Castrillo de los Polvazares y sus ilustres vecinos

Bronia Perlmutter. Fotografía: Berenice Abbot

Bronia Perlmutter. Fotografía: Berenice Abbot

Por ANTONIO MARTÍNEZ
astorgaredaccion.com

En los años 80 Bronia Perlmutter, viuda de Renè Claire, pasaba largas temporadas en su casa maragata. De aquel potente huracán que la trajo al terruño desgastado y pobrizo de Castrillo de los Polvazares, estos pasos recuerdo del oro, la rosa sobre un cuerpecillo descarnado.

No manejo fechas sino recuerdos. Era a finales de los años 80 cuando oigo hablar de una mujer francesa que vive en Castrillo de los Polvazares  viuda de un importante director de cine francés. Ella se llama Bronia Clair (Bronia Perlmutter). Luego me entero que el Ayuntamiento de Astorga le va a hacer un homenaje en la figura de su marido, el cineasta René Clair. Junto con dos amigos de aquella época nos vamos en un autobús que sale del Palacio hasta Castrillo donde se proyectan algunas de sus películas; siempre recordaré “Bajo los techos de París”  y “Catorce de julio” ( ambas de 1930 y visionadas en esa hermosa capilla que hay en la parte alta del pueblo y a escasos metros del caserón que habitó durante temporadas de estancia en tierras leonesas. Supe que “Broni” tenía una asistente, confidente y amiga emigrada a Francia desde las vegas del Órbigo; le hablaba tanto de su tierra que quiso conocerla para finalmente encontrar el silencio de Maragatería, como esfera de una vida sin lugar claro de partida. La recuerdo toda luz blanca con la belleza adherida a sus maneras y que después de que se fueran agostos y vinieran septiembres, no volví a saber de aquella presencia más bella que Felicidad Blanch.

Pensé muchas veces en Bronia Perlmutter y todas aquellas preguntas que quedaron sin hacer…, y que el olvido y la muerte harían el resto. Hasta que hace unos meses me encuentro con la reedición de “Conversaciones con Marcel Duchamp” (1966) de Pierre Cabanne, el libro contiene además un apéndice con los tres prólogos que escribió Cabanne para las ediciones francesas, así como textos de Robert Motherwell y Salvador Dalí. En el capítulo “La travesía del Gran Vidrio”  (páginas 87 y 88) cuenta todo lo referido a las proyecciones en los entreactos de un ballet sueco.

Con ocasión de la última presentación del ballet, la noche de Año Viejo de 1924, Francis Picabia y René Clair conciben un pastiche de drama burgués (ciné-sketch) en la gran tradición del burlesco, con su correspondiente mujer y amante, gendarme y ladrón. Entre esos sainetes, aparecen durante un corto instante un cuadro vivo que pone en escena a un hombre y a una mujer íntegramente desnudos, en la posición del Adán y Eva de Cranach.

No hay mucha información sobre Bronia pero descubrí que las hermanas habían llegado de los Países Bajos a París en 1922 cuando Tylia tenía 18 años y Bronia tan solo 16; procedían  de judíos polacos; aunque tampoco está claro ya que también leído que era rusa; incluso el propio Marcel Duchamp así lo menciona. En una foto de Bronia y Tylia Permutter, Bronia, la menor de las hermanas recatadamente previene los ojos, mientras Tylia mira casi con insolencia a la cámara, sosteniendo una “muñeca boudoir” en su mano. Es el gesto aparentemente tímido de Bronia el que me atrae la atención. ¿Qué pensamientos tras esos ojos tristes?

 Bronia y Tylia Perlmutter.

Bronia y Tylia Perlmutter)

Ambas trabajaron de modelo para varios artistas de Montparnasse. Bronia era particularmente popular con Nils Dardel, Foujita y Moïse Kisling ( a menudo actúa como anfitriona de Kisling en almuerzos que organizaba). Bronia también confeccionó ropa para los diseñadores Paul Poiret y Nicole Grolt; ropa que ponía en sus salidas nocturnas.

Tylia hizo apariciones en las obras de escritores de la generación perdida, y Djuna Barnes y Robert McAlmon escribieron sobre ellas, como lo hizo Ernest Hemingway en “A Moveable Feast” (traducido como ‘París era una fiesta’) donde son llamadas simplemente como las dos modelos. Hemingway describe a Bronia como “bellamente construida con una depravación falsamente frágil”. No es sorprendente que los artistas quisieran capturar su belleza, Bronia fue encantadora de una manera etérea, con cabello oscuro y ojos grandes de color gris azulado. Le gustaba bailar y una noche de 1923 en “Le Boeuf sur le Toit” conoció al joven escritor, Raymond Radiguet con quien bailó y enseguida declaró que planeaba casarse con ella. Un celoso Jean Cocteau se sintió herido por la belleza de ambos, y según Bronia, las amenazaba, a ella y a su hermana con deportarlas. La joven pareja se escondió en el Hôtel Foyot para evitar a Cocteau. Pero Radiguet enfermó y murió en 1923 de fiebre tifoidea con tan solo 20 años.

