Querido diario (56)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

“No sé por qué insistí en el dibujo. Quizá recordaba la frase de Nauman cuando dice que el dibujar equivale a pensar y que algunos dibujos se hacen con la misma intención con que se escribe, son notas que se toman…”

Por AVELINO FIERRO

He vuelto a dibujar las calabazas que están sobre un plato grande y plano en la mesa del comedor. La noche de Reyes me habían regalado unos amigos un bloc de papel Arches; un regalo envenenado, porque M. musitó al entregármelo: “Anda, que bien podías hacernos un dibujo”.

Esa noche despedimos los días navideños. Nos habíamos juntado en el bar cercano al Torreón del Conde y todos llevábamos alguna bolsita con sorpresas para intercambiar, sobre todo, libros. Ó. y M. tienen un lejano parentesco con los Grimaldi que yo no sabría explicar muy bien y han acabado por vivir en esta ciudad tan provinciana. Ellos nos regalaron ese pequeño álbum de hojas de papel de algodón, y un precioso libro artesanal de pájaros exóticos del valle de Luangwa que habían adquirido en uno de sus viajes a Zambia.

Los demás regalos que nos fuimos entregando eran también hermosos, pero con menos charme: la reedición de un libro de poemas de un escritor salmantino ya fallecido, otro sobre los escritores y sus maneras de pasear… Vi que las mujeres del grupo hacían un aparte y se entregaban otros presentes y cómo reían con picardía al desembalar un pequeño artefacto armado con finas varillas que –creí oír– servía para aumentar el placer.

La noche transcurrió también risueña, encabalgada entre la ética y la estética: resolvíamos de un plumazo los males del mundo y los de este país nuestro de todos los demonios, íbamos en busca de la camarera guapa del bar de Enrique o a ver la niebla convertir las chopas de la plaza del Grano en gigantes desvelados. La noche, muy nuestra y extrañamente solitaria, de luces temblonas y calladas, nos iba tendiendo su mano. Éramos, además, siete: el número perfecto. Acabamos en el bar en el que J. C. tiene expuestos sus carteles. Pasó tiempo. Alguien nos hizo una foto y al mostrarla, aquel grupo borroso parecía no tener identidad ni memoria. Era el momento de retirarse.

Al día siguiente, aunque yo no había estado pendiente de él, el álbum estaba apoyado en el mueble de la entrada. Quizá me había seguido como un perrito abandonado. Y, al recordar la petición, lo puse sobre la mesa del salón. ¿Qué podía dibujar que no desmereciera demasiado de los cuadros que Ó. y M. tienen en su casa, llena de objetos de anticuario y pinturas elegidas con elegancia, diría que genética?

Pensé que mis calabazas podrían servir, en pequeño tamaño, para un lugar apartado o semioculto de su cocina. Un dibujo a plumilla…, aunque en ese momento caí en la cuenta de que la tinta china “black indian” se había secado. Tomé un rotulador de punta fina que podía aparentar un efecto similar y me puse a la tarea. Compuse el motivo desechando algunas calabazas y comencé a trazar líneas sin guardar ninguna de las convenciones básicas, sin pensar demasiado, previendo quizá –ahora no lo recuerdo– que aquello sería un esbozo, algo nada definitivo. Así que no hubo esa concepción mental, esa cuestión previa (disegno interno) a la materialización, ni mediciones, ni encuadres, ni dibujo a lápiz para delinear el contorno.

Tampoco escudriñé su estructura ni su relación con el fondo. Al poco de empezar, y viendo que la parte izquierda y derecha del óvalo de la fuente no guardaban ninguna relación, supe que el dibujo se había arruinado.

No sé por qué insistí en él. Quizá recordaba la frase de Nauman cuando dice que el dibujar equivale a pensar y que algunos dibujos se hacen con la misma intención con que se escribe, son notas que se toman. Aunque más bien creo que no pensaba en nada, que tras la noche de excesos no quería complicarme la existencia, no quería oír sino el ruido suave del rasgueo de la pluma sobre el algodón. Eso me resultaba placentero.

