Dispersión parcelaria

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Por IGNACIO FERNÁNDEZ HERRERO

Con independencia de cómo se ejecutó y de sus consecuencias finales, que nada de ello viene al caso, la concentración parcelaria perseguía reducir el número de parcelas, pequeñas y dispersas, y con ello los costes derivados de la atención a ese rosario de tierras que caracteriza a los minifundios. A pesar de que obligaba a severas modificaciones del paisaje, el resultado práctico era notable y beneficioso puesto que se trataba sobre todo de una técnica integradora.

A la inversa, nuestros procesos de análisis, de pensamiento y de acción tienden desde hace unas décadas a la más absoluta dispersión y, por lo tanto, a la desintegración, lo cual es ya a estas alturas una seña identitaria de esta época poscontemporánea. Una seña y, a nuestro juicio, un serio inconveniente para el progreso social entendido como sistema. Es decir, la sociedad poscontemporánea tiende necesariamente al minifundismo y hereda todos sus problemas.

A la hora de explicarlo, conviene recuperar unas opiniones del escritor y periodista Antoni Puigvert en una reciente entrevista radiofónica: “Ha habido un cambio cultural importante (…) En un momento determinado, que yo sitúo en Europa en mayo del 68, la izquierda abandona la idea de fraternidad y pone el acento en la idea de la libertad, de la libertad individual. Entonces el individualismo es el gran acento en el que la izquierda profundiza y esto tiene unos costes. Yo soy partidario de unos ciertos elementos de comunitarismo, sin los que no veo posible una sociedad que comparta unos determinados valores. Esto la izquierda lo ha abandonado, lo utiliza sólo retóricamente; pero en realidad sus apuestas constantes son a favor del individualismo (…) La izquierda se ha convertido en el conserje del neoliberalismo: tú pones las bases teóricas del acento en el individuo, en la libertad individual, y el sistema recoge la cosecha”. Pues bien, compartimos este origen del pecado, pero le sumamos otro todavía más universal y culturalmente idealizado: el estallido hippie también en la década de los sesenta. Como los sesentayochistas, los jóvenes floridos predicaron la libertad del individuo y en ella se solazaron hasta el extremo. Hasta el extremo de liquidar al colectivo, por mucho que se pusieran de moda las comunas, al cabo más sexuales que otra cosa. De modo que entre los engagés y los pacifistas naif se acabó amasando un pan como unas hostias. El pan se saboreó entonces; las hostias son de ahora.

No sirvieron de contrapeso ni las doctrinas estructuralistas del pasado siglo ni la disolución de bloques políticos. A la postre, guiadas por un afán individual desbocado, las partes se rebelaron contra el todo y así vinimos a parir la nueva era. Incluso impulsando la razón teórica sobre la razón práctica, que al cabo es lo más inmediato, de tal modo que hemos alcanzado el colmo de la compartimentación y todo se mide o se valora desde la sola óptica de los corralitos: la juventud, las mujeres, los desempleados, los precarios, los funcionarios, los presos, los carceleros, los olímpicos, los paralímpicos, los emigrantes, los pensionistas, los ninis… y así sucesivamente. En fin, llegados a ese punto de nueva dispersión parcelaria, lo que viene a ocurrir es que prevalecerá competencia sobre cooperación, exclusividad sobre comunidad y singular sobre plural. Son maneras de estar, no de vivir, que convienen a los poderes que gobiernan esta época y que tienden a perpetuarse.

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