Querido diario (54)

© Ilustración de Avelino Fierro.

© Ilustración de Avelino Fierro.

El autor da cuenta de un relato del horror, la historia del padre del fotógrafo Chema B., que logró sobrevivir a Auschwitz, Un relato que “ahora, al escribirlo y mostrarlo, parece sin embargo que se difumina, se escabulle y quiere volver a desaparecer”.

Por AVELINO FIERRO

Posiblemente aquel fue un día frío y gris. Probablemente aquello sucedió sobre un suelo chapoteante, a medias barro y nieve; tuvo su escenario y sus actores, y sus espectadores famélicos y desharrapados; tuvo su franja horaria. Luego, los sucesos se hacen historias, enormes o mínimas, y siguen caminos diversos: se esconden, o desaparecen para siempre; se diluyen y quedan flotando en el aire enrarecido sobre un valle; son una mirada de niebla en los ojos de un viejo. Y a veces surgen azuzadas por la conciencia, o travestidas en una especie de rumor, o comienzan un día cualquiera a gritar de rabia, o se muestran sin sobresalto, con un halo melancólico. A mí, una de ellas me estaba esperando en la barra de un bar.

En la cafetería del Hotel Quindós el concierto de tangos había acabado y entre el bullicio del final, el tintineo de las copas, y los brillos de las risas de algunas mujeres, se agazapaba ella, mi historia del mundo de ayer, como una sombra fugitiva que no sabía si salir o no a la luz.

Me acerqué a pedir otra cerveza al mostrador, donde Susi y Pajares hablaban. Me incrusté en la conversación sin que nadie me diese la venia. Me dijeron que estaban recordando su adolescencia, las horas pasadas en el sofá, con una manta sobre las rodillas, viendo películas y prometiéndose amistad eterna. No puedo imaginarnos hace treinta años –les dije–, pero estaríais estupendos, como hoy mismo. Tenéis fotogenia, no hay más que ver los retratos que os hizo Vega. Ese tuyo, Jose, en un descampado al atardecer, en blanco y negro, y con los faros difuminados de un coche lejano, está muy bien. Merecería ser una foto analógica, bromeé.

Me dijo que seguía haciendo fotos con película, con la vieja cámara de Chema “el francés”, que era lo único suyo que había pedido para recordarlo. Me dijo que éste, tras la muerte de su madre, se había abandonado, que ya no subía a la segunda planta, que no tomaba la medicación… Yo lo recordaba de coincidir con él y amigos comunes en alguna ocasión en días de otoño.

Vivía en una casa con patio y árboles en un barrio de París. La ciudad había crecido alrededor y para llegar a aquel pequeño oasis había que cruzar casi por el salón de vecinos de altos edificios, obligados por una servidumbre de paso. Su familia no había querido vender.

Su padre había sobrevivido a Auschwitz. Había jugado al fútbol en España en algún equipo juvenil y allí lo hacía con los carceleros y soldados. Aquellos jugadores comían un poco mejor que el resto de los presos. Les daban algo más de ración para que no desfallecieran a las primeras de cambio al empezar a correr.

Un día robaron un kilo de arroz y lo entregaron a los internos de un barracón vecino. Fueron descubiertos y les hicieron formar a la intemperie esperando la llegada del jefe del campo. Estuvieron allí tres horas. Esperaban lo que otras veces, en casos similares, había sucedido; que los ejecutara con su pistola. Pero no fue así; fueron brutalmente golpeados, pateados. Al padre de Chema le quedaron varias secuelas; parece que los riñones nunca volvieron a funcionar bien. Murió de ello y de otras miserias del pasado atroz.

Escribí el arranque de este texto al día siguiente de conocer el relato, en el descanso de una comparecencia en un juzgado, en los márgenes de un escrito lleno de tecnicismos de jurista. Era el comienzo de una historia que había salido a mi encuentro, que tenía alojada como un parásito en mi cabeza y que pedía ser contada para que todo volviera a estar en orden. No cesaba de imaginarla y asociarla a otras imágenes o narraciones, del cine o de libros sobre la barbarie.

