Reino de Cordelia recupera “Los retratos”, el primer poemario de Luis Alberto de Cuenca

“Los retratos” Luis Alberto de Cuenca. Prólogo: Luis Miguel Suárez.Los versos de Cordelia mayo de 2015

Por LUIS MIGUEL SUÁREZ
Desde astorgaredacción.com

Publicado por primera vez en 1971, dentro de la línea novísima entonces imperante entre los poetas más jóvenes, y excluido de las sucesivas ediciones de las poesías completas del autor, “Los Retratos” no había vuelto a aparecer en edición exenta hasta 2009 (Madrid, Huerga y Fierro). Con esta nueva edición, Reino de Cordelia inicia la “Biblioteca de Luis Alberto de Cuenca”, una colección en la que irán viendo la luz todos los libros poéticos del escritor madrileño.

Reproducimos aquí una parte del prólogo de Luis Miguel Suárez y un poema del libro, el títulado “Balada de la doble muerte”.

(…) Cuando el joven De Cuenca escribe Los retratos, la poesía española estaba experimentando un cambio que pretendía ser radical. El núcleo más significativo de sus compañeros de generación, los denominados novísimos, pretendían romper con toda la poesía española dominante desde la postguerra y, en especial, con la inmediatamente anterior a ellos: la poesía social y la poesía intimista de la generación de los cincuenta. Tal propósito era también el que alentaba este primer libro de Luis Alberto de Cuenca.

Aquel credo estético quedaba definido por un haz de ismos diversos -esteticismo, culturalismo, surrealismo, elitismo, decadentismo…- que derivaban en su ismo más definitorio: el hermetismo. Todo ello se aprecia también de forma muy visible en Los retratos; en este sentido, acusa el influjo del contexto en que se forjó. En especial resulta patente la mezcla de irracionalismo expresivo y culturalismo: acumulación de imágenes surrealistas -que denotan ciertas influencias del Lorca de Poeta en Nueva York en forma de enumeraciones caóticas e inserción de numerosas referencias culturalistas —fruto de la fascinación por la obra de Ezra Pound, evocado en los lemas iniciales— en medio de esas enumeraciones caóticas. La intensidad de la erudición libresca hace que incluso «Apuntes para un posible autorretrato», a pesar de lo que sugiere su título, sea un poema lleno de referencias culturales, lo que lo convierte, más que en un retrato biográfico, en un retrato cultural.

Este culturalismo que se extiende por todo el poemario es una manera, entre otras cosas, de exhibir conocimientos (citas en griego, en latín, en inglés, en alemán…) y de marcar sus preferencias culturales: el mundo grecolatino, la mitología germánica, el siglo XVIII, a cuyo mundo pertenece la figura heterodoxa del Marqués de Sade, reivindicado en el poema central del libro, etc. (Ni que decir tiene que estas preferencias se han mantenido inalterables a lo largo de toda la trayectoria del poeta.) Algunos críticos y poetas caricaturizaron este modo poético en su conjunto como pura pirotecnia verbal y ostentación pedante de cultura. En el mejor de los casos era una poesía difícil, vacía de sentimiento y experiencia, fría y excesivamente literaria. En el peor, pura palabrería sin sentido.

Sin embargo, ese aparente caos expresivo está lejos del desorden. Una lectura detenida revela en Los retratos una meditada estructura y una marcada coherencia temática. Externamente, como ya señaló el profesor Lanz en su momento, destaca la simetría numérica de los poemas: los siete poemas de la primera parte, se vertebran en torno al más extenso «A Donatien Alphonse François, Conde de Sade, llamado Marqués de Sade», que ocupa el centro exacto de la sección y que, a su vez, consta de siete apartados. Por otro lado, en la disposición de los poemas late un cuidadoso orden interno. Así, puede observarse, por ejemplo, que Villon es citado en uno de los lemas iniciales, aparece luego como sujeto poético de la composición inicial y es sutilmente aludido en el título del último poema de la primera sección, «Balada de la doble muerte»—. La presencia villoniana en el lema inicial —Mais où sont les neiges d’antan?—, y luego en la apertura y en el cierre de la primera sección, remarca el tono elegiaco que preside todo el libro.

También hay vida y sentimiento en Los retratos: lo que se rehúye no son los sentimientos, ni siquiera la intimidad del poeta, sino su expresión directa, abierta. Lo cultural es un modo, junto a la expresión hermética, de enmascararlos. El sentimiento amoroso aparece una y otra vez, y sobre él planea siempre la sombra amenazadora de la muerte. De ahí ese tono elegiaco, dolorido y las imágenes sombrías, llenas de funestos presagios; una atmósfera trágica que simboliza perfectamente la figura de Casandra evocada en los lemas iniciales del libro a través de unos versos de Pound. Ciertamente la artificiosidad del estilo puede llevar a tachar de esta actitud de pura pose. Pero esto era algo buscado por el poeta. Fiel a la consigna pessoana, el poeta consciente de su oficio ha de fingir que es dolor incluso el dolor que de verdad siente. La peripecia vital de Luis Alberto de Cuenca, su dolorido sentir —porque por estos versos late una dolorosa experiencia real, aludida levemente en la dedicatoria—, está presente en estos poemas. Pero se esforzará en que todo parezca literatura. Porque, en último término —son palabras del propio De Cuenca por aquellos años— ¿qué otra cosa es la literatura sino literatura?

