Justicia para las víctimas de Maidan (I)

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El fotógrafo leonés JM López colabora con Tam Tam Press con una nueva serie de reportajes, en este caso desde Ucrania, donde ha querido vivir el conflicto que está desangrando el país de la antigua URSS en pleno corazón de Europa.

Por JM LÓPEZ/AFP
(Texto & Fotografías)

Hace un año que la Plaza Maidán de Kiev, dónde miles de ciudadanos y activistas habían acampado pidiendo un cambio en la política exterior de su presidente Viktor Yanukovich, se convirtió en un campo de batalla. Aquel 20 de febrero de 2014 más de 50 personas murieron y 400 resultaron heridas, muchas de ellas a consecuencia de los disparos recibidos por francotiradores apostados en las azoteas de los edificios cercanos.

Todavía no esta claro quiénes fueron los autores materiales de la matanza ni quien dio la orden de disparar. Es probable que, de no ser por esta masacre, Viktor Yanukovich hubiese alcanzado un acuerdo con gran parte de la oposición moderada para mantenerse en el poder pero, de esta manera, la tensión fue en aumento hasta provocar la huida del presidente y la formación de un nuevo gobierno proeuropeo, más favorable a los intereses de los países occidentales. El cruce de acusaciones es mutuo y la verdad probablemente nunca se sabrá.

Poco le importa ya a Yelena Singayevskaya quien apretó el gatillo. Para ella lo único cierto es que aquel día mataron a su hermano Yuriy, de 43 años y carpintero de profesión. “Se acerca el aniversario y no hay ningún culpable. No interesa encontrar y juzgar a los responsables de esas muertes. El nuevo gobierno no hace absolutamente nada. Se han beneficiado del sacrificio de personas inocentes que lucharon por un cambio en Ucrania. Al final todos los políticos usan al pueblo en su beneficio, este nuevo gobierno no es mejor que el anterior”, se lamenta esta mujer mientras no puede reprimir las lágrimas mientras besa la foto de su hermano. Yelena ha venido hoy con su hija a colocar una vela en el lugar donde Yuriy fue asesinado.

Altares improvisados como este salpican la Plaza Maidán y las calles aledañas mostrando las fotos de los que dieron su vida por la revolución. Unos metros más allá Volodymyr Bondarchuk, de 30 años, coloca una flor en memoria de su padre abatido por un francotirador cuando se manifestaba pacíficamente. “Aquí cayeron muchos hombres que eran el sustento de sus familias. Desde que fueron asesinados viven casi en la indigencia y el gobierno debería recompensar a los héroes de la patria dándoles una ayuda económica”, asegura este joven miembro de una plataforma llamada “30 de Noviembre” que lucha para que se juzgue a todos los responsables.

El descontento con el nuevo gobierno es generalizado entre los que han perdido algún ser querido. Mykola Marussyk, de 25 años, muestra la cicatriz que un impacto de bala dejó en su pierna durante las protestas. Un amigo suyo no tuvo tanta suerte y ahora lo único que puede hacer por él es recordarle en el muro de los caídos pero, a pesar de todo, no se arrepiente de lo sucedido.

No sólo hubo muertos y heridos durante las frías semanas de invierno que duraron las movilizaciones. Al otro lado de la plaza un panel recuerda a las 27 personas que permanecen desaparecidas sin dejar rastro. Tras la caída del gobierno de Viktor Yanukóvich la policía y los servicios secretos de inteligencia se apresuraron a destruir todo el material y ahora sólo algunas organizaciones como EuroMaidan

SOS se preocupan por recoger informes y testimonios, pero sin la ayuda del gobierno es insuficiente. Hasta ellos ha llegado Galina Skripnikova, que lleva casi un año buscando a su hijo Maxim, de 39 años e ingeniero agrónomo. “He acudido a todos los estamentos policiales, a la prensa, a los activistas, al ministerio del interior, a los hospitales… Pero sin resultado alguno”, se lamenta la anciana que  gasta todos los meses 15€, de los 60€ que gana trabajando en el hipódromo, en poner anuncios en los periódicos por si alguien la pudiera ayudar. Maxim fue visto por última vez trabajando como voluntario en una de las cocinas que se establecieron en la plaza para alimentar a los manifestantes. Desde entonces Galina es el rostro de la desesperación.

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