Querido diario (48)

Presentación del libro "Una habitación en Europa", de Avelino Fierro. © Fotografía: Paco Gómez.
Presentación del libro “Una habitación en Europa”, de Avelino Fierro. © Fotografía: Paco Gómez.

Tras la presentación de su primer libro, “Una habitación en Europa”, el autor reflexiona sobre las dificultades y fracasos de los escritores noveles —a partir de un artículo titulado “Dejar de ser invisible”, publicado en la revista “Clarín”— y reproduce el texto leído el pasado 10 de julio, en la Fundación Sierra Pambley, donde presentó su libro acompañado de Julio Llamazares, Héctor Escobar y un montón de amigos.

Por AVELINO FIERRO

En un número de la revista de literatura Clarín, puede que del año 2011, venía el artículo “Dejar de ser invisible”, sobre las dificultades y fracasos de los escritores noveles. Por aquel tiempo yo escribía perezosamente de vez en cuando algunos folios, y cuando tenía reunidos 15 o 20 se los enviaba a mi editor. Luego, Alberto Rodríguez Torices los maquetaba con mis dibujos y los enviábamos a los amigos por correo electrónico. Yo los imprimía en papel porque tenía, y sigo teniendo, la manía de leer oyendo el ruido de las hojas al pasar.

Ese artículo comienza con la historia de Felipe Alfau, un escritor secreto, tardíamente descubierto y al que va a visitar Juan Bonilla a un hogar de ancianos de Nueva York, donde residía y percibía una pensión de indigente.

Ya bastante demenciado, el escritor no puede tener esa entrevista y Bonilla redacta un artículo sobre él. Después escribiría sobre la dificultad que tiene un libro para sobresalir entre el resto de novedades y tituló ese artículo “La necesidad del doble”, donde un editor recomienda que el autor contrate a alguien que, como un payaso, diga disparates que capten y multipliquen a los periodistas y lectores. En mí esa estrategia ha dado resultado, porque he comprado la última novela de Alberto Olmos, “Alabanza”. Y me he arrepentido.

Por cierto, debo de andar un poco infectado por todo esto de la literatura: el otro día creí ver a Bonilla por la ciudad, ¿era su doble? ¿Soñé que mi amiga Cristina me había dicho que el cuentista se había venido a vivir aquí?

Sigamos con las desgracias que acechaban en el artículo de Clarín al escritor novel. Tendrá que hacer “marketing ridículo”, preguntar por su propio libro en las librerías en las que no lo encuentra. Tendrá que presentarlo, exponerse, hablar en público, que es todo lo contrario del acto de la escritura en soledad. Someterse a los entrevistadores. Tratar de salir en la televisión y de colar alguna expresión que luego se repita, no pasar sin pena ni gloria, algo del estilo de “he venido a hablar de mi libro…” con cara de enfado. Buscar la promoción en las redes sociales.

El objetivo principal, dice el articulista –recordando una frase de Cheever– sería llegar a convertirse en una imagen de marca. También sirve de mucho que un crítico te encuadre en un grupo o generación, como ocurrió con los “nocillas”. Otra estrategia sería el enviar tu libro a un autor de renombre con la esperanza de que éste lo lea y hable de él. Ganar un premio literario…

Mi mujer leyó el artículo de Clarín antes que yo y recuerdo que me abrazó con ojos llorosos. “Siento una pena inmensa al ver que todo eso –esperó a decírmelo un día en que yo numeraba a mano los folios de lo que pensaba que sería mi primer libro– no va a servir para nada”.

Pero no era el caso. A mí me había venido a ver El Editor. Yo escribía con una pluma de las alas de mi ángel de la guarda. Podría haber conocido a la hija de Patrick Modiano tocando la guitarra en las calles de París, como le sucedió a Tristan Egolf, o que Juan Gelman me hubiera presentado al editor de “Tierra Firme”, como le sucedió a Fabián Casas, o escribir en el periódico local y que Gimferrer pasara por aquí haciendo el Camino de Santiago en bici…

Nada de eso me estaba sucediendo. Yo era un escritor por encargo. Es cierto que luego esa editorial exquisita para la que yo escribía, “Los libros del Oeste”, quedó sumergida como la puesta del sol. Pasó más de un año. Y me vino a ver otro Editor que debía de saber lo del manuscrito perdido y olvidado en el cajón. “No sabemos si ha nacido una estrella, le dije a mi mujer, pero no me negarás que estoy teniendo suerte”.

