Fundación

Fundación Merayo, en  Santibáñez del Porma.

Fundación Merayo, en Santibáñez del Porma.

Por LUIS GRAU LOBO

Hemos sabido de su existencia por el periódico, aunque en sus páginas no haya merecido tanta atención como las “apuestas” y demás palabrería de los políticos acerca de proyectos culturales con más presupuesto o rimbombancia pero con mucho menos corazón y certidumbres. Llegamos a mediodía de un sábado (apenas abren estas mañanas y las tardes de jueves y viernes) y tardamos en localizarlo, titubeando en el caserío ribereño de Santibáñez del Porma, lugar que no parece haberse percatado de la suerte que le ha caído con la obstinación y el entusiasmo de Ángela Merayo, llegada de tierras más propensas a estas utopías a pequeña escala, a la escala de las verdaderas utopías, las que cuajan. Apenas parece haber hecho aprecio porque nadie ha asfaltado el camino y ni siquiera hay señales que lo indiquen…

Nada más descender del coche, nos recibe como si supiera quienes somos y que veníamos. Y nos acompaña durante la visita por ese destartalado caserón eclesiástico que aún despierta ecos de chavales entregados a una divinidad ausente. Sus paredes adustas albergan ahora las obras que, por más de un centenar, ha emplazado Ángela entre artistas de aquí y de allí. Nombres sabidos y, muchos, nuevos para nosotros… telas al viento, lo llama. Un viento que se entremete en este patio enorme en el que ella quiere congregar sus sueños. Cada obra, cada nombre, cada rincón resuenan en su voz con la ilusión de algo que se siente dentro y sin sombras. Una fundación.

Y justo en el momento en que uno empieza a pensar que para qué todo este esfuerzo, para qué tanto empeño, sin ayuda pública, y para qué estos planes en la edad en que la mayoría de la gente se jubila o lo desea, para qué si quizás sean pocos los que lleguen o lo valoren… justo en ese momento, ella nos mira y dice: aún falta obra por llegar; y nos detalla la próxima actividad. Y los ojos se le iluminan con una sonrisa que lo explica todo. Por eso, gracias a todos sus cómplices y, sobre todo, gracias, Ángela.

(Publicado en La Nueva Crónica de León, el 9/8/2014)

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