“Siempre es de noche en los bolsillos”. Tomás Salvador González

Portada del libro.

Portada del libro.

“Siempre es de noche en los bolsillos”
TOMÁS SALVADOR GONZÁLEZ
edita: papelesmínimos
Madrid, abril 2014

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Reproducimos el texto de presentación del libro “Siempre es de noche en los bolsillos”, de Tomás Salvador González, leído por Ildefonso Rodríguez en la Fundación Segundo y Santiago Montes de Valladolid el viernes 25 de abril de 2014.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Buenas tardes:

   Ante todo, celebrar, brindar por el nuevo y hermoso libro de nuestro amigo Tomás Salvador González (a partir de ahora, Tomás, con tu permiso). Tener una vez más la oportunidad (y las que vengan, ojalá) de repetir aquellas palabras de Saint-John Perse que me vuelven siempre en ocasiones semejantes, desde que las conocí, son casi ya un amuleto, una llamada al porvenir de mis amigos escritores; son las palabras de la “Canción” que cierra su Anábasis: “Pero de mi hermano el poeta se han tenido noticias. Ha escrito de nuevo una cosa muy dulce. Y algunos tuvieron de ello conocimiento…”.

   Yo quisiera hacer un relato prologal, como aquel que hizo José-Miguel Ullán para Esencia y hermosura, de María Zambrano. Creo que es lo mejor que yo puedo hacer en un prólogo o en una presentación. Un relato. Además, no debería restarle al propio autor ni una sola de las palabras que él nos pueda decir sobre su libro, antes de ponerse a leer los poemas.

   ¿Qué relato prologal podría hacer yo? Uno de los míos, errático y merodeante. Y como no voy a ponerme a contar mi vida, aunque fuera mi vida con el autor, la historia de una amistad, pues voy a contar algo de mi vida como lector de Tomás. Al menos, el lector que soy YO de este libro.

   Una primera lectura, inaugural, iniciática de toda la poesía de Tomás (y por tanto ya de este libro) sucedió hace muchos años. Fue aquella una de las lecturas más intensas que yo he tenido nunca.

   En abril del año 1988, viviendo nosotros en Inglaterra, en Birmingham, me envió Miguel Suárez sus Ediciones Portuguesas, y allí estaba Aleda, el segundo libro de Tomás, un par de años después de La entrada en la cabeza (la mano que pela una naranja en la portada, el dibujo del autor…). Yo lo conocía manuscrito, que en el caso de Tomás viene a ser casi como ya impreso, tan cumplida es la caligrafía de su lápiz (la mía siempre ha sido estropajosa, como la definía mi abuelo, el maestro Don Eutimio). Pero el cuaderno de las Portuguesas se desplegó ante mí como la primavera que estaba viniendo. Yo me sentaba a la orilla de un canal, tan industrial y tan inglés, y leía una y otra vez los poemas de Aleda, veía crecer flores, la naturaleza real y la escrita se me confundían, se ramificaban, se entrelazaban. Llegué casi a aprender de memoria los poemas, como el propio autor los sabía. En la soledad de aquel paraje, tan alejado de los nuestros familiares, de la Parra, cómo sonaban allí las palabras del libro, cómo cantaban en medio del inglés (cerrar el cuadernillo, irse al pub y pedir una pinta de cerveza).

   En este vicio mío o abuso que es hacer de presentador de libros ajenos, ya alguna otra vez me he referido aquí mismo a aquella experiencia de lectura absoluta. Creo que lo hice al presentar es brizna, de Marcos Canteli. Aludí entonces a cómo un nuevo libro que me atrapa restaura un estado originario de lectura poética, sin poner distancia alguna, es casi como vivir dentro del libro, emocionado. Así fue entonces, literal, en aquel abril de la otra vida.

   La segunda lectura (aunque fuera ya la tercera o cuarta, porque siempre, entre nosotros, va y viene el manuscrito) sucedió hace nada, en la Sanabria Profunda, en la casa amiga de Pedrazales. Dejándome llevar por el placer de ir pasando las hojas de un libro tan hermosamente editado. Al aire libre, con sol, pájaros cantando y yo tocando, entre poema y poema, algunas frases en mi clarinete.

