Sin descanso para los muertos del ISIS (II)

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El fotógrafo leonés JM López inicia una nueva serie de reportajes desde Siria y el Kurdistán sirio, donde se ha desplazado una vez más para retratar el horror de una tierra que sigue sufriendo un devastador conflicto.

Por JM LÓPEZ/AFP
(Texto & Fotografías)

Kobane se ha convertido en un inmenso cementerio. Un museo del horror donde cientos de cadáveres se pudren esparcidos entre sus escombros o debajo de ellos. Piernas sueltas y trozos irreconocibles de personas salpican un paisaje de destrucción total fruto de los bombardeos de la coalición internacional contra el Estado Islámico. El hedor a carne podrida es insoportable, sobre todo en aquellas áreas donde los yihadistas impusieron su control; las más golpeadas por la aviación.

“Este trabajo es ingrato pero alguien lo tiene que hacer. Nunca antes había visto un muerto pero ahora se puede decir que estoy casi inmunizado. Lo que más me preocupa es el impacto que pueden tener sobre los niños que juegan por la ciudad y se encuentran con esto”, quien así habla es Mahmut, un miembro de las brigadas municipales encargados de limpiar la ciudad de restos humanos antes de que las infecciones hagan estragos.

Con escasos medios y poca preparación retiran una media de cuarenta cuerpos al día pero se calcula que quedan muchos más. Basta con darse un paseo por la parte este de la ciudad para comprobar que no es complicado toparse con cadáveres de combatientes del Estado Islámico, algunos en avanzado estado de descomposición. “Los yihadistas no se pararon a enterrar a sus muertos. Los dejaban tirados en medio de la calle o debajo de las casas. Les ha dado exactamente igual”, denuncia Saber Damer, director de las brigadas de limpieza; y continúa diciendo “siento desprecio. Si dependiese de mi se quedarían ahí pero no queremos ser como ellos, nosotros respetamos a todos los seres humanos y los enterraremos”.

Mientras esperan la llegada de ayuda para combatir las posibles epidemias que amenazan a la población el equipo continúa sus labores de recogida en medio de este escenario post-apocalíptico. En muchas ocasiones son los propios vecinos los que les llaman. “Cuando regresamos a nuestras casas nos encontramos con más de una docena de cadáveres. Algunos les tapamos con mantas para mitigar el olor que desprenden hasta que viniera alguien a retirarlos”, apunta Ahmed, un vecino de la zona que acompaña a la brigada señalando los cuerpos de los islamistas.

Antes del inicio del asedio cerca de 400.000 personas vivían en Kobane y sus alrededores. Las autoridades locales calculan que unos 3.000 civiles malviven hoy en esta zona, en casas agujereadas por las balas y los morteros, sin ventanas ni sistema de calefacción. No siempre hay agua corriente y cuando se va el sol la oscuridad es total ya que tener un generador eléctrico a gasolina es un lujo destinado a unos pocos.

La jornada llega a su fin y Mahmut conduce su tractor por las calles de la ciudad. En la caja se apilan los cuerpos unos encima de otros. Las miradas de los vecinos se fijan en las manos o piernas que sobresalen. Algunos hacen fotos con sus teléfonos móviles. Otros vitorean a Mahmut conscientes de la importancia de su trabajo. “Los llevo a las afueras de Kobane. Allí hemos abierto varias fosas comunes donde los tiramos todos juntos y los enterramos”, comenta el operario, que hace este recorrido varias veces al día.

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