Así que he dejado de ser inédito o invisible. “Deberías publicar, vas teniendo una edad…”, me había dicho por aquellas fechas el director de la misma revista en la que habíamos leído aquel artículo que te podía llevar al abandono de la escritura, a la desesperación, al suicidio. (También es cierto que en él aparecíamos retratados, caminando de espaldas, varios escritorzuelos. ¿Íbamos alegremente en pos de la inmortalidad?)

Y hace unos días se presentó “Una habitación en Europa”, un libro de poca fe, descreído, obligado, no demasiado querido, como esos niños que te vienen a la familia un poco a desmano y con la nariz demasiado colorada.

La presentación resultó muy concurrida, tanto, que mucha gente se quedó sin acceder al salón de actos de la Fundación Sierra Pambley, que es amplio. Sería que acaeció “una conjunción planetaria”, decía yo a algunos, recordando la frase de aquella chica del gobierno de José Luis. Quizá. Y mi buena estrella. Y mis buenos, mis queridísimos amigos. Hasta apareció un grupo numeroso con azadas, horcas y desbrozadoras comandado por Nino: la gente de Promonumenta. Y Paco Solana e Isabelita García Lanza y Pablo Abraira y Vicente Gordón, con Fernando al lado. Y Emilio, Luis y Gema, la jefa de prensa del Musac. Y los chicos del Tam-Tam. Y Evelia, y Marisa C. y una rubia que va mucho por el bar de Chisco. Y Pati Boado, al que no vi, pero del que me contaron que vendió algunos cuadros en la puerta, aprovechando la afluencia del gentío. Y Luis y Piedi, Shelly, Eva María y Yolanda Corredora, Richard y tantos otros… Gracias a todos.

Ese día Fulgencio escribió en La Crónica un artículo en el que sólo le faltaba pedir a las Academias de habla hispana que me concedieran el Cervantes. Y después de eso se publicó una entrevista en el Diario. Gracias a Emilio Gancedo, y a Marciano, que hizo las fotos.

He lamentado el no incluir en el libro un pequeño índice de nombres. Personajes de andar por casa; tenderos y tasqueros; funcionarios, familiares y gentes de la farándula; huelguistas de hambre, anarquistas y escritores diplomados en fanzines… Y lo tendría que haber titulado, como el poema de W. H. Auden, “Solo para amigos”.

Doy aquí, en el “querido diario”, el texto que más o menos quise leer en ese acto. Es la versión corta.

Hace unos días me llamó Emilio y me dijo que no me dejase arrastrar por las turbulentas aguas de la fama. Le dije que en aquel momento estaba en la ribera del Curueño, que bajaba escaso, manso. No he sentido nada extraño. Ahora mismo estoy viendo caer la tarde de este día de verano. Y a la primera de cambio, como el tiempo se revuelva y el azul cambie de tono, soy capaz de sacar adelante un par de folios. Va a resultar que soy un auténtico profesional, un escritor por encargo.

*

PRESENTACIÓN DE “UNA HABITACIÓN EN EUROPA”
(10-Julio-2014)

Buenas tardes; gracias por estar aquí.

Gracias a Julio por sus palabras. Es un lujo tenerlo con nosotros. El día que lo llamé teníamos goteras en casa y yo estaba doblado por el lumbago. Cuando me dijo que podía venir, todo se arregló. Pero esto no sale gratis, tiene sus costes. Empecé a agobiarme pensando en qué podía decir tras él sin hacer el ridículo. Pensé que la mejor manera de atajar los nervios era escribir lo que diría a los asistentes. Querido auditorio, un poco de paciencia, aguanten unos 17 minutos y medio. Ahí les va.