   Parecería que sólo concibo la lectura de la poesía de Tomás en un medio natural, abierto, como si no le convinieran los interiores (“cada vez se parece más a una película de interiores”, es un verso suyo). No es así, hay también un lado oscuro, de noche cerrada, donde luce una luz en una ventana o un farol a lo lejos. Pero lo abierto, en el sentido rilkeano, le conviene mucho a esta poesía. La experiencia de Rilke con un árbol, árbol adentro, está asumida. Una naturaleza abierta, pero también secreta, como sellada, que resplandece con toda su evidencia: discurren los signos de lo real visible. “El núcleo de la realidad es el sentido”, escribe Bruno Schulz. Voy a leer un único poema de este libro (no me perdonaría chafarle a Tomás sus planes de lectura, en el caso de que tenga algunos: pero sé que puede resultar enojoso, más de la cuenta, el presentador que va leyendo los poemas que uno pensaba leer en su turno, cuando por fin le llega), mi única demostración, mejor mostración de lo que intento decir:

“En el poema / no vemos las raíces. / A oscuras viven las raíces / como todas las imágenes que vuelven. / En el poema crece un árbol”.

     Y lo que leí el otro día, entre cánticos de pájaros y notas del clarinete, está en continuidad con toda la escritura de Tomás, son las palabras suyas, pero las escribe como si le fueran entregadas en custodia por alguien venido de lejos (el huésped, el forastero, el escondido, el padre en la lejana escuela), y luego él fuera a entregárselas a otro: a un lector que es él mismo, en ese desdoblamiento de identidades que Tomás logra reunir de un modo tan personal. Para mí Tomás compone la imagen del escritor, a mano, sólo lápiz y papel, como Fernando Fernán Gómez (con estilográfica) lo hacía en la película de Erice, El espíritu de la colmena: el amor a los útiles y protocolos mismos de la escritura. Tomás entrega su escritura a un huésped, le cede el asiento en su silla de escritor. Como dice un proverbio sufí: El mejor maestro está sentado en tu silla.

     Esa imagen del escritor sentado ante el papel me lleva ahora a ver más correspondencias: pues aleda es la primera cera con que las abejas untan por dentro al colmena, el primer espíritu de la colmena.

     Y sigue ocurriéndoseme, en el baile de las palabras, que Aleda nos lleva a Aldea, que es, me parece, el núcleo de este libro, el novum, lo verdaderamente nuevo. Como si esas dos palabras, bailando dos letras, fueran acrónimos de la poética de Tomás.

   Y aquí traigo a cuento otra imagen de ese lector que he ido mostrando. Pues yo soy el lector que soy (y ahora lo soy de este libro) y el escritor que intento ser, gracias a un descubrimiento esencial que, también casi en la otra vida, me hizo Tomás, un regalo para siempre. Un día de hace cien años me regaló Las tiendas de color canela, del polaco Bruno Schulz.

   A propósito de Schulz, ha escrito John Updike: “La experiencia personal debe asumirse de un modo cabalístico. Esta fórmula aparece en gran parte de la ficción moderna y, pese a que lo deseemos, es difícil de trascender. Ser nosotros mismo es la única experiencia religiosa que todos poseemos y es sólo parcialmente compartible por medio del habla y el arte”.

Y, refiriéndose a la cuestión eterna del Arte y la Verdad, cita al propio Schulz: “¿Dónde podrá guarecerse la verdad, dónde podrá encontrar asilo si no existe lugar donde alguien la busque…?” .

   Como Schulz, Tomás la ha buscado y la ha encontrado; ahora nos entrega, en los capítulos de este libro, pero de un modo muy especial en Aldea, una paradójica riqueza, un tesoro encontrado en medio de unas circunstancias que, históricamente, podrían parecer de pobreza aldeana, nuestras infancias pobres y fascistas, como escribí una vez. Personas, Cosas, Animales, Lugares, vistos bajo una luz, que me gustaría llamar la luz del mito, del cuento detenido, una luz que conocemos bien los lectores de Schulz o a quienes nos gusta la película de Fellini, Amarcord. Las láminas (los cromos) de un fascinante álbum de la infancia.

     (Tengo copiado en mi cuaderno el poema “La era”, cuando lo conocí, y lo he leído poniéndolo al lado de otro mío donde sale la era de mi abuelo, en un sueño que titulé “La fábula del Minotauro”. En la comparación, sin más valoraciones, crece en mí la confianza en la poesía como un habla de amistad, sostenida a lo largo de la vida. No haré un repaso de amistades: sólo de esta poesía amiga, la que me habla tan de cerca, me reafirma en la pasión de la escritura —tan temprana fue, ahora tan tardía ya—. Eso que provee la poesía de Tomás, como lo hace la de un forastero, un desconocido, un viajero en el tiempo, un huésped que se queda a vivir con nosotros: llámese Schulz, Trakl, Eliot…).