Recordaba a Primo Levi, a Tsivietáieva, a Zweig. Recordaba también lo que escribí hace unos años para presentar el libro de unos amigos titulado Las torturas en el cine. Lo he releído en parte.

Andrei Tasrkovsky, el director ruso, dice que hacer cine es esculpir el tiempo. Bien, pero ¿cómo se esculpe el horror? ¿con qué cincel? ¿en qué mármoles?

¿Cómo poner en imágenes muchos pasajes de, por ejemplo, el libro de relatos de Tadeusz Borowski, Nuestro hogar es Auschwitz, que acaba de publicarse en España?

Tadeusz Borowski nace en 1922 en Zhitomir, en la Ucrania soviética. El uno de junio de 1951 se suicida ¡qué ironía del destino! abriendo el gas en su apartamento de Varsovia.

Sus relatos están escritos desde la culpabilidad del superviviente.

En Pasen al gas, señoras y señores, página 140, leemos: ‘Un nuevo toque de silbato, un nuevo transporte. Los vagones emergen de la oscuridad, atraviesan una franja de luz y desaparecen de nuevo en la oscuridad. La rampa es pequeña, pero el halo de luz de las farolas es aún más minúsculo… Disparan una ráfaga de ametralladora en dirección a los vagones, desde ellos responde un tenso silencio. Sólo una niña, que se asoma demasiado por un ventanuco del vagón, pierde el equilibrio y cae en la grava. Yace en el suelo aturdida un momento, luego se levanta y empieza a dar vueltas sobre el mismo sitio, cada vez más y más deprisa, gesticula con los brazos rígidos como si estuviera haciendo gimnasia, coge aire con dificultad y aúlla de forma monótona y chillona. Se ha vuelto loca por la falta de aire. Su imagen resulta desquiciante; un SS va corriendo hacia donde está la niña y le da una patada en la espalda: la niña cae al suelo. El SS posa su pesada bota sobre la espalda de la niña, que yace boca abajo, saca el revólver y le dispara una y otra vez: la niña da patadas hasta que su corazón deja de latir. Empiezan a abrir los vagones.

De nuevo estoy al lado de los vagones. Me llega un olor dulce y húmedo. Una montaña de personas apiladas llena la mitad del vagón; cuerpos inmóviles, entrelazados, humeantes’.

Era Adorno quien se preguntó si sería posible la poesía tras el Holocausto. Paul Celan le respondió cuando dijo: ‘Sí, pero la poesía tiene que ser ya la poesía del sufrimiento’.”

Pero este nuevo relato del horror oído en la barra del bar, ahora, al escribirlo y mostrarlo, parece sin embargo que se difumina, se escabulle y quiere volver a desaparecer. Al final, ha quedado envuelto en una pátina ámbar, como esa en la que perviven los insectos fosilizados. Quizá no lo he narrado bien, pero yo lo soporto mejor así, como redimido, absuelto —pero resistente al olvido— al ser fijado, esculpido, en el papel. Y, descansando de su zumbido hiriente, al releer el texto, ya desde el comienzo, puedo pensar en otras imágenes: un día frío y gris como el del poema de Auden sobre W. B. Yeats; una casa en París como esa otra que cuenta John Berger en alguna parte de El cuaderno de Bento; esa mirada azul, transparente, de pecera sucia, del viejo que describe Marta Sanz; esa nieve de barro, modesta nieve, nieve impura, silencio desplomado que aparece en el libro de poemas de un autor que no recuerdo.

  1. robertomolero

    Un relato escalofriante, yo me he acordado de Maus el relato de un superviviente de Art Spiegelman.
    Y de la vida es bella de Roberto Benigni. Siempre en ese filo de querer olvidar y no dejar de recordar.
    Muy bueno. Saludos.

  2. ignacio

    La fibra sensible del holocausto y del horror. Lo demás parece una simulación.Vivir mirando para otro lado y aceptando que nuestro propio depredador está cerca. También consiguió mirar para otro lado y sobrevivir al infierno el psicoanalista Bruno Bettelheim (“El corazón bien informado”), conocido por “Psicoanálisis de los cuentos de hadas ” para finalmente inmolarse o simplemente dar por hecho que la culpa a la que te refieres es un eterno retorno del que no se puede escapar.

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