Querido diario (52)

© Ilustración de Avelino Fierro.

© Ilustración de Avelino Fierro.

“En nada ha interrumpido la vida fácil de diario la publicación del libro”. Eso afirma el autor de ‘Una habitación en Europa’, entre las idas y venidas de las hojas de su diario. Sin embargo…

Por AVELINO FIERRO

He comenzado la lectura del nuevo libro de poemas de un escritor mallorquín. En el primero de ellos se habla de la muerte de un amigo. Mientras, a la isla siguen llegando las olas del mar de Homero, dejando en la orilla alquitrán, jibias y cuentas de vidrio pulido. Y aquí, en este amanecer de otoño, dos retazos de nube parecen ir uno al encuentro del otro, tiñéndose de carmín lentamente. Ha llegado una bandada de palomas. Empiezan a volar sobre los tejados. Vuelan y se posan. Vuelan. Y el tiempo no se detiene.

*

Hay días extraños que vienen cargados por la luz y por el aire imprevisible del otoño. Un mendigo se ha sentado en un cartón sobre el asfalto, con la espalda apoyada en un hatillo de mugre al lado de una boca de alcantarilla por la que salen cables de colores. Como si el asfalto bostezara después de lavarse los dientes. Trabajan, con una furgoneta próxima, los empleados de una compañía de teléfonos. El hombre no se mueve, ni ellos le recriminan a pesar de que a veces tienen que rodearlo para alguna tarea. Me detengo unos instantes antes de volver la esquina. Él parece ido; retrasado; de expresión bovina. Mira los cables chillones. Son los rizos de protesta de alguien enterrado en vida. El hombre parece buscar alguno que le aproveche, que le vaya bien a su cerebro para conectar la chispa que lo despierte a otro tipo de vida.

Una mujer acompaña a un viejecito. Van del brazo. Puede que sea un familiar, o alguien de un centro de día y ella una asistente social. Él pregunta por Beatriz y ella le responde: “Muy bien. Se casó hace diez años. Tiene un niño”. Se lo ha vuelto a preguntar tres veces mientras yo los rebaso y me alejo, y ella le ha vuelto a contestar lo mismo. Una cantinela de la desmemoria. Como esas letanías u oraciones que se recitan ya sin significado, que relajan, tranquilizan y adormecen.

Después de pasar la mañana en la oficina, vuelvo a casa. De entre un grupo de escolares, una adolescente rubita se adelanta y me da dos besos. Tardo en darme cuenta de que es la niña de Isabel; su madre la había llevado a la presentación del libro. La pobre estaría aguantando durante más de una hora y por eso me pone cara, viene hacia mí a saltitos, me saluda y me besa. Es uno de los pequeños réditos del éxito provinciano, muy bonito. Un activo de excelente rentabilidad, nada tóxico. Diáfano y puro.

Unos metros detrás, con uniforme de colegio privado, vienen dos gemelos orientales, con el mismo pelo y sus mechones, las mismas gafas y las mismas espinillas. Me hacen comprender, después de tantos años, no el sentido de la vida, sino el de aquel canturreo de los loteros que ahora está en desuso: “Dos iguales para hoyyyy”.

Ha oscurecido ya cuando cruzo la ciudad para ir a ver a Rodera. Frente a la fachada de las oficinas en las que trabajaron mis suegros, un conocido me saluda y dice: “Oye, tú que eres un poco gandul, ¿no sabrías cómo podríamos abrir este coche? Es que a mi amigo se le han quedado las llaves dentro”. “No me atrevo –le respondo–, pero ahora os mando a alguien”.

