por lo que, ahora sí, se entabló la francachela mientras que el resto de la población del Desirée 25 descansaba tan ricamente los aciertos y los enigmas de la noche. Hoy, lentejuelas con chorizo. Lo que tú quieras, ya más tarde cocinamos para ti, tesoro, le contestaba Casiopea al funambulista en voz susurro. Podría argumentarse que la estampa venía a estar compuesta por los tres tendidos y consecuentes en aquella cama con forma de incauto corazón, en el centro siempre el suplicante y, a ambos lados, esperando las hermanas la densidad de la indolencia. No se entretuvo la inspiración en llegarle al síndico, de rodillas, a lo perro, ordenaba con aplomo. Se urgió Maribel a reubicarse en tanto que Casiopea recelaba un cachito de aquel prócer celestial. A fuerza de costumbres se dejaron de pijadas y observaron la cara del sumiso fijamente para saber a qué atenerse, para evaluar la aceleración de su latir, para tomar su miembro con soltura y aborrecer aquella historia sin la violencia del piano de Richard Clayderman, en bajito para no despertar el reposo a las amigas, oiga usted. No fue necesario ningún preámbulo latoso debido a que el aparato del senil, quién lo diría, como que proporcionaba gusto verlo. Milagros de la especie humana, fábulas del deseo que mueve las farolas, gloria bendita, enormidades. Yo no le cogí a Jesús los pastillajos de Viagra, proclamó el intruso al destapar sus miradas retadoras. A lo hecho, pecho. Bastaron dos empujes en la genitalidad de Maribel después del forcejeo para que se sintiese poseída incontinenti por algo prodigioso. Era lo mismo que si ardiera el cielo de su boca. Tratábase de un dolor intenso que se convirtió, por arte de vete tú a saber qué mago coreano celebérrimo, en un gustazo que se generalizaba como alondra desmedida, lanzaba pequeños gritos de placer por la hondonada, se mantenía de hinojos y sus gritos pequeños cambiaban de registro y se lucían hacia adentro, ensimismados, para al poco volver a expandirse y resultar, ahora sí, fenomenales. Era una delectación redonda, coño, pero por primera vez sin coño. No menos tranquila fue la cópula de Casiopea con el don. Sobresaltada y contaminada por el griterío de aquella Maribel irreconocible, se le ofrendó al tunante con presteza y sin decir ni mu se dejó manipular. Ocurrió lo que tampoco había sido muy habitual en su experiencia dilatada, unos embates del viril y luego de enunciar con serenidad el ínclito, el amor, un vaso de ginebra repleto de agujeros, le empezó a escocer la pantorrilla derecha, primero de forma liviana, y a punto estuvo de precipitarse a la cocina a la caza de unas aceitunas calambreras, para al cabo convertirse en un regocijo localizado en el gemelo recurrente, no un placer cualquiera, no, un placer barroco, profuso, exuberante.

(continuará….)

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