Envío 17 (poesía, acordeón, tenderete y propaganda…)

© Ilustración: Julia D. Velázquez.

© Ilustración: Julia D. Velázquez.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ 

Oído al pasar: Parece que no va a llegar la sangre al río.

En la pizarra colgada de la fachada de un bar, está escrita una poesía, a gran tamaño (ha crecido en hipertrofia la afición a la poesía: un arte barato, sólo un lápiz y un papel y el llamado “mundo interior”). Ante tal enormidad, no puedo menos que copiar dos versos: “quiero ver tu desnudez / eludiendo las raídas sotanas del ayer”.

La dueña está recogiendo mesas. Me ve leyendo y me dice: Es bonito, ¿verdad? Precioso, respondo yo. Y me piro calle abajo silbando.

Plaza de los 12 mártires. Una casa con las ventanas cegadas, casa sorda, fría, muda, ciega. Cada vez son más estas casas en las calles.

Enfrente veo pasar a un hombre, alto, seguro de sus pasos, y me parece que va hablando solo. No, va hablando con su perrito, que corre a sus pies, diminuto, una pulga presurosa. El silencio, la ceguera de la casa que vivió tantas voces y la charla del hombre con su pulguita.

El puente de San Marcos tiene su portero (en la otra vida era una señora muy gorda en su kiosko con luz de carburo), es un acordeonista venido de lejos, con qué gracia toca. Música, un mecimiento, un acordeón que guarda el paso del río.

Dos vagabundos (clochardos, por qué ellos no, los del Sena y los del Bernesga, hermanados) caminan delante de mí. Uno es una espingarda, lleva colgadas del brazo dos muletas, cojea y va deprisa. Le está echando una bronca al colega, bajito y macizo, cara fiera de vaquero montañés. Los dos, barbudos. Y le va diciendo: …encima de que te he dado de beber de lo mío y que te compré una hamburguesina por ser tu cumpleaños… pues ahora te vas a enterar, por listo… Es una discusión de pareja. Entran en un DIA (a por más de lo suyo, imagino) y desaparecen de mi vista.

Era ante un tenderete, puesto de mercadería pequeña en el rastro del domingo: la zoología doméstica de los pájaros. Atendía aquello una mujer, era rápida, aconsejaba con firmeza, daba muestras constantes de su amor por el alpiste, los pajaritos, las jaulas. Se acercó un hombre aún joven, desharrapado, con la cara verde de la resaca; hace una pregunta con voz débil, matizada por la humildad: “¿Te puedo ayudar en tu trabajo?” Ayudar, dice generosamente, pero a mi oído venía ya algo más, una extrañeza. La mujer, siguiendo en lo suyo, manipulando alpistes, no levantó los ojos del mostrador y respondió con rapidez, cortante pero sin dureza: “Todos andamos igual”. Y ya no estuvo dispuesta a dedicarle más palabras: ni le había mirado, y ya no podría hacerlo, se le había vuelto invisible. El hombre, como si de siempre hubiera esperado esa respuesta, desapareció.

Yo me quedé helado por la cortante eficacia, la velocidad de un código que daba miedo.

La canción de la Gran Crisis del 29, Brother, can you spare a dime?: “Una vez construí un ferrocarril, otra vez un rascacielos, fui tambor en las trincheras, y ahora, ¿me puedes dar unos céntimos, hermano?”. Letra de Edgar “Yip” Harburg, música de Jay Gorney, 1931. Fenomenal éxito de Bing Crosby.

Llaman a la puerta, es una mujer bien vestida, decidida, joven aun. Me habla alejándose, se planta casi en la mitad de la calle, pide una ayuda. Una transacción rápida, lleva prisa. Es que debe ser muy nueva en el oficio de la mendicidad. La veo alejarse a grandes pasos, yo escucho por dentro la canción, como la canta Abbey Lincoln, estremecedora. Saltan las lágrimas. (Cuaderno de la crisis)

Un chico, en una esquina, reparte propaganda de algo que no alcanzo a ver, voy con prisa; pero le oigo repetir: Tres millones de euros, tres millones de euros. ¿Sólo?, me digo por dentro, como si fuera un chiste de vascos.

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