Vemos el partido en un bar muy poco iluminado. Creo que no estaría de más que señalaran las rutas hacia el servicio o la máquina de tabaco con esas baldosas guíaciegos a rayas que inundan desde este verano la ciudad, y que en los vasos y copas se grabaran algunos caracteres en braille. Hasta la televisión proyecta una luz exangüe. Puede que se deba a que la iluminación del campo de juego sea la que corresponde a ese equipo de Tercera División, que se las está viendo (viendo es mucho decir, ya saben…) con el Madrid. R. saluda a un amigo en la barra, un tipo que se pone a hablar y no lo podemos parar ni dándole la espalda. Tiene en la cabeza todos los datos futboleros del mundo. Pero el asunto no es grave, porque es ocurrente. A una afirmación nuestra de que el entrenador del Barcelona está probando… él es contundente: “Sí, está probando, se está probando, sobre todo, los trajes. No hay manera de que le queden como a Guardiola”. R. se lamenta de que Chicharito esté jugando cedido en el conjunto blanco, le parece una plebeyez impropia de un equipo de categoría. Así pasa un buen rato. Luego, le pedimos a la tasquera que busque el canal en el que dos equipos catalanes juegan la final de la supercopa de esa región. Un anuncio de lo que les espera, con un palco selecto ocupado en gran parte por ese señor gordito que parece no saber gran cosa de fúmbol, un tal Oriol, y un montón de constructores al 3 o más por ciento. Y no pasa res.

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En nada ha interrumpido la vida fácil de diario la publicación del libro. Pero, de vez en cuando, entre la espuma de los días, llegan hasta la orilla de mis rutinas agradables sorpresas: estos libros que me envía de regalo una editorial exquisita, “Días contados” (www.diascontados.es). Es media mañana, estoy en la oficina, abro el paquete y me emociono como siempre, aun sabiendo que lo que voy a encontrar, a acariciar, son libros. Son diarios de Green, de Lafon, de Leiris. Gracias, amigos.

*

Vengo del kiosko de Soco, al otro lado de la calle, de coger los periódicos del domingo. Ha salido el sol, pero han bajado las temperaturas. Estas horas tempranas son una delicia, la calle está vacía, casi no hay tráfico. Por la avenida que se pierde hacia el norte se puede ver a los únicos viandantes que tienen algún sentido: un jovencito que vuelve dando tumbos tras pasar la noche en los afters; un familiar desgreñado que ha estado toda la noche acompañando a alguien en el hospital…

Los periódicos traen en sus portadas fotos y noticias de la penúltima trama de políticos corruptos (¿quién titula esas operaciones policiales y judiciales?, ¿quién impone los nombres a ciclones y maremotos?, ¿y a esa última estrella errante? El que lo hace parece tener al lado una enciclopedia escolar).

No he querido que la kiosquera, que vende pan, libros y dulces para Todos los Santos, pidiera mi libro. Es una vergüenza por la que no quería pasar. He establecido un cordón sanitario de medio kilómetro. Alguna noticia ha salido en los periódicos locales, pero el libro en el escaparate del barrio hubiera sido la prueba palpable, física, definitiva. No soportaría que alguien de la comunidad de propietarios o del bloque de viviendas de al lado me hubiera podido confundir con lo que no soy, con alguien que escribe de propósito, con un escritor.

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El día 12 de diciembre iremos a Oviedo a presentar el libro. Recorto frecuentemente noticias de las páginas de cultura y de los suplementos; algunas las leo y llevo al libro de su razón; otras van a una carpeta que es revisada cada cierto tiempo. De allí irán muchas a la papelera sin haberlas leído, y otras son indultadas, rescatadas, absueltas. Ordenando viejos recortes de periódico dejo apartada una entrevista con Gustavo Bueno. Si he de volver a Oviedo, a la ciudad de mis últimos años de universidad, lo haré bajo su advocación. Él no sé a quién se está encomendando: en la fotografía aparece mirando al cielo y señalando con el dedo. Posiblemente a nadie, y es más que probable que esté pidiendo cuentas.

*

Es 3 de noviembre. Estoy en Madrid, en el acto de toma de posesión de Jose Navarro como Magistrado de la Sala 3ª del Tribunal Supremo. Hay otros nombramientos. Aquello está abarrotado. Salgo pronto, guiado por un ujier a través de pasillos alternativos y otros atajos, y me planto frente al edificio, entre escoltas y chóferes, para ver la salida del personal. El primero en aparecer es el Presidente de la Comunidad. A mi lado, alguien comenta, “mira, ese todavía no está imputado”.

