El ‘Longplay’ del barrio

© Fotografía: Agustín Berrueta.

© Fotografía: Agustín Berrueta.

Vigésima entrega del narrador y profesor universitario leonés, quien colabora en TAM TAM PRESS con una singular sección quincenal de pequeños relatos cuyo título, “Lenta es la luz del amanecer”, quiere ser todo un homenaje al fallecido escritor Antonio Pereira. En cada ocasión, los relatos aparecen ilustrados por el fotógrafo leonés AGUSTÍN BERRUETA.

→ El ‘Longplay’ del barrio

Por FRANCISCO FLECHA

Siempre me ha parecido que el dicho popular “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda” arrastra consigo un tono de asquerosa displicencia, de envidiosa y silenciosa admiración por las “sedas” ajenas, con pretendida e indulgente superioridad.

Pero, la verdad, en este caso podría considerarse como el resultado de una fría constatación, cosa como de pura experimentación científica. Porque, dicho sea sin ánimo de ofender, Mariano era feo, feo, pero feo de cojones.

No sabría decir en qué consistía su fealdad: si eran las cejas, la nariz, las orejas, el pelo, aquel andar desgarbado, aquellos brazos tal vez más largos de la cuenta o un poco todo ello; pero lo cierto es que el conjunto resultaba de una fealdad primitiva, indiscutible y demoledora.

Con ella cargó estoicamente los años de la escuela, soportando las rechiflas del resto de los chicos. Que no hay bicho más cruel que un chiquillo riéndose de los defectos del vecino.

Hasta esa última esperanza del cambio al llegar la adolescencia resultó, en su caso, infructuosa. Si me obligan, diría que su fealdad adquirió la evidente rotundidad que se adquiere con la edad.

De modo que aquella apariencia desgraciada le mantuvo involuntariamente alejado de los primeros coqueteos y los besos furtivos con las chicas.

Hasta el verano que se fue a Cala Millor, a hacer de camarero en la terraza del Hotel Voramar Palace.

Volvió de la isla a finales de septiembre, transfigurado que no había quien lo conociera.

Feo, como siempre, la verdad, pero vestido y orgulloso como un lobo playero: teñido de rubio hasta las cejas, con camisa estampada de palmeras, bermudas amarillas, chanclas de surfero, cadena dorada al cuello y pulseras de cuero con caracolas enhebradas y el gesto triunfal y los andares de quien ha descubierto el Orinoco.

—No os lo podéis ni imaginar. Aquello es un “jolivú”, plagado de alemanas, suecas y holandesas con ganas de darle al cuerpo sin descanso las cosas del rebrincar. Había días que tenía que esconderme, no os digo más. Hasta casadas. Daba igual. Si yo contara… Así que, ya lo veis, aunque no os lo creáis, estoy hecho un auténtico “longplay”.

Puede que fuera verdad o simple imaginación pero, desde luego, el nombre le quedó a perpetuidad.

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