“Bella Revuelta. La caja de herramientas para hacer la revolución”

Portada del libro.

Portada del libro.

Bella revuelta. La caja de herramientas para hacer la revolución
(+ El relato de seis casos en España)
Andrew Boyd y Dave Oswald Mitchell (Eds.).
Editorial milrazones ligeras. 160 págs.

Por ESTER CATOIRA

En la sexta página del libro Bella revuelta (editorial milrazones, colección Ligeras), Andrew Boyd, coeditor del mismo junto a Dave Oswald Mitchell, expresa su agradecimiento a quienes considera «sus mentores en la lucha». Son tres nombres conocidos: el británico George Orwell, el norteamericano Abbie Hoffman y el Subcomandante Marcos.

Abbie Hoffman es uno de los líderes del Youth International Party (Partido Internacional de la Juventud), al que curiosamente no se hace referencia en el interior pese a que muchas de sus tácticas constituyen la médula de la clase de intervención política aquí propuesta; por ejemplo, la guerrilla de la comunicación, la creación de mitos o la performance callejera. De Abbie Hoffman y del Subcomandante Marcos se han confesado admiradores Leónidas Martín y Oriana Eliçabe, miembros del colectivo barcelonés Enmedio y, junto a Mario Ortega y David Proto, responsables de cinco de los seis estudios de casos en España que acompañan a esta versión de bolsillo del americano Beautiful Trouble, cuyo primer original sumaba 450 páginas.

No es extraño que el nombre del Subcomandante Marcos, quien durante veinte años ejerciera como portavoz del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) –transmutado ahora en Subcomandante Insurgente Galeano para burlar así a la muerte el cuerpo del maestro indígena José Luis Solís López, Galeano, asesinado en 2014 el territorio de La Realidad– sirva de inspiración a Boyd, escritor, humorista, creador de campañas para el cambio social y autor, en solitario o en compañía, de varios de los textos incluidos en el libro. Oculto su rostro bajo un pasamontañas, Marcos podía ser –¿alguien se acuerda de esta poética letanía?– «gay en San Francisco, negro en Sudáfrica, asiático en Europa, chicano en San Isidro, anarquista en España, palestino en Israel, judío en Alemania, pacifista en Bosnia, mujer sola en el metro a las diez de la noche, campesino sin tierra, editor marginal, obrero desempleado, médico sin plaza… y, naturalmente, un zapatista en las montañas». En definitiva: «un ser humano, cualquiera, en este mundo. Todo lo que incomoda al poder y a las buenas conciencias, eso es Marcos». O como escribió Naomi Klein en el epílogo de su famoso No logo, en enero de 2002: «Él es nosotros: nosotros somos el líder que andamos buscando».

En la caja de herramientas que es Bella revuelta encontramos un poco de todo, a excepción de una cosa: fórmulas acabadas, listas para ser aplicadas en una situación que se juzgue equivalente. No es un libro de recetas sino de experiencias, de conceptos, de posibilidades para la acción pero también para la reflexión. Todas las historias que se cuentan –o la inmensa mayoría, al menos– son historias de éxito. De algo que funcionó aquí, en este lugar, una vez. Y todo el mundo sabe que lo que ha ocurrido puede volver a ocurrir, aquí, allí, en otro lugar, en cualquier momento. En este sentido, Bella revuelta es una declaración de esperanza. Y su carácter didáctico, al más puro Do It Yourself, una advertencia respecto al olvido: resistir significa también resistirse a la prisa y a la insensibilidad –o el deseo de abandono– que pueden provocar los males que se convierten en crónicos.

Entre sus páginas podemos encontrar, metafóricamente hablando, herramientas de montaje –como los destornilladores o las llaves ajustables–, de sujeción –como los tornillos o los alicates–, de golpe –el martillo–, de corte –la sierra–, pero también de unión –los sopletes– o de medición y trazo. Y, por supuesto, también hay herramientas de dibujo: lápices de colores, grafitos, difuminos, pintura, pinceles, gomas de miga de pan. Imaginar si pertenecen a tácticas –como la huelga de deuda, la acción directa, los flashmob, la proyección guerrillera, la tomadura de pelo, el teatro invisible…–, a principios –como «Elige tácticas que apoyen tu estrategia», «Si declaran ilegal una protesta, haz de tu vida diaria una protesta», «Haz visible lo invisible», «Modifica las combinaciones de aliados», «Piensa narrativamente»–, o a teorías –«La lógica de la acción», «Pilares de apoyo», «Memes» o «Zona autónoma temporal»– es uno de los múltiples ejercicios que permite llevar a cabo el contenido del libro. Y ello sin eludir, por supuesto, la discusión y los conceptos conflictivos, que no son pocos y también están presentes.