He escrito unos folios para este momento. Siempre administré muy mal el tiempo. Soy muy dado a la digresión, me voy siempre por las ramas. Lo escrito te amarra por la pechera, te fija al suelo, te encarrila el discurso. Hace un poco de flotador, de salvavidas en un mar de dudas.

Gracias por acudir a este lugar, a la Fundación Sierra Pambley, donde todavía queremos oír los ecos de aquellos que hace algo más de un siglo querían regenerar este país.

Gracias a la Fundación, gracias a Maleni Corral: estamos, sin duda, en el mejor de los lugares.

Hablaban los hombres de la Institución Libre de Enseñanza de educación y cultura, de pedagogía y deporte. En el libro se habla algo de educación, nada de deporte. Nada de deporte –¡qué error, es lo que más vende!–. Sólo hay una pequeña referencia a mi condición de merengue que alguien me obliga a confesar en una visita a Barcelona.

Podría haber escrito algo sobre el juego de bolos –algo autóctono, que también vende: los hay que compran todo lo que gira alrededor del leonesismo. Uno querría tener ese sentimiento, pero no soy capaz, a mi pesar: el libro discurre en gran parte por las calles de esta ciudad, pero su nombre no aparece nunca; para eso ya tenemos a concejales, dulzaineros, las cunas del parlamentarismo y el Santo Grial–. Y eso que siempre he tenido presente la frase de Durrell, “amas una ciudad cuando amas a uno de sus habitantes”. Y aquí está mi gente, mis queridos amigos. Pero no tengo el gen del localismo ni la líbido del nacionalismo; esos pretextos utilizados tantas veces para el inmovilismo, hablar del pasado para que nunca llegue el futuro. En el libro hay paseos por la ciudad, recorridos por la provincia, viajes por la vieja Europa. ¡Por favor, que el mundo es ancho y ajeno, y ameno!

Podría, digo, haber escrito sobre la lucha autóctona, los bolos o el juego de la rana. Ahí sí podría recordar algunas buenas partidas en Santiagomillas o en el patio de la casa de Julio en La Mata, a la sombra de la catalpa.

De lo que sí se habla es de viajes y excursiones y sobre todo de lecturas, y de los amigos y maestros, y del paso del tiempo, y de los días y noches de la ciudad.

Gracias a Julio por darme ánimos desde que amagué con esto de empezar a escribir, por aguantar y seguirme el juego, por hacer conmigo –como los futbolistas que se entienden– la pared. Yo avanzaba en territorio ignoto, no era buen jugador, era un mal pasador, pero siempre me ha devuelto la pelota. Gracias a él y a su mujer, Cecilia, buenos amigos y por ello, algo faltos de sentido crítico, por decirme que este libro tenía que publicarse.

Gracias a Mar, mi mujer, secretaria y consejera. La mejor cazadora de erratas que conozco. Algunas son tan puñeteras: están y no están, desparecen de un día para otro y vuelven a posarse luego en los renglones sin que nos demos cuenta. Tengo de ella a veces una imagen como esa de la foto de Nabokov con el cazamariposas. Yo cazo adjetivos, tú, lepidópteros caprichosos. Y es correctora de estilo. Algunas veces hemos discutido –uno tiene su orgullo–; pero he acabado siempre dándole la razón.

Gracias por la repetidas lecturas, podas y sulfatados. Algunos pulgones de barriga hinchada de la prosa, lo casposo del texto, han desaparecido gracias a ella.

Porque yo no he vuelto a leer el libro. Si escogía al azar algún párrafo no me reconocía en él, o no me gustaba demasiado, lo habría redactado de otra forma, o aquella idea la habría expresado de otra manera.

¡Pues sí que estamos aviados!, dirán ustedes. Pues sí, he venido a hablar de mi libro, qué esperaban, pero he venido a hablar mal.