Luego, espero un buen rato a Mar, que viene de un curso para funcionarios en la zona de Moncloa. Cuando llegamos al Club en el que se ofrece un vino español, todavía queda jamón de la Sierra de los Pedroches (de ahí, ¿o es de la Sierra Hornachos? –me dice R. Bayón– salieron los últimos moriscos para fundar una república pirata). Jose ha llevado a sus cortadores. Un cortador de jamón puede ser un buen magistrado del Supremo. La función es similar: se trata de meter el cuchillo –o el lápiz– en algo muy tocho, espesote, y sacar unas finas lonchas o un destilado jurisprudencial que sirva para aplicar un mejor Derecho.

Por la tarde, vamos con Cecilia al Hotel Regina. Hemos quedado allí con Publio López Mondéjar, que nos lleva ejemplares de su libro La imagen de las letras. Si uno se dejase arrastrar por impulsos primarios, le habría saludado con una reverencia –incluso con un spagat– o le habría aplaudido al entrar en la cafetería, o hubiera pedido al camarero que hiciera tintinear una copa golpeando con una cucharilla y anunciara al personaje: “Por favor, señores, guarden silencio e inclínense ante el historiador de la fotografía española”.

Esto no se irá del todo a pique mientras existan personas llamadas por el destino para cumplir una misión. Y los demás disfrutaremos y participaremos de esas labores inmensas que los han tenido atareados toda su vida. Por un justo nos salvamos todos.

Vamos, luego, a ver la exposición de Stephen Shore. Nada que ver, claro, con las fotos del libro. Fotografía fría, documentalista, aséptica, objetivista, teorizada hasta la médula y que está tan de moda –Cecilia dixit– entre los jóvenes fotógrafos emergentes. Pero muchas de estas fotos tienen más de cuarenta años.

En la cena, nuestra amiga, que sigue llevando la batuta del día, inmejorable anfitriona, casi nos da la habitual conferencia madrileña, pero pasan ya las ocho de la tarde, y ante los quesos, anchoas, ensaladas, buenos vinos y carnes que aparecen sobre la mesa, no dejamos que se extienda demasiado sobre las propiedades benéficas del triptófano, la echinácea, el astrágalo y el colágeno marino con hialurónico.

Paseamos la cena hasta la zona de Malasaña. Como todos los lunes, en el Star tiene lugar el campeonato de ajedrez. En el portal de al lado vive Marta Sanz. Le llevo un ejemplar de mi libro, unos dibujos de personajes que dejé en el suyo, Black, black, black, y algunos folios con entradas del “Querido diario”. Nadie contesta al timbre, y como es noche cerrada y no encontramos el interruptor de la luz, no podemos ver la escalera de color menstrual que aparece en la portada de ese libro, cuando Pedro, el dueño del Star, nos abre el portal para comprobar el piso en los buzones, ayudados de una linterna.

Los jugadores ocupan sus puestos. Tomás y Valiente no consiguió ganar. Llamazares sí, tras un excelso gambito de dama. Krahe, apodado por todos “el Gran Timonel”, tenía posición ganadora, pero finalmente, y a pesar de su concentración y de su juego de molinillo con los dedos, cayó abatido. Hoy no han venido Ladoire, Alpuente, ni Roberto el rócker. Las copas se renuevan; pedimos la tercera ronda. Salgo a fumar.

Llueve intensamente. Los desagües escupen con violencia y el agua empieza a arrastrar papeles y objetos livianos calle abajo. Enfrente veo la puerta pintarrajeada de una tienda de tatuajes y, más allá, una bocatería de luz débil. Siento desazón al recordar que en una calle como ésta –¿sería esta misma?– Ignacio Aldecoa golpeaba a última hora la trapa de un almacén para conseguir licores. Sería la época en que ya escribía. “He bebido tanto ron que un serpentín acidulado recorre mi cuerpo; he fumado tanto que un arbusto me daña, pincha y aprieta en su florecer por mi pecho, cuando tomo aire con violencia”.