Pero no perseguía con la vista, como aconseja Gómez Molina, la continuidad lineal del dibujo para comprender las estructuras de reconocimiento que determinan las figuras que establecen el abecedario taxonómico de nuestro saber de las cosas; no estaba muy a ello. Puede que también influyera el cansancio para que el hemisferio derecho de mi cerebro –que es el que debe atender cuando dibujamos una forma percibida– no entrase en funcionamiento a esas horas de la mañana.

El caso es que acabé el dibujo y lo llevé al día siguiente a la tienda de Frank para enmarcar, junto a dos carteles de J. C. Cuando abrí la carpeta y lo contemplé de nuevo, decidí volver con él a casa. Vi que no había dialogado lo suficiente con el trazo, la luz, el territorio, los materiales, el proceso o el motivo.

Recordé el dibujo de las calabazas de Antonio López, el manchego lento. Construyó un escenario de madera que, con el paso del tiempo, se convirtió en un entramado fantasmagórico. Sobre él había dispuesto las calabazas, que se fueron disolviendo, pudriendo… y fueron finalmente sustituidas por dobles de escayola pintada. Aquello duró un año.

Eso es un diálogo como Dios manda. Eso sí es, como escribe un teórico sobre esta materia, tratar de establecer el orden, cristalizar para siempre el modelo establecido; el ámbito del miedo y de la soberbia con la que el artista quiere descansar definitivamente.

Y es que nuestro hombre siempre se ha tomado su tiempo: ahí están esos veinte años que ha dedicado al retrato de la familia real. Puede que, a veces, estuviera paralizado durante meses, tratando de desentrañar esa expresión bovina o el reflejo glauco en el fondo de un ojo.

Yo no iba a emprender esos excesos, pero empecé a dialogar con mi dibujo: “Anda, volvamos a casa; tú y yo tenemos que hablar”. Lo coloqué en el recibidor, sobre una pequeña acuarela de un paisaje toscano. A los dos días, no sé si porque una corriente de aire hizo que temblara o porque en verdad sentí su bisbiseo, acerqué a él mi cara para oírle: “Él desearía unas motitas de color. Es bien”. Habíamos entrado en fraternidad y en ese campo sutil e inaprensible, también teorizado por los expertos, que se aleja de los valores formales y entra en la relación que se establece con el propio pensamiento.

No tenía acuarelas fiables a mano. En los últimos días Libertad había vuelto a pintar con fruición y había enfoscado demasiado lo poco que quedaba aprovechable de algunas pastillas. Y necesitaba amarillos, verdes y ocres diáfanos, prístinos, inmaculados para tratar de afianzar aquella incertidumbre que tenía delante. El proceso –a él no se lo comenté, claro– sería similar al de enlucir el rostro arrugado de esas viejas coquetas que se embadurnan con carmines, encarnados y verdes, sus labios, pómulos y párpados.

Encontré unos lápices acuarelables. Hice un pequeño intento en un margen y lo deseché: no los había utilizado antes y me parecieron difíciles de controlar. Mi dibujo era de pequeñas dimensiones. Di después con otra caja de lápices pastel de la misma marca. Fueron los que utilicé. Pero allí había demasiado colorín, hería la mirada, y yo sabía que él era todo delicadeza, así que traté de amortiguar su presencia dibujando el contorno esquinado de la mesa. Y lo hice también flotar en la luz ambiente, añadiendo unos trazos de negro y utilizando de difumino un bastoncillo de algodón. Pero el resultado no me convencía en absoluto: seguía mirándolo, escudriñándolo constantemente y haciendo pequeños retoques.

Por momentos me vi como nuestro exquisito pintor manchego e imaginé cómo seríamos mis amigos y yo dentro de veinte años, cómo me recibirían en su casa y qué champagne elegirían para el acto de entrega –un día de Reyes, sin duda– de mi dibujo. Afortunadamente todo se resolvió no en dos décadas, sino en dos días. Lo volví a colocar a la entrada, sobre esa acuarela comprada en Florencia, también, como él, en tonos amarillos, ocres y verdeoscuros de los campos y cipreses de la Toscana. A ver si dialogaban.