Uno es como es. No soy persona de profundas convicciones. Cambio a menudo de opinión. Tengo las cosas poco claras, no colecciono certezas…

Por eso en estos escritos están todas las dudas del mundo, muchos “puede”, “quizá”, “debería”… Soy poco asertivo. Eso no le gustaba nada a mi amigo Manolo Cerebro, al que iba mandando copia de lo que iba escribiendo. Me daba dos consejos: Pocas referencias a la realidad, que eso luego envejece mal –y hay muchas, la verdad– y nada de “quizá, quizá, quizá…”, que eso sólo vale para los boleros.

Así que no sé si lo escrito merece la pena. O es que a uno le da un tremendo pudor sentirse o que le vean como escritor. Quizá por eso no escribo otra cosa que diarios, un género impuro.

Y puede que escriba diarios porque no me queda más remedio: No creo tener el don de la fábula ni el de la poesía. No tengo imaginación, no creo mundos, no sería capaz ni de escribir una novelita negra de esas que están de moda. Hay dos o tres cuentos en el libro, pero son cuentos ásperos, llenos de aristas, como de realismo sucio.

Hay dos o tres intentos más en clave humorística: “Ese es el registro en el que mejor te mueves”, me dijo un amigo. No sé…

Lo que sí hay son algunos personajes legendarios. Como esos de los que habla Luis Mateo Díez en ese breviario para escritores que le editó Manolo. Son personajes provincianos, sois algunos de vosotros, que fatigáis estas calles, recorréis las noches, que transitáis por la vida como sonámbulos iluminados.

Y cómo no voy a hablar mal de mi libro si es que la criatura me ha nacido con muy mala cara. Si es que la portada original tenía un color del azul del cielo de los escritores y al volver de Asturias, desde la imprenta a la que lo habrá mandado por ahorrarse unas pesetas el editor, quizá al pasar el puerto, ha venido con muy mal color, de un gris enfermizo, sin melanina en la piel. Ha nacido ya así, enclenque, no sé si sobrevivirá en el mundo agrio del mercado, de la selva de los escaparates de las librerías, de las exigencias de los lectores.

Sigo tirando piedras contra mi tejado, pero el psicólogo me lo ha aconsejado sabiendo que iba a venir aquí. Me dijo: es un paso importante en tu vida, sé honesto, verbaliza tus más íntimas pulsiones, no vuelvas a recaer en tus inseguridades, en tus miedos, en los lloros y en el tranquimazín.

Y no tengo el don de la poesía. Sólo sé leer todos los libros de versos que puedo. Y emocionarme. Y encomendarme a las musas del Olimpo. A mí se me aparecen, no como a Hesíodo cuando cuidaba su rebaño en las laderas el monte Helicón, sino cuando me veo desfallecer. Hay dos poemas en el libro –¡vaya cosecha!–, los dos malos. Uno pensado en el hospital, pensado porque no podía escribirlo, ya que estaba lleno de goteros, vendajes y agujas intravenosas. Otro en el invierno parisino, que una vez redactado envié a un poeta, Toño Manilla, y lo corrigió, le dio tanto la vuelta que no lo reconocía ni su padre, o sea, yo.

En fin, al menos, si la poesía se me aparece en los momentos de flaqueza puede que consiga gracias a ella tener un bonito epitafio.

Sigamos con los agradecimientos.

A una lectora, Marta Fiocle, a quien también quiero dar las gracias por su esfuerzo. Marta, que sabe leer entre líneas y oír entre las notas que deja la música en el aire.

Gracias a Alberto Rodríguez Torices, que maquetó las entregas de estos diarios y así pudieron llegar –¿recordáis?, han pasado casi 4 años– a muchos de vosotros. Gracias, porque me regaló la idea del “Diario de los nombres”.

Gracias a José Luis García Martín, que publicó el primer capítulo, el “Diario before London”, en la revista Clarín. Gracias, porque nuestro mejor crítico de poesía, muestro mayor lector, no tenía ninguna necesidad de reparar en algo que empezaba tan dubitativo y provinciano. Gracias, porque me insiste en seguir con la publicación en papel de los textos del “Querido diario” que vienen apareciendo en la revista cultural digital “Tam-Tam Press”. Su actitud para conmigo siempre ha sido un acicate, un estímulo.