     Hay un poema en Aldea, “La noche más hermosa” (otra vez el título de una película, ahora de Gutiérrez Aragón, pero es que Tomás es un devorador de pelis y, además, como gran narrador, las cuenta de miedo —perdón, sé que no te gustan las de miedo, será que te dan miedo) que me lleva a otro de Aleda, y eso no es repetirse, eso es poseer una poética: un sistema, en el sentido de reunir una serie de imágenes que retornan, vuelven con más o menos frecuencia. Imágenes pivotes, sobre las que gira la poética: el árbol, cité antes, o el corro: esos corros que están desde el principio: en La entrada en la cabeza, (“sólo las muchachas hacen corro debajo de la encina grande”, en Aleda (“el corro de los mudos”). En un poema de Aleda se lee: “se encaminan los pasos a la estación abandonada, vivos y muertos se juntan en el corro, rebrotan las acacias sólo por una noche y el tren es ese estruendo que enmudece a los pájaros”. Es una escena originaria, contada una y otra vez, pues tiene ese poder de los sueños o de las fantasías de Bruno Schulz, como son también en este libro las diversas escapadas del niño o la figura del padre.

   [Un inciso: Creo que el poeta es también, necesariamente, un narrador. Narrador deriva originalmente —nos recuerda Miguel Morey refiriéndose a Malcolm Lowry— del latín gnarus, que significa “el que ha visto”.

No le queda más remedio al poeta que ser un narrador: estuvo allí y vio. Ahora tiene que contar lo que ha visto, tiene que arreglárselas para dar visibilidad, de un modo u otro, a su manera, abrir una ventana para contar algo de lo allí vio.

   ¿Qué viste allí?, le pregunta el lector. Y el poeta como si fuera un regresado, viene de Eleusis (o de su misterio personal), vio algo y tiene que contarlo. Si no nos lo da a ver, es prueba de que no estuvo allí o que no vio nada].

   Tomás conoce, desde su inicio mismo como escritor, la condición poética del acto de narrar. Poetizar y narrar: la urdimbre de toda escritura, porque en ambos lados hay relato, imagen, reverberación simbólica. El formidable narrador oral que es la ha hecho manejar eso que define en su única novela (por ahora), El territorio del mastín: “La seda del ilusionista, anuncia el truco, pero no lo desvela”.

   Un modo de narrar que en este libro tiende a prescindir de las extremadas elipsis de sus poemas de cortar y pegar, elipsis en las que es un maestro, y se atiene más bien a aquel axioma que escribió una vez: “en todo bulle un presentimiento, también en las palabras”. Con una tensión relajada, con la mayor y más difícil de las naturalidades, los poemas de Aldea son memorias una infancia que ya pongo a lado de Dinde, de Luis Feria, por decir un libro que me gusta mucho. Infancia: El título de este libro, Siempre es de noche en los bolsillos, son palabras dichas una vez por un niño.

     De un modo u otro, los diversos capítulos del libro nos preparan para llegar al núcleo, desde la poderosa invocación del principio, “El huésped”.

En la cubierta se hace referencia a poéticas halladas en tres pintores fundacionales, Lorenzetti, Giotto y Piero della Francesca. Sobre sus nombres giran los primeros capítulos del libro. Son poemas que tienen ese trato con las cosas y los seres que sólo conozco en poetas como Tomás, un cuidado, una atención, un modo de mirar únicos. Varios poemas se resuelven como rituales de una piedad comunal, necesaria hoy más que nunca. Para ir terminando, voy a leeros unas citas de los Carnets de Marcel Camus que se refieren muy de cerca, creo, a algo de lo que se lee en estos poemas. Escribe Camus: “Lleva tiempo percatarse que los rostros de los primitivos florentinos son los que se encuentran todos los días en la calle. Sucede que hemos perdido la costumbre de ver lo esencial de un rostro. Ya no vemos a nuestros contemporáneos, no tomamos de ellos sino lo que sirve a nuestra orientación (en todos los sentidos). Los primitivos no deforman, realizan”.

   Y en otra entrada: “Los Giotto de Santa Croce. La sonrisa interior de San Francisco, amante de la naturaleza y de la vida. Justicia a aquellos que tienen gusto por la felicidad. Luz dulce y fina sobre Florencia. La lluvia espera y dilata el cielo. Entierro del Giottino: el dolor en los dientes apretados de María”.

   Y en otra, ya para terminar: “Florencia. En el rincón de cada iglesia, puestos de flores, mantecosas y brillantes, cándidas”.

   Y yo añado: son las flores de la infancia, a plena luz cegadora.

   Muchas gracias por vuestra atención.

Tomás Salvador González, durante una lectura de poemas en el Ateneo Varillas (León) el pasado mes de febrero.

Tomás Salvador González, durante una lectura de poemas en el Ateneo Varillas (León) el pasado mes de febrero.

Un Comentario

  1. son los libros que mis manos cuidan, y buscan como enamoradas fieras para devorar infinitamente.

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