Perros, collares y formas de gobierno

"Soy una reina". © Fotografía: E. Otero.

“Soy una reina”. © Fotografía: E. Otero.

Por ANTONIO BERMEJO PORTO

Con la abdicación del Rey, la imputación de la Infanta, el descrédito de la clase política y la ascensión parlamentaria de los pepitos grillo, vuelve a plantearse muy minoritariamente la reivindicación republicana. La razón está con los defensores de la República, el utilitarismo con los demás.

Quienes defienden la forma de gobierno republicana no desconocen que las monarquías constitucionales no son obstáculo alguno para la democracia, aunque bien es cierto que le cierran al ciudadano de a pié la posibilidad de ser Jefe de Estado. Se trata de parecidos collares para el mismo perro que es la clase política, de la que suele decirse que cada país tiene la que se merece, al fin y al cabo los políticos salen del pueblo y potencian sus bajas pasiones al pisar la alfombra roja de la impunidad. El perro en cuestión lleva un flexible collar del que solo se le puede tirar cada cuatro años. Salvo en los momentos previos al tirón electoral, campa por sus respetos, se come cuanto encuentra y ni vigila ni trabaja ni hace compañía. Y aunque luce la rojigualda y la flor de lis tiende a ponerse morado.

Incidentalmente cabe decir que la bandera republicana además de simbolizar el cambio radical en el sistema de gobierno, pretendía con la inclusión del tercer color el reconocimiento al pueblo de Castilla como parte vital de un nuevo Estado, bajo el supuesto de que los colores rojo y amarillo representaban a los pueblos de la antigua Corona de Aragón y creyendo erróneamente que la bandera de Castilla había sido morada.

En España el Rey impuesto por el Dictador tomó en su día un camino insólito para muchos que permitió una transición política del feudalismo a la democracia. Le plantó cara al 23F, acalló pacientemente el ruido de sables de los militares cesaristas del Reino y le dio la vuelta al “atado y bien atado” del General bajo palio. Eso es ganarse el puesto y no lo de Nicolás Sarkozy. Por cierto, el que un Presidente republicano pueda acabar en la trena lo justifica la pérfida utilización de sus amplios poderes, el Rey puede ser inviolable ya que no manda más que en su Casa y todos sus actos han de estar refrendados por el Gobierno.

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