Gracias a Javier Cardo, porque dibujó la portada y el cartel y el logo del grupo de música de mi hija, La Pesadilla de Le Corbusier.

Gracias, y así se hace constar en el libro, a Manuel Vicente González, Manolo Cerebro. Sin él “Una habitación en Europa” no existiría.

Allá por la primavera de 2010 yo había escrito tres o cuatro cuentos. Manolo dirigía por aquel entonces una editorial exquisita: “Los libros del Oeste”. “Reúne algunos, me dijo, y sacamos un librito”. Insistió tanto, fue tan persistente a pesar de mis negativas, usando –a veces– tantas tretas, que por eso las palabras iniciales del libro son estas: “Este es un diario por encargo”.

Gracias a nuestro actual editor, nuestro animoso Héctor Escobar. Gracias, porque los ácaros y los puntos de óxido estaban creciendo entre los papeles ya olvidados de lo que hoy es este libro en el fondo de un armario de mi habitación. Sigo diciendo eso, “papeles”, y no digo “olvidado en un archivo de Word” porque iba imprimiendo algunos capítulos, porque uno pertenece a una cultura de agrimensores y también porque venimos de una cultura del tacto, de la posesión.

Así que iba imprimiendo para tocar los papeles. Y para olerlos. Y puede que ahora haya publicado también por eso, porque, como decía Umbral en La noche que llegué al Café Gijón, “cuando me preguntan por qué saca usted tantos libros, les digo que por el olor, y no me entienden”.

Gracias a Raúl, su socio, el hombre tranquilo.

Gracias a Agustín Berrueta y José Ramón Vega por cederme sus fotos, y sus textos. Las fotos son ahora esas postales que se regalan con el libro. Este libro, ya se dice en la solapa, es una miscelánea, pero también una obra coral: han colaborado tantos amigos, que después de estar impreso he caído en la cuenta de un imperdonable error: no hay un índice de nombres. Para que todos estuvierais ahí, al lado de Valéry o Rilke, o de Svetlana, una rusa despampanante. Hubiera sido un bonito regalo. Pido perdón por ello. Pero a cambio, para compensar, tenemos los carteles y pegatinas de Miguel Salguero.

Pero, sobre todo, este es el libro de un lector agradecido. Gracias a los amigos y a los maestros ha visto la luz: gracias a Auden y Larkin, a Gaziel y Pla, a Steiner y Zweig, a Camba y a Ruano… Si sigo escribiendo es porque sigo leyendo. Eso mismo decía el narrador americano Richard Ford en una entrevista reciente: “Se escribe porque se lee”. Y yo añadiría: “Se lee para vivir”.

Y puede que lo anterior sea tan evidente en estos diarios, que hizo que alguien haya escrito lo siguiente: “Es el libro de alguien que no se cree su propio libro. De un escritor muy habilidoso, con recursos. Pero de un escritor al que quizá le está estorbando su propio libro”.

No me descubrieron con ello nada nuevo. Ya lo dije, este es un diario por encargo, es el libro de alguien que no se cree su libro porque tampoco se cree escritor: alguien que escribe las tardes de los viernes. Como decía Umbral: “nunca he creído en los escritores de domingo”, que viene a ser lo mismo.

Dejemos claro entonces lo siguiente. Es el libro de un lector que no cree demasiado en lo que escribe, pero que sí se fía bastante de lo que lee. Al fin y al cabo es lo que importa. Nada proporciona tanta riqueza. Ya dice Harold Bloom que sólo la lectura atenta y constante proporciona y desarrolla plenamente una personalidad autónoma.

Otro inconveniente de este libro del que tendría que estar haciendo una desaforada publicidad: en él he querido meter el mundo, el mundo literario de un lector en una botella. Así que la intertextualidad y la cita excesiva de autores, puede que pongan palos en la rueda de la lectura, que arruinen el estilo. Yo creo haber enganchado en mis escritos posteriores a este libro, un cierto estilo, lo he agarrado por la cola. Aunque eso del estilo es meterse en mojigangas místicas y mistagógicas, como decía nuestro mejor escritor sin estilo, Pío Baroja. Ya escribió D’Ors en una de sus glosas que el estilo es como las uñas, más fácil tenerlo brillante que limpio.