Comprendí entonces esa distinción de John Berger entre la fotografía y el dibujo o la pintura: ambos son estáticos, pero si la primera detiene el tiempo, los segundos lo abarcan. Y el dibujo revela más claramente el proceso de ejecución, de su propia mirada, que la pintura. Dibujar, dice, es mirar examinando la estructura de las apariencias. Y un dibujo incluye una gran parte de la experiencia de mirar anterior. Propone la simultaneidad de una multitud de momentos.

Miraba a mi dibujo, a mi criatura poco agraciada, desencajada, por ver si volvía a hablarme, por dialogar. Al segundo día noté que lloraba, que lágrimas verdosas se escurrían abandonando su contorno. Acerqué a él mis ojos y me tranquilicé cuando entendí que la corriente de aire –y no la desazón de su corazoncito inanimado– era la causante de que motas leves de pigmento cayeran sobre el mueble lacado de Ikea de color blanco.

Corrí a la tienda de Bellas Artes. Un cartel de “Vuelvo en cinco minutos”, la niebla y los dos grados bajo cero me disuadieron de seguir a la espera a pesar de que le había cogido el ritmo a mi zapateado flamenco para evitar la congelación. Corrí a otra tienda en el extremo opuesto de la ciudad. Allí sólo tenían botes de cuatrocientos mililitros y mi criatura únicamente necesitaba un lavado de cara, no un baño en una piscina olímpica. Entre la niebla distinguí la silueta de Isabel. Salía de su despacho; notó mi tribulación y cuando le conté mis cuitas soltó una carcajada: “Mira que agobiarte por eso. Con una laca para pelos de señora de un euro de las que venden en el Mercadona lo tienes solucionado”.

A los diez minutos estaba en casa con mi spray “Stylius. Línea Profesional. Fijación extrafuerte” de 1,25 euros. Al utilizarlo se me fue la mano y mis calabazas estuvieron a punto de salir nadando. El papel de algodón empezó a rizarse. Reaccioné con rapidez y le puse encima el tomo de “Arte desde 1900”, de Hal Foster, en la edición de Akal, que pesa unos cuatro kilos. El Arte tenía que salvar al arte. No encontré a mano otro antídoto.

Lo destapé a las dos horas y sus facciones todavía me resultaron reconocibles. Estaba un poquito más amoratado, eso sí, como de haber respirado con dificultad. Y en el aire quedaba un olorcillo a chica alegre que traté de matar abriendo puertas y ventanas, haciendo corrientes de aire. Mi mujer llegaría en poco tiempo. Yo no quería que supiera de mis trajines con los colores.

Hoy he llevado de nuevo mi dibujo a enmarcar. Hemos charlado por el camino; no hemos querido despedirnos. Pero yo he llegado a pensar que aquellas motas de verde pastel pudieron ser lágrimas auténticas y no producto del viento: nos habíamos cogido un mutuo y profundo cariño.

En una semana estará para entregar a Ó. y M. Espero que dialoguen con él, que les acompañe también en los momentos malos, de soledad. Que aprendan a quererlo y lo cuiden. Que les dé placer.

  1. Oscar

    Creo que estoy empezando a quererte.
    Gracias por escribir así.

  2. Matilla

    Estimado Avelino yo se si Ó y M dialogaran con el; lo que si te aseguro es que yo ya lo he hecho y eso que sólo lo he visto en la ilustración.
    Feliz año

  3. robertomolero

    Un relato estupendo y un dibujo fantástico.

  4. Fermín

    No sé el porvenir que les espera a las calabazas eternizadas bajo la batuta de tu mano maestra, pero puedo asegurarte que me lo he pasado muy bien leyéndote, sobre todo los hilarantes últimos párrafos.

  5. Oscar

    Aquí lo que hay es mucho pelota.
    Ó

  6. Luis

    Me siento impresionado del dibujo, pero sobre todo del relato. Gracias por hacerme pasar un buen rato

  7. Miguel Paz Cabanas

    Magnífico y sugerente, como siempre.

    Miguel Paz Cabanas

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