Buenos tiempos

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Por IGNACIO FERNÁNDEZ HERRERO

La carta de despedida vital publicada por el neurólogo Oliver Sacks (“De mi propia vida”) nos reconcilia con la humanidad. También, naturalmente, relativiza esas cosas importantes que nos distraen (“Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global”) y nos anima a pensar la realidad de otro modo. Acaso sea sólo porque uno se enfrenta a un cáncer terminal.

También es verdad que el tono cenizo o ceniciento que tiñe cualquier reflexión sobre esta nueva edad la oscurece más todavía y seguramente nos conduce a la equivocación. Por eso es adecuado estar alerta ante mensajes como los de Sacks u otros que, por casualidad o no, aparecieron en los medios de forma casi simultánea. Dice Javier Gomá, director de la Fundación Juan March, que “es incuestionable que nuestra época es la mejor de la historia universal”. Y según Javier Cercas “salvo en los últimos treinta años, en este país siempre hemos estado muchísimo peor de lo que estamos, tanto desde el punto de vista político como económico”. Y es cierto, todo eso es cierto. Incluso algunas noticias, de esas que Sacks ha decidido prescindir, insisten en ese mismo sesgo. Cuentan, por ejemplo, que la esperanza de vida aumentará más de 40 años en esta centuria; y que, entre 1910 y 2009, los españoles viven, de media, el doble de tiempo. Es más, acaba de publicar la Revista Española de Investigaciones Sociológicas que la mitad de los niños o niñas que nazcan hoy llegarán a vivir un siglo.

Habrá que convenir que los nuestros son unos buenos tiempos y habrá que desempolvar, para celebrarlo, aquel viejo disco del ya decadente Elvis Presley, Good times, que no escuchamos desde hace décadas. Casi desde su publicación, allá por 1970. Porque hasta los autores de la literatura más apocalíptica se ponen tiernos cuando nos la explican. Sin ir más lejos, ése es el caso de George Packer, cuya novela El desmoronamiento traslada a la ficción el declive de la sociedad americana. Pues bien, dice Packer que “cada vez que intentas agarrarte a algo sólido, se derrumba. El tejido social se deshilacha (…) Aunque la situación es oscura, hay luces que brillan. Es gente que mantiene la luz encendida”. No sé, tal vez es que también él ha leído la carta de Oliver Sacks.

El caso es que hasta Slavoj Zizek, uno de los pensadores de moda, acaba de publicar un libro que se titula Mis chistes, mi filosofía. Como si todo, hasta la teoría lacaniana, tuviera un envés relajante y con tendencia a la sonrisa.

Vale, estamos entrando en una nueva edad y cualquier cosa es posible. Nuestros análisis hasta la fecha, acosados sin duda por un contexto más bien adverso, han incidido en lo turbio, en lo sombrío, en la zozobra de unos tiempos cambiantes. Habrá que dejar que el calendario avance para alcanzar certezas, porque seguramente ganaremos perspectiva y criterio. Incluso podremos llegar a nuevas conclusiones que enfaticen la bondad de esta época, tal y como acabamos de reseñar. Difícil será, sin embargo, llegar al optimismo interesado del Presidente del Gobierno o al más bien alelado de su predecesor. Pero sin duda hay otros mundos que también están en éste.

El caso es que hay días en los que uno no tiene más remedio que atiborrarse a vídeoclips de Katy Perry.

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