Fernando Marías y “La Isla del padre”: una novela juvenil e intimista

Fernando Marías

Fernando Marías. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

Por ELOY RUBIO CARRO
astorgaredaccion.com

Pasó por Astorga sin apenas ser visto, no fue oído, casi como él quisiera. Vino a traernos confianza, la que le dio su padre; chispas de luz lanzadas a la negrura, que han quedado prendadas en “La isla del padre”.

Fernando Marías (Bilbao, 1958) es novelista, guionista y editor. Estudió Cinematografía en Madrid y comenzó escribiendo guiones para televisión. Con su libro “La luz prodigiosa” (1990) ganó el Premio Ciudad de Barbastro y, en 2001, recibió el Premio Nadal por la novela “El niño de los coroneles”. Además, ha obtenido el Premio Ateneo de Sevilla 2005 por “El mundo se acaba todos los días”, el Dulce Chacón de Narrativa 2005 por “Invasor”, el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2006 por “Cielo Abajo” y el Premio Primavera 2010 por su novela “Todo el amor y casi toda la muerte”. Recientemente ha recibido el premio Biblioteca Breve por su novela ‘La isla del padre’.

La charla de  Fernando Marías venía pensada para explicarnos y tal vez explicarse qué es lo que la literatura juvenil ha aportado a su quehacer y a su escritura. Quizás los asistentes sentíamos vergüenza y tal vez se notara, por ser tan escasos, por lo que Fernando Marías intentó tranquilizarnos; contó para ello una anécdota que le había ocurrido con su novela “Cielo Abajo”, tras ganar en el 2005 el Premio Anaya:

“Ocurrió una cosa muy curiosa que genera una superstición positiva frente a los actos a los que acude poca gente. Y es que, cuando la presento en mi ciudad natal, Bilbao, habiendo ganado el Nadal, con un apoyo publicitario importante y siendo una novela premiada, no acude nadie a la presentación. Pues si no viene nadie, le dije a Juan Bas, que era quien iba a presentar mi novela, nos vamos a tomar un café y no pasa nada. En ese momento entró mi padre; bueno ya éramos tres. Ya casi estábamos para irnos a tomar algo cuando de pronto entraron un tropel de chicas jóvenes, muy bien maquilladas, guapas, no sé si simpáticas porque no dijeron nada, y se sentaron detrás con la mirada de la esfinge. Cuando terminó la presentación, un señor del Corte Inglés, que era donde se hacía, nos dijo: es que me daba tanta pena que les he dicho a todas las dependientas de la planta de perfumería que subieran. Luego le comenté a mi padre: hay que ver, no ha venido nadie. Pero él me contestó: no te preocupes, si ha de ocurrir algo con este libro ocurrirá. Y 16 meses más tarde me llamaron del Ministerio de Cultura para decirme que había ganado el Premio de Literatura Infantil y Juvenil por aquel libro”.

Este y otros libros permiten a Fernando Marías hablar en los centros educativos con chavales que han leído algún libro suyo y también estimular a aquellos que quisieran dedicarse a profesiones creativas: “Creo que esa presencia es importante y creo que lo que tenga que ocurrir ocurrirá y que en aquel encuentro alrededor de Cielo Abajo no había nadie, pero luego pasó lo que pasó. Casi nadie sabe que lo que yo secretamente deseo siempre que hablo en público es que no haya nadie… Además, pienso que con un par de encuentros seguidos en los que no venga nadie , el premio Nobel lo tengo asegurado…”

El escritor Fernando Maríasen un momentod de la entrevista

El escritor Fernando Marías en un momento de la entrevista. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

Fernando Marías empezó en la novela juvenil animado por Lorenzo Silva, que editaba para Anaya la prestigiosa colección  para jóvenes “Espacio Abierto”, un día le animó a que probara a escribir algo para ellos: “ Es una experiencia muy curiosa, me dijo, una manera distinta de escribir, en la que te sentirás mucho más cómodo que al escribir novela para adultos”. La literatura juvenil, añade Fernando Marías, “tiene otro tipo de respuesta en el lector, pues creo que los lectores jóvenes son los más sinceros que hay”.

Los libros para jóvenes le han dado la capacidad de hablar en público que antes no tenía. En ocasiones le han formulado preguntas que no solo le han hecho pensar a él, sino que han hecho pensar a toda la sociedad; tal fue el caso de la cuestión planteada por una muchacha en Canarias que quería saber cómo habría sido la literatura y el cine de la segunda parte del siglo XX si Franco hubiera perdido la Guerra Civil. Acerca de esta cuestión el Ministerio de Cultura, comandado en aquel momento por Carmen Calvo organizó un simposio.

Como se sentía a gusto en este mundillo de la literatura juvenil, se lanzó a la edición con una publicación titulada ‘Veintiún relatos contra el acoso escolar’: “Un proyecto soñado, lo que me permitiría atacar in situ este gran problema del acoso en la escuela”.

La última alegría que le ha dado la literatura juvenil es “La Isla del padre”. Durante los cuatro años que dura la enfermedad de su padre toma notas para un libro futuro. El día de su muerte, el padre había estado esperándole para despedirse. Cuando por fin llega: “ya tenía esa mirada de velo amarillo mirando al techo que poseen los moribundos”. Se quedan por un momento solos y siente la necesidad de decirle cosas que no le había dicho nunca, que lo quería, que lo admiraba: ”Se lo dije como una palabra seguida, como si una bola rodara desde dentro; que sabía que me había ayudado, lo que había sufrido a causa de mis graves problemas y como había estado siempre ahí”.  Y lo que le dice luego es algo que sucede en la literatura juvenil. La entrega total a un momento que sacrifica la vida entera: “Voy a escribir un libro sobre ti. Voy a pedirte que me ayudes por última vez y quiero que te quedes conmigo en tanto lo escribo… y cuando acabe la novela voy a enterrar el original en el Pagasarri, donde íbamos cuando niño. Solo tú y yo sabremos donde está. Mi padre me apretaba fuerte las manos y dejó de mirar al techo, se volvió hacia mí para decirme algo, una palabra que no pudo acabar y luego espiró. Esta novela surge de esa palabra que mi padre no pronunció y de aquella promesa propia de un libro de literatura juvenil”.

“Dentro de estas cosas, de los círculos misteriosos que entroncan con los momentos mágicos en los que no hay público, sucedió que cuando terminaba de escribir “La isla del padre”, exploraba una caja de viejas fotografías que había en casa. En ese momento pensaba: este libro es un libro demasiado íntimo, no lo va a querer nadie, y entonces encuentro el tarjetón de la presentación de “Cielo abajo”, a la que no había acudido más que mi padre y cuya fecha era el tres de junio del año 2005, exactamente ocho años antes de la de su muerte. Y al ver tanta similitud, recordé a mi padre cuando me dijo: ten confianza. Y el libro está aquí a causa de su capacidad de darme esperanza y también a causa de la forma de entender la literatura y el mundo que a mí me dio el hecho de escribir literatura para jóvenes”.

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