Así que estábamos en que el libro es un diario. Un diario de alguien que no se cree escritor. ¡Qué pretencioso!, dirán. Pues sí, porque lo normal es que la gente halle ridículo que no siendo alguien famoso, viejo o difunto, publique un diario.

Pero cada uno tenemos nuestros recursos para sobrevivir, para combatir el desaliento, para remediar alguna de nuestras manías. Esto de escribir no llega a ser una farmacopea efectiva todas las veces, como una buena dosis de ibuprofeno que todo lo espanta; puede que se quede en infusión de hierbas o placebo, o en algo homeopático. Y puede que me haya servido para lo que he escrito después. Este libro sería –como tituló Ferlosio un escrito suyo– la forja de un plumífero.

Y el género del diario en estos tiempos impíos puede que sea más que otro tipo de escritura –esta es una parrafada de Marta Sanz– no sólo un supositorio anti estrés, sino herramienta crítica para ver, pensar y actuar de otra manera. Lente de aumento o metafórico adoquín contra el escaparate.

Así que, ¿dónde estábamos? En lo que es más evidente, de justicia, para este acto: en los agradecimientos.

Gracias quiero dar a la pandilla de la Universidad y del restaurante de la Rusa y a mis amigos del cocido de Cuca la Vaina que marca el inicio del viaje de todos los años a los Ancares y a los dominios de Yuma.

Gracias a Nicolás Miñambres por leer el libro y no poner pegas sino alabanzas.

Gracias, claro está, –y ya se dice en la solapa del libro– a la poesía, pero, como dice Azúa “Sobre la poesía, cuanto menos se diga, mejor. La poesía es la verdad del arte”.

Yo he ido tantas veces en busca de ella… En busca de frases como la de uno de los libros que ahora leo, el Diario de un extranjero en París, de Curzio Malaparte: “De la calle subía un olor a pan tostado, el olor fresco del pavimento húmedo y ese olor sutil que tiene el aire de París al amanecer, cuando el polvo se despierta y se desvanece”.

Marta, mi hija, y mi nieta, Libertad, están ahora en París. Estarán sintiendo eso mismo y cómo sus risas alegres corren de tejado en tejado.

Gracias al clima de esta ciudad, gracias, porque te permite hablar del paso del tiempo y de las estaciones, del frío en las sienes y de la lenta nieve, “la bianca neve scender senza vento”, como escribió Cavalcanti viéndola caer sobre el paisaje toscano.

Y a la niebla, por esa tregua especial, tan sosegada y sin embargo tan festiva, como dice Auden.

Gracias a mi ventana, a la ventana alta de la habitación en la que escribo, que enmarca un trozo de mundo y en la que se dibujan las rayas lívidas de los amaneceres y el incendio de las nubes a la puesta del sol.

Gracias, claro, a Borges, porque me recuerda que hay que dar las gracias por la diversidad de criaturas que forman este singular universo; por el amor, que nos deja ver a los otros como los ve la divinidad; por la música, por algunas músicas que me acompañaron tantas tardes escribiendo, misteriosa forma del tiempo. Mi hijo Javier sabe que la música –así lo decía Nietzsche– es lo único que nos acerca a la trascendencia.

Gracias a los que no pueden estar y querían hacerlo: a Marta y Libertad, a María, que está siguiendo en Roma la ruta de la gran belleza, a los amigos de Ibiza, a José Luis Conty que surca ahora el mar con otros veleros de Europa, a Andy que se ha reunido estos días con sus padres en tierras de Portugal.