Amaina y volvemos a casa. En Luchana, un taxista con acento castizo nos pide ayuda: “Oye, oye, ¿sabéis inglés? Se me ha subido éste al coche y no le entiendo nada. Y no para de tocarme los cojones”. Nos acercamos y vemos al lado del conductor a un tipo grandote, como un oso amoroso rubio, que se mete encima de las rodillas del conductor y lo abraza y hace constantemente fotos de ambos con su teléfono móvil. Julio le dice al taxista: “El problema no es el idioma, es que está demasiado borracho”. La noche sigue siendo la noche.

*

Cuando volvíamos del Regina comenté con Cecilia y Mar que unos metros calle abajo está un hotel cuyas ventanas dan a la Puerta del Sol y al que íbamos a comer en ocasiones en cursos de trabajo. En casa tenemos una acuarela de Pedro Serna, una de sus ventanas, que desde el hotel se asoma a la plaza. Es un cuadro hermosísimo. Quise buscar en internet datos de nuestro pintor, y también de Miguel Galano, para informar a Cecilia, que se mostró muy interesada. Como hace tiempo escribí una crónica en un periódico asturiano con motivo de una exposición de Miguel, tecleé nuestros nombres y apareció una galería de imágenes. Entre ellas, una fotografía de un niño chapoteando en el agua. Pensé que eso tendría que ver con mi trabajo de funcionario, que alguien habría hecho un comentario sobre escritos míos relacionados con menores. No, no era así. Un bloguero (Blogscriptum) hablaba de mi libro y en esa crónica o reseña terminaba diciendo: “Por cierto, hace cincuenta años que fallecía Cole Porter. Otra de las cosas, junto con Avelino Fierro, que hacen de este mundo un lugar más habitable”. Uno se siente halagado ante frases tan rotundas. Sé que el cronista no quiere decir que Cole Porter sirva de banda sonora para la lectura de Una habitación en Europa, ni al contrario. No, no mezclan. Estoy probando: escucho ahora “Easy to love”, interpretada por Charlie Parker y una orquestina de jazz. Ahí tendría algo que ver, en otra asociación tontorrona, el intérprete (“Bird”) conmigo (“Ave”). Pero no le encuentro sitio a estas canciones para acompañar la lectura de mis melancolías. Cuadran bien, van como un guante con relatos como el de “Mañana tengo un día horrible”, de Dorothy Parker, donde la pareja de dipsómanos tararean “Bulldog, bulldog” y “Bingo Eli Yale”. El cuento se publica en The New Yorker el 11 de febrero de 1928.

*

Sigo con el libro de poemas. Ahora leo uno dedicado a los maestros, algunos de ellos, rusos, y de la dificultad de escribir en “aquel tiempo en que sonreían sólo los muertos”. Ese poema me ha llevado a uno de Mandelstam (“el mar oscurecido brama y se revuelve / y con un grave trueno salpica mi almohada”) y a la última visita que hace Brodsky a la viuda, Nadiezhda, en mayo del 72, en aquella cocina en Moscú: “Era hacia el atardecer y estaba sentada, fumando, en el rincón, en la densa sombra que hacía el alto aparador en la pared. La sombra era tan densa, que las dos únicas cosas que se podían distinguir eran el débil parpadeo de su cigarrillo y sus dos penetrantes ojos. El resto –su cuerpecito bajo el mantón, sus manos, el óvalo de su cenicienta cara, su pelo, gris como la ceniza– estaba consumido por la sombra. Parecía un resto de un gran fuego, como una pequeña pavesa que arde, si la tocamos”.

Sí, todo lo que ha tocado el poema queda irradiando –como brasas de antracita para los días fríos– calor o algo de luz, como una luciérnaga en las noches de verano.