Esa resistencia que se rebela contra la cultura neoliberal del «yo» –del individuo cuyo principal valor es ser consumidor– y la sustituye por un «nosotros» –el cuerpo de una comunidad que rechaza ser mercancía en manos de especuladores– es también la columna vertebral de Bella revuelta, que se describe a sí misma con el subtítulo La caja de herramientas para hacer la revolución. Un manual en el que se recogen las tácticas, principios y teorías centrales que inspiran el activismo creativo dirigido, en principio, a activistas o grupos de activistas, pero que al no apelar a la división por identidades (comunistas, anarquistas, pacifistas, ecologistas, marxistas o cualquier otra ideología con forma de etiqueta) amplía automáticamente el espectro de sus posibilidades de uso a grupos de «cualquieras organizados». Es decir, de personas comunes y corrientes, no solo «militantes». Y, por supuesto, a colectivos con características similares a las de Enmedio: profesionales en este caso relacionados con la imagen –diseñadores, cineastas, artistas, fotógrafos– que, «insatisfechos por la falta de conexiones entre el arte y la acción política», resolvieron situarse enmedio y explorar desde ahí «la potencia transformadora de las imágenes y los relatos».

En Bella revuelta sus miembros explican, de hecho, cinco acciones que describen muy bien esta filosofía: La bolsa o la vida –que en 2001 logró, «con una simple llamada telefónica y unas cuantas fotografías absurdas», cerrar durante dos días el edificio de la Bolsa de Valores de Barcelona–, No vas a tener una casa en la puta vida –grito con el que en 2007 el colectivo V de Vivienda batió un récord mundial que obligó a los medios a prestar atención al problema de la especulación inmobiliaria–, Campeones del paro –que tuvo un gran impacto al aprovechar la estatua de Colón que el Ayuntamiento de Barcelona había permitido que dos multinacionales vistieran con la camiseta del Barça para boicotear la imagen de éxito que se quiere vender del país a través de los grandes acontecimientos deportivos–, Fiesta #CierraBankia –pensada «para denunciar que lo que los políticos llaman “rescate” de los bancos es en realidad una estafa gigantesca»– y No somos números –la más emotiva de todas al mostrar que los desahuciados no son, efectivamente, números en una cuenta que se pretende dar por saldada, sino personas cuya dignidad se contribuyó a reforzar al ser los mismos afectados quienes se encargaron de señalar con su rostro y su historia particular a los responsables de la pérdida de su hogar–.

El sexto caso de estudio español, y responsable de abrir la serie es, cómo no, una interpretación de la acampada que se instaló en la Puerta del Sol madrileña en mayo de 2011 –la famosa AcampadaSol que dio origen al 15-M–, a cargo de la historiadora y crítica de arte Julia Ramírez Blanco. «Con la Acampada», apunta, «la desobediencia civil da un paso más, generando su propio lugar de edificación desobediente» y atrayendo hacia él a «estratos de la sociedad que nunca hubieran soñado con desobedecer». Al igual que otros ejemplos de similar espíritu que también figuran en el libro, como Occupy Wall Street, la ocupación de la plaza Tahrir en Egipto o las sentadas en los comedores segregados por raza durante el movimiento pro derechos civiles en Estados Unidos, AcampadaSol hizo tangible «la posibilidad de otro mundo diferente».

Tres cosas para terminar. La primera: ¿por qué el adjetivo «bello»? ¿Por qué es bella la revuelta que proponen Andrew Boyd, Dave Oswald Mitchell y los otros treinta y cuatro autores? (entre quienes, dicho sea de paso, podemos encontrar un poco de todo: estrategas creativos, artistas, profesores, organizadores de trabajo comunitario, editores, periodistas, abogados, cineastas). ¿Por qué se propone una revuelta bella? En tanto que hablamos de trabajo en equipo, o en comunidad, la belleza puede referirse, simplemente, a la belleza de estar juntos. A la celebración del ejercicio de vivir. Una belleza imperfecta, sin maquillaje. Algo semejante a la esperanza, tal vez.

La segunda: el sentido del humor y las bromas, uno de los sellos de identidad del libro e ingrediente principal de no pocas de las tácticas recogidas en él. Como nos recuerda Amador Fernández-Savater: «Toda legitimidad se funda en algo que deja oculto: el humor lo revela y lo destruye. Por eso la risa libera y hablamos incluso de una “risa liberadora”. La risa vuelve más ligero todo lo que toca». El poder no tiene sentido del humor, eso está claro. El humor, sin embargo, sí es capaz de dejar en ridículo las imágenes del miedo.

La tercera y última se refiere al relato. De alguna forma, creo, las experiencias contenidas en Bella revuelta –y a las que podemos sumar todas aquellas que tengamos en mente, así como los cuerpos que les dan vida– vienen a recordarnos que todos somos narradores. Que es posible elaborar un discurso paralelo que rompa con el discurso oficial, o al menos que lo agriete, que le arrebate, un poco más, un día más, el monopolio de la palabra y su letal «No hay alternativas». Y si bien uno sospecha que el proceso de contar, de decir, se alargará hasta el infinito, infinitas son también las formas de ordenar esas palabras que nos pertenecen.

 

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