A los presentes, a los seguidores del diario en el “tamtam”, a los Manillas y Tomés, Isas y Beas, Martas Prietos, que son tres como las Gracias, a las Mares de mi vida, a los Leteos, que me permitieron velar mis primeras armas en su revista. A Epi por estar siempre ahí, como Alberto del Río. A los que están en el diario y ya no están con nosotros, Toño Fortes y Luis Santamarta. Gracias a Eloísa, Camino y Sergio, y a Fulgencio y David Rubio. A Javier, que ha cambiado el turno. Al grupo del Miserias…

Una puntualización para los más jóvenes: estos grupos que menciono lo son de amigos de carne y hueso, no virtuales, no son grupos de Whast app. En el libro se habla de la literatura en Internet en tono jocoso o en contra, por supuesto. Ahí está el ejemplo del Facebook: para que se reconozca tu valor tienes que exhibirte, colocarte en un escaparate. Esta es una frase del filósofo alemán Byung-Chul Han.

Y lo de la lectura en los e-books, ¿qué queréis que os diga? Lo contaba ayer mi cuñada: Me llevé estos días a la playa un libro precioso, precioso. Me ha encantado, pero no consigo acordarme del título, como vas de página en página… Gracias de todos modos a los que habéis colgado en Facebook el cartel que anunciaba este acto.

Gracias al grupo del Quindós, del Santo Martino, del Belmondo y, por supuesto, de El Cuervo. A mi hermano y la gente de Salamanca, a mis libreros, a Paco Gómez, a mis padres, a Carmen y Jose, Isidro y Maika, a mis amigos madrileños, a Diego y Oli, a una amiga de Valencia que me “cuelga” en la Red, a mis amigos y lectores del gremio jurídico y a todos los que caben en estos puntos suspensivos y finales que ahora anoto. Disculpad tamaña injusticia, pero los no citados –y sois legión–, por favor, sentíos nombrados así.

Muchos sois personajes de este libro. Gracias por vuestra amistad, por vuestra inteligencia, por vuestro ingenio, por vuestras vidas puestas al lado de la mía en estas páginas. Todos sois, de alguna manera, coautores.

Para finalizar, una advertencia de parte del editor: El aparecer en el libro no da derecho a participar en los beneficios. Al parecer, alguno se lo ha comentado antes de comenzar este acto. Pero yo no estoy muy de acuerdo. Creo que podemos hablar de forma asamblearia y bolivariana sobre ello. Si no es para la primera edición, creo que para las siguientes se podrá establecer que quien es nombrado se lleve parte del precio. Pero es complicado. Veamos ejemplos. Tacho Getino y Edu Fidalgo salen citados tres veces, pero Pablo Bonorino tiene una página para él solo. ¿Cómo establecemos un criterio de remuneración? ¿Cómo llevamos a cabo esta idea que, bien mirado, es muy novedosa, es un crowdfunding a la inversa? También se podría hacer un descuento progresivo y personalizado por la compra del segundo libro, que aparecerá en la Navidad del 14 o primavera del 15.

Podríamos, podemos, establecer un turno de intervenciones sobre esto, que yo moderaré si os parece bien. Aunque también podemos irnos a tomar unas cañas para celebrar esta puesta de largo.

Más información:

1 Comment

  1. El otro día rebusqué en la web “El caminante sobre el mar de nubes” de Caspar David Friederich. Es una pintura en la que aparece un hombre sobre unas rocas, de espalda, admirando un mar de niebla que oculta todo lo que se sitúa por debajo de sus pies. Es fácil suponer que es un retrato imposible del pintor pues es difícil verse de espaldas en plena naturaleza sin ningún artilugio que facilite la posibilidad de alterar la realidad. Sea quien sea el protagonista, yo sé que está mirando por nosotros y así quedamos a la espera de que se vuelva y nos dé a conocer todo lo que ha contemplado. Como estoy seguro de que C. D. Friederich no llegó a conocer a Avelino Fierro y como además la melena del retrato elimina todo asomo de sospecha, podemos afirmar que el pintor no se inspiró en él. Sin embargo, la escena es muy similar a otra imagen que podríamos titular: “el caminante que mira por la ventana alta de su habitación”. En este caso, el viajero sí nos desvela sus reflexiones.
    Gracias a ti, Avelino y a todos aquellos que tienen la culpa de este hoy nuestro libro

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