*

Cuando llevo estos folios bajo el brazo para corregir a la hora del café o repasar con bolígrafo algunas palabras oscuras –a veces la idea le saca un trecho a la escritura, que, mientras trata de seguir su ritmo, se va dejando preposiciones o tiempos verbales por el camino– y paso a la altura del colegio de los niños y las mamás bien, salta de entre un grupo de ellas, una mujer que viene a abrazarme. Tiene el sol a su espalda y lleva un abrigo con puntitos brillantes y calzado que irisan los rayos. Con ese deslumbramiento tardo en reconocerla. Qué alegría luego al ver a Marta, guapísima, con sus pelitos renacidos tras los últimos chutes de la quimio. Soy un ser afortunado, vienen a saltitos querubines y mujeres guapas a besarme. Si fuera cazador o pescador, las liebres y truchas tendrían que andarse con cuidado.

Minutos después, encuentro a Pablo y Concha. Él me enseña su abono para el Real. Me emociona que jóvenes como ellos mantengan viva la llama de las aficiones en pro de la alta cultura. Otro de los justos que, si es verdad que hay justicia divina y poética, puede hacer que nos salvemos. Más difícil lo tendrán los diputados y presidentes de comunidades, que, según dicen hoy los periódicos, sólo van a sus teatritos, a gastos pagos, y para disfrutar de picantones pases privados.

Al final de la mañana, entrego un libro nuevo que el editor me proporciona para cambiarlo por otro que se ha desportillado. De cada cien siempre sale uno malo, me dice. Es para Bea León. Cuando recojo su ejemplar esguardamillado caen al suelo algunos granitos rubios de la arena de las playas de Cádiz. Y yo que me he hartado de desaconsejar la lectura de Una habitación en Europa al lado del mar, bajo esos soles de justicia… A mí me parece un libro para nictálopes, para leer en pijama. Pero está visto que con las mujeres no hay quien pueda.

  1. Hacía horas que no salía yo en el Tam-Tam. Me estaba empezando a preocupar.

    La foto de Gustavo Bueno a la que te refieres:

  2. robertomolero

    Le hice unas fotos a Gustavo Bueno hace unos años en el hospital de Cabueñes cuando vino a dar una charla sobre cosas muy teóricas. Fue interesante. Me ha gustado la lectura. La imagen de una persona en el suelo, los cables en la alcantarilla y la forma de verlo:” Son los rizos de protesta de alguien enterrado en vida”.
    Pareces más animado esta tarde que otras veces.
    Un saludo.

  3. Anónimo

    Un placer de nuevo sumergirme en tus diarios. Quizás el “ser de provincias” produzca una cercanía en las vicisitudes de una vida cotidiana. Y ante la alteración inevitable que indirectamente produce la publicación de tu magnífico libro, tu respuesta natural navega entre la sorpresa y el agrado como le ocurriría a cualquier hijo de vecino. Soy un buen aficionado al jazz y estoy de acuerdo contigo en que a la lectura de tus diarios tal vez no le resulta el mejor acompañamiento de fondo. Particularmente prefiero una música de cámara, aunque ahora mismo por ejemplo me acompaña el piano de Rachmaninov y te aseguro que “suenas bien”.

    Un cordial saludo desde Albacete.

    Fermin Gallego

  4. Miguel Angel Salio Herrero

    Gracias a que Bea León se llevó el libro”Una habitación en Europa” a la playa,conocí a su autor, teniendo el placer de compartir un café con Él y sus admiradoras Bea y Marisa.
    Prometido un ejemplar con dedicación especial,espero tenerlo en mí librería.Pues Avelino Fierro siempre fué hombre……. de “Ley”.Enhorabuena por el libro y un abrazo.

  5. Carolina

    He pasado la dolorosa y larga gripe con extraños, grandes ratos en el cielo gracias a “Una habitación en Europa” tras leer el artículo de Julio Llamazares en El País. Al libro le ha costado un mes llegar hasta Vitoria ya que no se encuentra en el las librerías, que tienen siempre de todo menos lo que una busca. Me ha parecido interesantísimo y muy deleitoso. Esa inteligencia que nos conecta con los pensadores, escritores y seres de todos los tiempos, en un castellano diáfano y prístino, lleno del calor y el color de la vida cotidiana en León. Desde Vitoria- Gasteiz me siento identificada y bañada por ese entusiasmo vital y te doy la enhorabuena, Avelino Fierro. ¡Qué gran placer leerte!

    Carolina Larrosa

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