Bronia también hizo una pequeña actuación en “Les galérie des monstres” (1924) de Jacque Catelain que reunió a los “lugareños” de Montparnasse para protagonizar la película; Bronia aparece como una muñeca y Tylia como un malabarista. La película también tiene aspectos por Kiki y una jovencísima Lois Moran.

En diciembre de 1924 Bronia y Tylia fueron invitadas por Francis Picabia para asistir a una representación del ballet dadaísta “Relâche” (‘hoy no hay función’), que incluyó la proyección de un cortometraje, “Entreacto”, Una vez terminado el espectáculo Bronia fue presentada al director de la película, René Clair. En ese mismo mes Picabia pidió a Bronia que participara en una producción, Ciné Sketch, que él y René Clair estaban poniendo después del ballet en víspera de año nuevo. Bronia aceptó el papel de Eva y Marcel Duchamp el de Adán, ambos desnudos (Duchamp tuvo una hoja de Parra estratégicamente colocada), representando el cuadro de Adán y Eva de Lucas Cranach, y que Man Ray fotografió. En palabras de Duchamp: “Eva era una joven rusa, Bronia, que también iba desnuda. René Clair estaba arriba, en los altos para enfocarnos con la luz y ahí fue donde se enamoró de ella. Se casaron meses después. ¡ Ya ve, soy un matchmaker, un casamentero!”.

Bronia y Marcel Duchamp. © Fotografía: Man Ray.

Bronia y Marcel Duchamp- Dotografía: Man Ray

 Los dos se enamoraron y se casaron en 1926. Tuvieron un hijo, Jean-François, que nació en 1927. Bronia dejó todo para dedicarse a René Clair, y seguirían casados hasta la muerte de este en 1981.

Ya no era un secreto, pero aún era un tabú. Raymond Radiguet había sido su primer amor y ella había sido su último amor. Bronia Clair, nacida Perlmutter, no deseaba hablar de aquellos años. Esta silenciosa y maravillosa mujer, que había ignorado las arrugas que se refugiaron detrás de su nombre para no despertar la pasión ardiente de su juventud lejana. Es también, a petición del mismo René Clair por lo que consentiría que se destruyeran las cartas que reflejaban esta llama. Como sea, Bronia y Raymond decidieron vivir en un hotel, le promete fidelidad y jura incluso casarse cuando, de repente, muere con 20 años, “disparado por los soldados de Dios” que había visto en su delirio. Doblemente viuda, un cineasta viejo canoso y un eterno adolescente, Bronia se extinguió casi centenaria, sin jamás haber hecho el duelo de este breve idilio, sin atreverse a su fragancia inolvidable, y todo recogido en  “Bronia, dernier amour de Raymond Radiguet” de Pierre Barillet.

Su hermana mayor Tylia es quien convenció al padre de Anne Frank, Otto, a publicar el diario de su hija Anne.

Saul Bellow cuenta como Artaud invitó a los intelectuales más brillantes de París a una conferencia. Se subió al escenario y comenzó a gritarles, a fabricar sonidos salvajes, mientras ‘el respetable’ pensaba estar asistiendo a una conferencia exquisita , como si el único arte que interesaría a los intelectuales fuera el arte de ideas y desde los alaridos de Artaud, los artistas interesarían necesariamente a esa nueva casta que formaban. De la misma manera que en los alaridos de Artaud (lo no dicho) pensaron que que había mucha tela, a Duchamp lo adorarán cuando vean que la no actividad es su marca de agua.

A Enrique Vila-Matas le debo mucho de todos estos recuerdos (“Conversaciones con Marcel Duchamp”, mi biblia personal desde hace cuarenta años) ya por las durísimas críticas que tuvo el libro de Cavanne en los años sesenta por parte de la intelectualidad, que consideraba que banalizaba la figura de Duchamp, y  no soportaban que al final de su vida diera explicaciones sencillas, sin intenciones secretas de su obra. Los adoradores no quisieron aceptar el lado trivial de su mito. Todo el mundo quiso apropiárselo. Sin embargo, en palabras de Vila-Matas, “Duchamp nunca ha pertenecido a nadie, y por suerte nadie ha poseído nunca su clave, ni nadie desvelará nunca su misterio. Tanto más cuanto no hay misterio ni hay clave”.

Un Comentario

  1. Anónimo

    Este artículo dice toda la verdad.
    He vivido con ella durante 50 años

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