Sobre esto último, sobre la relación entre la literatura y la vida, uno de los temas constantes en la poesía luisalbertiana, se reflexiona también aquí. Si en un primer momento parece que la poesía puede sustituir a la vida, porque puede recuperar en los versos lo que ya se ha ido —«Presencia de Aelis, celebrada por François Villon»—, al final la realidad terrible de la muerte acabará rompiendo esa ilusión para mostrar «sólo unos labios que gimen / sangrando en el espejo». Y, finalmente, incluso tampoco faltará en Los retratos algún que otro apunte de contenido político o ideológico («En nombre de las sombras de los pueblos, / basta ya de metafísica»).

La poesía de Los retratos es, sin duda, hija de su tiempo (en realidad, toda la poesía de Luis Alberto de Cuenca lo es) y  testimonia unos inicios en que el poeta busca su camino. La senda novísima aquí iniciada alcanzará su plena intensidad —y su mayor logro estético— en su siguiente obra, Elsinore (1972), del que se forjará la imagen del poeta docto y oscuro que le acompañará a lo largo de toda aquella década. Con todo, hay en este libro poemas brillantes, de bella factura; otros tal vez estén lastrados por la radicalidad de unos clisés propios del momento. Sin embargo, se nos presenta ya aquí a un poeta extremadamente cuidadoso en la composición, dotado de vasta cultura, brillante capacidad verbal y de no poco sentido del ritmo. Cultura y capacidad verbal ahora desbordadas, pero que, luego, podadas de sus frondosidades, encauzadas en metros rigurosos, aderezadas por el humor y la ironía, y revitalizadas por la brisa de la vida cotidiana, desembocarán en su poesía actual (…)

Fotografía: Eloy Rubio Carro
Fotografía: Eloy Rubio Carro

: : BALADA DE LA DOBLE MUERTE

Quiero ser el cuchillo que corta en dos el pecho de una amapola
de cementerio
para escuchar su voz y sus ojos ignotos
en las encrucijadas de la muerte metálica.
Posábase su cuerpo
en el césped nocturno de la nada,
buscaba su otro rostro
en el harén remoto del silencio,
mientras un gato pronunciaba imposibles,
sintiéndose rival del viento tibio.
(Quiero cortarme una mano
y arrojarla a los perros de la noche.)

Existen infinitos surcados de palomas,
dioses inabordables de corazón helado,
porque tu voz reduce a pájaros de sombra
mis palabras cercanas como ríos incólumes.
Quiero besar los labios de esa muchacha ciega
que confundía el mármol con la duda.

Sobre un lecho de asfalto
culminaron su esencia,
cabalgaron horribles e inocentes
preparando su vientre a las espadas.
Inequívocas lenguas de la aurora
sajadas en el alba del misterio,
secretos indecibles,
pregonaban la huella de la sangre.
Dos dardos atraviesan sus pupilas,
un alfanje de amor hiere sus bocas yertas.

Conozco la belleza.
Era un piano de marfil, un jardín de cristal,
ciertas incongruencias,
un antílope herido y acosado,
difuminado, leve,
en el contorno gris de los espinos.
Nunca este panorama
de arcángeles dolientes y pálidas sonrisas,
nunca sus cuerpos vivos, parientes del océano.

Fosforescen corceles apagados,
marchitas galerías.
El mundo es la tiniebla organizada.
Una sacerdotisa fluvial
acusa al horizonte
y en las soberbias trirremes del miedo
reman lágrimas súbitas y antiguas.

Escúchame, Dios mío,
¿qué nuevos enemigos ocupan tu ciudad?,
¿qué reyes poderosos usurpan tus palacios
e ignoran las planicies más hondas de tu alma?
Dios mío,
qué ocurre con las líneas esbeltas que construyen tu espalda,
Dios mío,
cuántos mundos quebrados,
cuánta agonía silente brota de las miradas.

Un insulto aromático,
pebetero en el centro de la ira,
surja de unos labios que gimen
sangrando ante el espejo,
porque su doble muerte
ha empapado de hielo las gargantas,
ha rasgado la túnica de Dios,
y un dolor en los párpados
martiriza la rosa colectiva.
Mientras, cubro sus frentes con brocados de céfiro
y quiero ser la lluvia
para besar sus gélidas mejillas

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