Generación

"El aguador de Sevilla", una obra del pintor Diego Velázquez.

“El aguador de Sevilla”, una obra del pintor Diego Velázquez.

Por LUIS GRAU LOBO

La comadrona la levantó en brazos, enrojecida y llorosa y apenas entrada en el mundo, y me la mostró a través de un cristal: “éste es el chollo”, bromeó sonriendo. Hace dieciocho años. Ya tiene mayoría de edad legal, pero sigue sorprendiéndome que se comporte como una persona tan responsable y cabal, porque en ella sigo viendo a aquel bebé, la pequeña que trastabillaba hasta mis brazos, que apenas hablaba o sabía sino sonreír alumbrándolo todo con una inocencia pura y rutilante de amanecer. Sin casi percatarme, su semblante se ha vuelto más diáfano y sereno, como de un mediodía de primavera.

Al igual que muchos jóvenes de su generación, se preocupa por lo que oye sobre su país y por un futuro que, en estos días tumultuosos, no alcanza a vislumbrar. Se hace adulta. Pero su generación no tiene por qué defender sus derechos, pues los ejercen y los saben suyos. Ni buscan excusas ni piden explicaciones. No sienten la política como una losa; la ejercen cuando lo sienten preciso. No arrastran fardos, ni deudas, ningún trauma de infancias vergonzantes. Salen a la calle a divertirse o se encierran en casa a edificar ámbitos personales que no entendemos, como no comprendían nuestros padres aquellos que habitamos nosotros. Se esfuerzan en unos estudios sobre los que gravita la falta de oportunidades, o en unos trabajos mal pagados y eventuales, difíciles incluso de conseguir, donde les ponen mala cara si reclaman lo que es justo, como si les estuvieran haciendo un favor. Pero no se dejan engañar: no deben nada a nadie.

Me gusta pensar que tomarán el relevo. Personalmente estoy orgulloso de ella, como de su hermana. Hagan lo que hagan, sé que son buenas personas, comprensivas y educadas. Intentarán ser felices, pero no a cualquier precio. Y estoy esperanzado en su generación. No se merecen este país decepcionante y gris, y están empezando a voltearlo de arriba a abajo, ante la presbicia de nuestros gobernantes. Aquella comadrona tenía razón. Felicidades, hija.

(Publicado en La Nueva Crónica de León, el 15/11/2014)

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